martes, 3 de julio de 2012

Capítulo Undécimo


Amîr observó como poco a poco el cuerpo de Hagné se transformaba en el de Salama, que se hundía lentamente en las tranquilas aguas. De repente la náyade abrió los ojos bajo el agua sobresaltando a Amîr y tras sonreír con malicia emergió rápidamente a la superficie agarrando fuertemente al hombre y arrastrándolo consigo al lago. Al contacto con el agua Amîr despertó temblando, acurrucado como un niño bajo la cálida piel del lobo.

Se incorporó rápidamente y miró la quietud del agua, aún había muy poca luz, pero estaba empezando a amanecer. Se tocó los brazos sintiendo aún el frío y húmedo amarre de Salama, al hacerlo un pinchazo de dolor agudo le recordó su herida. Desenvolvió cuidadosamente el vendaje, para ver el estado de la lesión. Retiró la pasta de hojas masticadas y contempló satisfecho una costra formada.

Observó atentamente el contenido de la cataplasma, descubrió entonces que entre los restos de hojas de salvia, había restos de hojas de la que llamaban hierba de los dioses, o salvia divina. Sonrió negando con la cabeza y mirando al lago con desconfianza.

-          ¿Cómo he podido ser tan estúpido? – se preguntó mientras arrojaba con rabia los restos de la masa de salvia al agua. Recordó las clases de Hagné sobre los usos de las plantas y enseguida la dulce imagen de la muchacha se transformó en la de la náyade Salama, jugueteando desnuda entre las plantas.

Sacudió la cabeza enérgicamente, aún aturdido por las alucinaciones provocadas por la planta. Las sensaciones de la noche anterior eran tan reales que dudaba si realmente lo había vivido. 

La cara desfigurada del soldado muerto recordándole lo que había hecho, señalándole como asesino. Las voces y las risas huidizas escondidas entre los árboles tétricos que se movían creando fantásticos juegos de sombras, y la pequeña luz voladora que salió del agua.

Recordaba cada detalle del cuerpo de la limnátide Salama, sensual y pálida, con sus preciosos cabellos dorados y sus ojos cristalinos de igual modo que recordaba cada sensación provocada por la visión de Hagné. 

El sentimiento por ella ya no era un amor puro, ahora la deseaba, deseaba que fuera suya y ser el primero y el único en tomarla. Sólo pensar en el momento del lago tendido sobre su cuerpo le excitaba. Debía encontrarla antes de que Reuven o alguno de sus malditos hermanos la mancillara. Ante aquel pensamiento  oscuro volvía a recordar a Salama enfadada, trastornada y monstruosa y una sola idea cruzaba su mente: Quería matar a Evander, a Reuven y a Kristjan y disfrutar de su agonía.

 Los primeros rayos de luz en el horizonte comenzaban a dibujar nubes rosas y anaranjadas y Amîr decidió que debía continuar el descenso a Maoraz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario