miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo Decimocuarto


Amîr sintió una presión de algo parecido a alegría en el pecho y decidió que era el momento de salir de su escondite y acercarse a aquellos hombres que podían ayudarle a encontrar a Hagné y de paso a matar a Evander. Amîr odiaba a los tres hermanos, pero especialmente a Evander. Nunca le perdonaría lo que hizo con su madre.

Los cuatro soldados permanecían sentados en torno a la hoguera, bebían en silencio pensando en las palabras del rechoncho Trifón. Amîr estudió sus caras, el que llamaban Zoilo parecía el más joven de los cuatro, era de estatura normal aunque de constitución atlética, su aspecto era triste y su mirada se perdía en el fuego. Trifón era sin duda el más viejo, parecía un gruñón de rostro arrugado y barba cana, era un hombre pequeño, pero junto a él descansaba una gran espada, por lo que Amîr supuso que era un guerrero. El tercer soldado, Tâleb, tenía aspecto de ser el más cauto del grupo, el más comedido y el más sabio, pero tenía el cuerpo de un luchador, era alto y musculoso aunque no tan grande como Amîr. Y el último, el larguirucho parecía el más burlón, se notaba que disfrutaba haciendo reír a sus compañeros y su constitución desgarbada distaba mucho de la de un soldado acostumbrado a empuñar una espada.

Mientras todos contemplaban el fuego, excepto el último que miraba de uno a otro a sus compañeros buscando la forma de romper aquel silencio. Amîr se cubrió con el pellejo, se irguió estirando los músculos y se dispuso a presentarse ante ellos con la espada escondida colocada entre los pliegues del pellejo, preparada para ser desenfundada rápidamente por si la situación se complicaba.

Salió de su escondite en silencio, moviéndose con cautela para no alertar a los soldados antes de lo previsto. Quería pillarles por sorpresa para que le dieran tiempo a explicarse antes de acabar siendo el blanco de sus espadas.

Llegó por fin al último árbol que le serviría de tapadera y apoyado contra su tronco con los ojos cerrados respiró hondo varias veces. Notaba el corazón palpitar en las sienes, y la sangre bombeando en sus músculos. Era consciente de que lo que estaba a punto de hacer podía ser una gran idea o la peor y la última idea que tuviera. Abrió los ojos y giró sobre la corteza del árbol caminando lentamente hacia la hoguera.
Trifón fue el primero en verlo, con dificultades logró ponerse en pie sin articular palabra y empuñó su espada dirigiéndola hacia Amîr, que aún se encontraba a unos pasos de distancia. Sus compañeros siguieron con la mirada la dirección que apuntaba la espada de Trifón y se levantaron inmediatamente imitando a su compañero.

Amîr se detuvo, cuatro hombres sorprendidos y furiosos le apuntaban con sus espadas afiladas. Les miró uno a uno a los ojos, Trifón quería matarlo, Zoilo permanecía neutro, el delgaducho tenía miedo, lo transmitía en su mirada y le temblaba la espada entre los dedos, Tâleb, sin embargo, estaba expectante, no parecía dispuesto a atacar a no ser que fuera necesario, y fue el primero en hablar.

-          ¿Quién eres tú y qué buscas aquí? – preguntó

-          Mi nombre es Amîr Haim – dijo Amîr con voz firme – y os he estado escuchando

El larguirucho miró nervioso hacia los lados, Zoilo dio un paso hacia adelante amenazante y habló

-          ¿Osas espiar a los soldados del rey Evander?

Amîr, confuso, sacó la espada y retrasó el pie izquierdo preparándose para el ataque.

-          No me pareció que fuerais muy leales a vuestro rey Evander – respondió doblando ligeramente las rodillas y levantando la mano izquierda mientras les apuntaba con la espada.

Trifón soltó un grito furioso y corrió hacia Amîr con la espada en alto sujeta con las dos manos, dispuesto a matarle, desmembrarle o al menos herirle.

-          ¡Basta! – ordenó una voz desde el interior de una de las tiendas

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