Los árboles se retorcían frente a Amîr como hablándole creando
formas siniestras y la luz del crepúsculo dibujaba falsos rostros observándole
y traía a su mente la imagen de su madre. Amîr se frotaba los ojos incrédulo y
avanzaba torpemente por el bosque intentando abrirse paso entre aquella locura.
Oía risas de mujeres a su alrededor, y a lo lejos divisó a Hagné. Caminó hacia
ella tropezando varias veces, pero cuando estaba a punto de alcanzarla, desaparecía. Se dejó
caer abatido mientras las risas y las imágenes seguían pasando ante sus ojos,
entonces se levantaba y seguía caminando.
Amîr observaba todo apoyado contra el tronco de un árbol,
ensimismado y confuso, entonces vio una luz pequeña salir del agua y sintió
curiosidad por ella. Se levantó torpemente y empezó a seguir a la pequeña luz
que se movía grácilmente entre las sombras y los árboles.
-
Amîr – susurraba una melodiosa voz femenina –
Amîr, ven a mí
El joven desconcertado miraba en todas las direcciones
tratando de encontrar el origen de la dulce voz, entonces comprendió que la voz
venía de la pequeña luz y caminó hacia ella perplejo
-
¿Quién eres? – preguntó Amîr con la voz pastosa
-
Soy Salama, Amîr, ven, ven a mí.
-
¿Qué eres?
-
Una limnátide, he venido a salvarte, Amîr, ven a
mí.
Amîr Haim no podía creer lo que sucedía a su alrededor, el
bosque estaba vivo y las náyades habían venido a buscarle, el joven llegó a la
orilla del lago y cayó de rodillas frente al agua cristalina
-
¿Qué quieres de mí? – dijo Amîr confundido mirando
el reflejo de la luz en el agua.
La pequeña luz se fue transformando en la imagen reflejada y
una mujer excepcionalmente hermosa apareció junto a él. Amîr giró la vista para
ver a la mujer, pero no había nada a su lado, sin embargo al volver a mirar el espejo
de agua, allí estaba ella, en toda su desnudez, con sus ojos cristalinos y su
piel blanca. Sus cabellos dorados caían lisos sobre sus pechos tersos y bien
formados con pezones sonrosados. Amîr deseaba tocar aquel cuerpo marmóreo y
puro, pero cuando extendió la mano para tocarla el agua se movió la imagen de
ella desapareció. Oyó una risa juguetona y preguntó de nuevo
-
¿Qué quieres de mí, Salama?
No hubo respuesta. Amîr volvió a mirar su propio reflejo en
el agua buscando a Salama, pero sólo se vio a sí mismo, estudió su imagen,
parecía cansado y más viejo que antes. Parpadeó varias veces, su cara mostraba
rastros de una barba incipiente, se había rasurado la última vez que vio a
Hagné, sus ojos oscuros estaban rodeados de unos círculos purpúreos y su mandíbula
cuadrada parecía estar tensa. Se quitó la camisa y vio su brazo malherido y el
corte de sus costillas, parecía sólo un rasguño, pero al llevarse la mano al
costillar notó un pinchazo de dolor agudo. Volvió a mirarse, estaba como
hipnotizado por su propia imagen, sus hombros anchos y fuertes, sus brazos
definidos y su pecho contorneado y peludo, parecía un bárbaro, un salvaje.
Recordó entonces el miedo en los ojos de los soldados, apretó los ojos con
fuerza intentando borrar aquella imagen y metió las manos en el agua para
humedecer su cara y su cabeza, pero cuando sus manos llegaron a su pelo estaban
secas. Abrió los ojos de golpe y miró al lago, allí estaba ella, riéndose de él
divertida, una ninfa hermosa y jovial.
-
¿Qué quieres de mí? – susurró Amîr mirando fijamente
los ojos cristalinos de la preciosa mujer.
-
Te quiero a ti
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