Empezó a rebuscar entre los
cuerpos nauseabundos de los muertos buscando alguno lo suficientemente grande
como para cubrir su propio cuerpo. Apartó los que estaban encima y empezó a
apilarlos al otro lado de la tienda. Aproximadamente a la mitad del montón, después de haber movido al menos ocho cuerpos
encontró uno que parecía más grande que el resto.
Empezó a desvestirle con el
estómago revuelto, tenía un profundo corte en el cuello y las ropas estaban
rígidas a causa de la sangre seca. Resultaba tremendamente complicado desnudar
un cadáver, las arcadas se agolpaban en el fondo de su garganta, el cuerpo se
zarandeaba de un lado a otro con cada intento de arrebatarle la ropa y la
herida del cuello se abría y se cerraba con el traqueteo. Amîr intentó aguantar
la respiración y no mirar a la cara de aquel soldado muerto que aún tenía los
ojos abiertos, mientras luchaba con la armadura, pero una náusea fue más fuerte
que él y esparció sus jugos gástricos por doquier. Se estaba limpiando la cara,
preparándose para vomitar otra vez, cuando oyó las carcajadas de los “soldados”
fuera. Se reían de él.
El orgullo se apoderó de su ser y
con rapidez y a tirones logró desvestir al fiambre sin armar mayor alboroto.
Escudriñó la prenda adquirida y tuvo sus dudas de que aquellas ropas y armadura
le valieran. Pero haciendo acopio de fuerzas salió de la tienda con su trofeo
sobre el brazo y se acercó con paso decidido a la hoguera.
El grupo de hombres permaneció en
silencio cuando Amîr llegó hasta ellos. Ninguno de ellos se dignó a mirarle. Y
Amîr decidió presentarse:
-
Mi nombre es Amîr Haim y vengo de los pueblos de
la montaña. – ninguno de los soldados pareció inmutarse ante las palabras de
Amîr, era como si hablase a la nada.
Amîr contempló a los hombres que
miraban el suelo en un esfuerzo por ignorarle. Dio media vuelta y caminó hacia
el arroyo. Su cabeza se debatía entre huir de aquella locura o quedarse para
descubrir qué unía a aquellos hombres, que parecían defender a un rey que
odiaban.
Se arrodilló frente al agua y se
lavó la cara. Arrojó las ropas ensangrentadas al cauce del arroyo y se dispuso
a lavarlas. Cuando la sangre se hubo desprendido del tejido recogió las ropas y
permaneció sentado junto al agua reviviendo los detalles de la noche. La boca
aún le sabía mal, y desprendiéndose de su propia ropa se metió en el agua, la
sensación era tonificante y refrescante y por unos instantes logró relajarse.
Cuando se disponía a salir del
agua escuchó un chapoteo detrás de unas rocas. Su instinto le hizo saltar hasta
su espada y escudriñar la oscuridad en busca del origen del ruido. Vislumbró
unos ropajes amontonados en la orilla entre los que se encontraba la armadura
de Ilora. Sentía curiosidad por saber si detrás de aquella máscara de guerrero
se escondía una mujer. Pero después de su derrota no quería importunarla ni ser
descubierto espiándola, por lo que se cubrió con la piel de lobo y retornó al
campamento.
Junto al fuego, los cuatro
hombres habían retomado la charla y el ambiente parecía distendido y jocoso. El
larguirucho parecía bromear y los demás reían sus gracias.
Se dirigió nuevamente hasta ellos
y se sentó junto al fuego sin mediar palabra.
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