lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo Decimoséptimo


Empezó a rebuscar entre los cuerpos nauseabundos de los muertos buscando alguno lo suficientemente grande como para cubrir su propio cuerpo. Apartó los que estaban encima y empezó a apilarlos al otro lado de la tienda. Aproximadamente a la mitad del montón,  después de haber movido al menos ocho cuerpos encontró uno que parecía más grande que el resto.

Empezó a desvestirle con el estómago revuelto, tenía un profundo corte en el cuello y las ropas estaban rígidas a causa de la sangre seca. Resultaba tremendamente complicado desnudar un cadáver, las arcadas se agolpaban en el fondo de su garganta, el cuerpo se zarandeaba de un lado a otro con cada intento de arrebatarle la ropa y la herida del cuello se abría y se cerraba con el traqueteo. Amîr intentó aguantar la respiración y no mirar a la cara de aquel soldado muerto que aún tenía los ojos abiertos, mientras luchaba con la armadura, pero una náusea fue más fuerte que él y esparció sus jugos gástricos por doquier. Se estaba limpiando la cara, preparándose para vomitar otra vez, cuando oyó las carcajadas de los “soldados” fuera. Se reían de él.

El orgullo se apoderó de su ser y con rapidez y a tirones logró desvestir al fiambre sin armar mayor alboroto. Escudriñó la prenda adquirida y tuvo sus dudas de que aquellas ropas y armadura le valieran. Pero haciendo acopio de fuerzas salió de la tienda con su trofeo sobre el brazo y se acercó con paso decidido a la hoguera.
El grupo de hombres permaneció en silencio cuando Amîr llegó hasta ellos. Ninguno de ellos se dignó a mirarle. Y Amîr decidió presentarse:

-          Mi nombre es Amîr Haim y vengo de los pueblos de la montaña. – ninguno de los soldados pareció inmutarse ante las palabras de Amîr, era como si hablase a la nada.

Amîr contempló a los hombres que miraban el suelo en un esfuerzo por ignorarle. Dio media vuelta y caminó hacia el arroyo. Su cabeza se debatía entre huir de aquella locura o quedarse para descubrir qué unía a aquellos hombres, que parecían defender a un rey que odiaban.

Se arrodilló frente al agua y se lavó la cara. Arrojó las ropas ensangrentadas al cauce del arroyo y se dispuso a lavarlas. Cuando la sangre se hubo desprendido del tejido recogió las ropas y permaneció sentado junto al agua reviviendo los detalles de la noche. La boca aún le sabía mal, y desprendiéndose de su propia ropa se metió en el agua, la sensación era tonificante y refrescante y por unos instantes logró relajarse.

Cuando se disponía a salir del agua escuchó un chapoteo detrás de unas rocas. Su instinto le hizo saltar hasta su espada y escudriñar la oscuridad en busca del origen del ruido. Vislumbró unos ropajes amontonados en la orilla entre los que se encontraba la armadura de Ilora. Sentía curiosidad por saber si detrás de aquella máscara de guerrero se escondía una mujer. Pero después de su derrota no quería importunarla ni ser descubierto espiándola, por lo que se cubrió con la piel de lobo y retornó al campamento.

Junto al fuego, los cuatro hombres habían retomado la charla y el ambiente parecía distendido y jocoso. El larguirucho parecía bromear y los demás reían sus gracias.

Se dirigió nuevamente hasta ellos y se sentó junto al fuego sin mediar palabra. 

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