miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo Decimosexto


El frío del metal en su cuello hacía arder su sangre. Hubiera deseado ver a Hagné una última vez, o quedarse con la limnátide Salama, que fingía ser Hagné en sus visiones, tal vez al morir volviera a verla, o tal vez cuando Hagné muriera se encontrarían. Miró a Ilora a los ojos, quería ver la cara de su verdugo hasta el último segundo, tenía los ojos negros, oscuros como la muerte, y la piel curtida por el sol.

-          Luchas bien, hombre lobo – dijo ella con tono burlón

Amîr la observó con desprecio, aquella odiosa mujer se burlaba de él incluso antes de matarlo. Era cruel, pero decidió entrar en su juego.

-          Tú también, mujer guerrero – respondió Amîr escupiendo las palabras.

Ilora rió de nuevo y apartó la espada del cuello de Amîr, se alejó de él mientras este la apuntaba la espada furioso.

-          ¿A qué juegas mujer? – preguntó intrigado y enfadado

-          Eres bienvenido en nuestro ejército, soldado – dijo ella

Sus hombres la miraron con incertidumbre y Trifón arrojó la espada al suelo y se alejó de ella refunfuñando.

-          No soy un soldado, señora, no lucharé por el rey – renegó Amîr aún desafiante

Ilora ignoró el comentario del desconcertado hombre y le dio la espalda caminando hacia su tienda con lentitud, antes de entrar giró la cabeza mirándole por encima del hombro y añadió

-          Puedes elegir el uniforme que más te convenga de los de aquella tienda

Amîr se quedó en el sitio, en guardia, esperando un nuevo ataque por parte de alguno de los tres soldados restantes, pero ellos en cambio bajaron las armas y le dieron la espalda volviendo a sentarse junto a la hoguera. Amîr los observó durante un buen rato. Si quería matarlos era el momento, no entendía nada de lo que estaba pasando y comenzó a caminar muy despacio. 

Se detuvo frente a la tienda que le había indicado Ilora, por echar un vistazo rápido no pasaba nada. Entró de espaldas, sin quitar el ojo de encima a los soldados que bebían y parloteaban junto al fuego, no se fiaba, pero ellos parecían ignorarle por completo.

Al girarse le sorprendió un olor denso y nauseabundo, acostumbró los ojos a la oscuridad y contempló la montaña de cadáveres de soldados apilados frente a él. Algunos estaban desnudos y otros mutilados. El suelo de tierra estaba húmedo, empapado de sangre. Algunas de las caras de los soldados iluminados por la tenue luz del lejano fuego mostraban terror y recordó los rostros de los soldados a los que él mismo atacó. De pronto Amîr lo comprendió todo. No eran soldados, habían asesinado a los soldados del campamento y habían escondido sus cadáveres para pasar desapercibidos por un tiempo, por eso todos iban vestidos de soldados, incluida la mujer guerrero.



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