El frío del metal en su cuello
hacía arder su sangre. Hubiera deseado ver a Hagné una última vez, o quedarse
con la limnátide Salama, que fingía ser Hagné en sus visiones, tal vez al morir
volviera a verla, o tal vez cuando Hagné muriera se encontrarían. Miró a Ilora
a los ojos, quería ver la cara de su verdugo hasta el último segundo, tenía los
ojos negros, oscuros como la muerte, y la piel curtida por el sol.
-
Luchas bien, hombre lobo – dijo ella con tono
burlón
Amîr la observó con desprecio,
aquella odiosa mujer se burlaba de él incluso antes de matarlo. Era cruel, pero
decidió entrar en su juego.
-
Tú también, mujer guerrero – respondió Amîr
escupiendo las palabras.
Ilora rió de nuevo y apartó la
espada del cuello de Amîr, se alejó de él mientras este la apuntaba la espada
furioso.
-
¿A qué juegas mujer? – preguntó intrigado y
enfadado
-
Eres bienvenido en nuestro ejército, soldado –
dijo ella
Sus hombres la miraron con
incertidumbre y Trifón arrojó la espada al suelo y se alejó de ella
refunfuñando.
-
No soy un soldado, señora, no lucharé por el rey
– renegó Amîr aún desafiante
Ilora ignoró el comentario del
desconcertado hombre y le dio la espalda caminando hacia su tienda con
lentitud, antes de entrar giró la cabeza mirándole por encima del hombro y
añadió
-
Puedes elegir el uniforme que más te convenga de
los de aquella tienda
Amîr se quedó en el sitio, en
guardia, esperando un nuevo ataque por parte de alguno de los tres soldados
restantes, pero ellos en cambio bajaron las armas y le dieron la espalda
volviendo a sentarse junto a la hoguera. Amîr los observó durante un buen rato.
Si quería matarlos era el momento, no entendía nada de lo que estaba pasando y
comenzó a caminar muy despacio.
Se detuvo frente a la tienda que le había
indicado Ilora, por echar un vistazo rápido no pasaba nada. Entró de espaldas,
sin quitar el ojo de encima a los soldados que bebían y parloteaban junto al
fuego, no se fiaba, pero ellos parecían ignorarle por completo.
Al girarse le sorprendió un olor denso
y nauseabundo, acostumbró los ojos a la oscuridad y contempló la montaña de cadáveres
de soldados apilados frente a él. Algunos estaban desnudos y otros mutilados. El
suelo de tierra estaba húmedo, empapado de sangre. Algunas de las caras de los soldados
iluminados por la tenue luz del lejano fuego mostraban terror y recordó los rostros
de los soldados a los que él mismo atacó. De pronto Amîr lo comprendió todo. No
eran soldados, habían asesinado a los soldados del campamento y habían escondido
sus cadáveres para pasar desapercibidos por un tiempo, por eso todos iban vestidos
de soldados, incluida la mujer guerrero.
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