miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo Duodécimo


Miró al lago con recelo y decidió continuar su camino un poco más alejado del agua. Era consciente de que lo vivido la anterior noche no era más que un cruel sueño, pero las sensaciones que habían aflorado en él eran muy reales.

La caminata era cuanto menos complicada, el peso del macuto y de la espada toscamente forjada hacían que sus fuerzas se agotaran con cada paso que daba. De vez en cuando oía las voces de algún soldado que patrullaba y se escondía entre los árboles esperando el ataque, aunque finalmente nunca les tendía la emboscada, recordaba el fantasma del soldado muerto y permanecía inmóvil en su escondrijo preparado para la defensa.

Pasó tres días caminando entre los árboles, orientándose con el sol y las estrellas. El calor del último día le había obligado a caminar de noche, y cada vez encontraba patrullas con más frecuencia y más numerosas.
Cada paso que daba le acercaba a Maoraz, pero cada día que pasaba estaba más lejos de encontrar a Hagné y rescatarla.

En el quinto día de su búsqueda descubrió un pequeño campamento de las tropas de Evander, no habría más de diez o doce soldados acampados a juzgar por el número y el tamaño de las tiendas, y parecían estar relajados. Amîr Haim pensó que tal vez doce hombres fueran demasiados, y que podría ser descubierto con facilidad y aniquilado y sin embargo sentía la necesidad de quedarse y espiarlos.

Esperó pacientemente a que cayera la noche y se fue acercando lentamente mientras los soldados se afanaban en encender un fuego. Mantenían un ambiente distendido y amistoso, y Amîr, sorprendido ante tal actitud escuchó sus conversaciones atentamente.

-          Dicen que Reuven está embrujando a Evander para arrebatarle el trono, como él hizo con su madre – dijo un soldado rechoncho que bebía algún tipo de licor a grandes tragos.

-          Eso son habladurías, la reina Ramy sigue viviendo en castillo, son muchos los que la han visto – respondió otro soldado larguirucho y delgado con un gesto de desdén

-          ¿Y qué me decís del joven Kristjan? – preguntó un tercero entre carcajadas – El príncipe rebelde

-          Yo he oído que Kristjan no está interesado en las mujeres, digamos que prefiere… la compañía de sus semejantes – confesó el cuarto alargando el brazo para coger el licor del primero.

-          ¡Anda ya, Zoilo! – exclamó el segundo poniéndose muy serio – El príncipe Kristjan no es un sodomita.

Amîr contempló la espada de Áureo, estaba convencido de que si conseguía distraerlos un momento sería capaz de atacar con ella los cuerpos de aquellos soldados hasta darles muerte. Sólo había cuatro soldados a la vista, una tercera parte de lo que él había calculado, con un poco de suerte para cuando los otros llegasen, éstos se habrían desangrado. El soldado flaco y alto habló de nuevo

-          No es que no le gusten las mujeres – afirmó

-          ¿Ah no? – preguntó el regordete con tono burlón

-          No, mi querido Trifón, no lo es – sentenció endureciendo el semblante – es que no le gustan las mujeres que le pasan sus hermanos – concluyó el soldado provocando las risas de sus compañeros.

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