martes, 10 de julio de 2012

Capítulo Vigésimo


Zoilo pareció despertar de un trance, soltó a Amîr rápidamente liberándole del puñal y alejándose unos pasos de él. Respiraba entrecortadamente, se dejó caer al suelo de rodillas y con el puñal aún apretado en su mano, comenzó a llorar.

Amîr aún tendido en el suelo, le observó unos momentos. Se incorporó, se recolocó el pellejo y se acercó a la hoguera de nuevo. Sirvió dos jarras del asqueroso licor y se puso de pié junto a Zoilo, que seguía llorando y maldiciendo por lo bajo.

-          Yo también perdí a mis seres queridos por culpa de Evander. – dijo Amîr tendiéndole una jarra a Zoilo – Y de Reuven.

Zoilo levantó la cabeza y cogió la jarra. Se bebió la mitad de un solo trago.

-          ¿Cuál es tu historia, Amîr el lobo?

-          ¿Amîr el lobo?

-          Tú puedes llamarme Zoilo el loco – sonrió

Amîr le devolvió la sonrisa y se sentó junto a él. Empezó a contarle su historia, cómo Evander atacó su pueblo, la trágica muerte de sus padres a manos del tirano y el rapto de Hagné. Omitió la parte en la que Hagné era la prometida de Áureo, pensó que tal vez, Zoilo el loco se sentiría furioso de que él desease a la mujer de otro, como su propio hermano había deseado a la que una vez fue su mujer.

Ambos hombres bebieron y charlaron hasta casi el amanecer. Fue Zoilo quien se puso en pie y tendiéndole una mano a Amîr dijo:

-          Un día tienes que contarme lo de esa piel, pero ahora debemos descansar un rato. Al alba empezará la fiesta de Ilora

Amîr agarró la mano de Zoilo y se puso en pie sin entender. Quería preguntarle por la fiesta de Ilora, no conseguía adivinar de qué tipo de fiesta se trataría, pero Zoilo ya caminaba hasta la tienda de Tâleb.

-          Puedes usar aquella tienda – dijo Zoilo señalando a la tienda junto a la de los soldados muertos – es la única vacía.

Se acercó a la tienda con desgana, desde allí se podía oler la peste que desprendían los cadáveres descomponiéndose. Entendió en el acto por qué era la única vacía. Miró a las cuatro tiendas del otro lado de la hoguera. Oía los ronquidos de algunos de los hombres, y el olor repugnante le impedía relajarse. Recordó entonces sus cosas, las había dejado escondidas tras el arbusto.

Dudó si dormir en la tienda o vestirse y dormir al raso con la piel del lobo, pero recordó que estaban haciéndose pasar por soldados. Cogió su petate y se dirigió a la tienda pestilente.

Recordó entonces la colección de hierbas de Hagné. Rebuscó entre las cosas y sacó un atadillo de menta “Para que tus sueños siempre huelan bien” había dicho ella al regalárselo. Sonrió al pensar en la muchacha. Cada día que pasaba está más cerca de encontrarla, estaba seguro.

Se acomodó en una especie de camastro a ras de suelo con la menta bajo la nariz, la espada junto a él y el pellejo cubriendo su cuerpo. Aún no había amanecido, pero empezaba a sentir la claridad del nuevo día en sus párpados. Se relajó, había sido un día intenso y estaba exhausto. Cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño.

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