lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo Noveno


-          Te quiero a ti, Amîr, ven a mí. – repitió la sensual voz de aquella bonita limnátide que se insinuaba ante él.
Amîr vaciló unos instantes y decidió entrar en el lago sometido a la dulzura de aquel maravilloso ser. Extendió los brazos para tocarla, deseaba poseerla, esta vez ella se materializó y él pudo tocarla, ella le miraba fijamente y le ordenó

-          Dí mi nombre y bésame

Amîr se acercó a ella para besarla con dulzura y dijo

-          Te quiero, Hagné

Antes de que sus labios pudieran rozar los de la ninfa, esta se revolvió en el agua y se tornó monstruosa y agresiva, sus ojos cristalinos y su pelo dorado ahora eran negros, su piel, azulada y venosa y su voz macabra y amenazante.

-          Hagné – gritó ella furiosa – Hagné está muerta

Amîr miró a la náyade con los ojos muy abiertos, despertando de golpe de su hechizo y preparándose para un nuevo ataque. La limnátide se acercó de golpe hasta él y le susurró con fiereza

-          Te perderás a ti mismo en el bosque, cazador

-          No. – sentenció él intentando mantener la firmeza ante aquel ser descontrolado.

-       Te perderás en el bosque, cazador, y nunca encontrarás a aquella que llamas Hagné – gritó Salama introduciéndose de golpe en agua y desapareciendo bajo la superficie, que volvió a la calma.

Amîr permaneció quieto durante un largo rato, mirando el hueco donde había estado Salama. Se preguntaba si las palabras de la mujer eran un aviso o una amenaza, o tal vez simplemente una forma de intimidarle. No conocía las leyendas, nunca había creído en ellas.

Salió del agua con dificultad y buscó las rocas, encontró allí el hueco donde había dejado sus cosas, se tapó con la piel del lobo y esperó al amanecer. Las visiones continuaron durante el transcurso de la noche veía una y otra vez el rostro del soldado muerto llamándole asesino y la risa maléfica de la ninfa resonando en su mente. Se acurrucó bajo el pellejo intentando dormirse y apretando los ojos con fuerza, tratando de hacer desaparecer las voces y las visiones que parecían disfrutar torturándolo. Por fin el cansancio le venció y se quedó dormido sumido en un profundo sueño amargo.

Al abrir los ojos vio a Hagné, estaba vestida de novia lavando su cara junto al pequeño lago. La luz anaranjada, como la del fuego de la última vez que la vio la hacían parecer aún más hermosa. Se levantó de un salto y fue corriendo hacia ella. Hagné se levantó sonriéndole y ambos se abrazaron. Amîr s separó unos instantes de ella y sujetándole la cara con ambas manos se deleitó en observarla.

-          ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado? – preguntó él sorprendido

-          Me escapé, no podía casarme con él. Tenías razón – respondió Hagné con su dulce voz

-          Pero yo pensé que… - comenzó Amîr incrédulo, se mordió el labio inferior, se sentía enormemente feliz y sólo deseaba besarla. Alzó la barbilla de Hagné con suavidad y se aproximó lentamente a ella hasta que sus labios se rozaron con ternura.

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