jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Octavo


Los árboles se retorcían frente a Amîr como hablándole creando formas siniestras y la luz del crepúsculo dibujaba falsos rostros observándole y traía a su mente la imagen de su madre. Amîr se frotaba los ojos incrédulo y avanzaba torpemente por el bosque intentando abrirse paso entre aquella locura. Oía risas de mujeres a su alrededor, y a lo lejos divisó a Hagné. Caminó hacia ella tropezando varias veces, pero cuando estaba  a punto de alcanzarla, desaparecía. Se dejó caer abatido mientras las risas y las imágenes seguían pasando ante sus ojos, entonces se levantaba y seguía caminando.

Amîr observaba todo apoyado contra el tronco de un árbol, ensimismado y confuso, entonces vio una luz pequeña salir del agua y sintió curiosidad por ella. Se levantó torpemente y empezó a seguir a la pequeña luz que se movía grácilmente entre las sombras y los árboles.

-          Amîr – susurraba una melodiosa voz femenina – Amîr, ven a mí

El joven desconcertado miraba en todas las direcciones tratando de encontrar el origen de la dulce voz, entonces comprendió que la voz venía de la pequeña luz y caminó hacia ella perplejo

-          ¿Quién eres? – preguntó Amîr con la voz pastosa

-          Soy Salama, Amîr, ven, ven a mí.

-          ¿Qué eres?

-          Una limnátide, he venido a salvarte, Amîr, ven a mí.

Amîr Haim no podía creer lo que sucedía a su alrededor, el bosque estaba vivo y las náyades habían venido a buscarle, el joven llegó a la orilla del lago y cayó de rodillas frente al agua cristalina

-          ¿Qué quieres de mí? – dijo Amîr confundido mirando el reflejo de la luz en el agua.

La pequeña luz se fue transformando en la imagen reflejada y una mujer excepcionalmente hermosa apareció junto a él. Amîr giró la vista para ver a la mujer, pero no había nada a su lado, sin embargo al volver a mirar el espejo de agua, allí estaba ella, en toda su desnudez, con sus ojos cristalinos y su piel blanca. Sus cabellos dorados caían lisos sobre sus pechos tersos y bien formados con pezones sonrosados. Amîr deseaba tocar aquel cuerpo marmóreo y puro, pero cuando extendió la mano para tocarla el agua se movió la imagen de ella desapareció. Oyó una risa juguetona y preguntó de nuevo

-          ¿Qué quieres de mí, Salama?

No hubo respuesta. Amîr volvió a mirar su propio reflejo en el agua buscando a Salama, pero sólo se vio a sí mismo, estudió su imagen, parecía cansado y más viejo que antes. Parpadeó varias veces, su cara mostraba rastros de una barba incipiente, se había rasurado la última vez que vio a Hagné, sus ojos oscuros estaban rodeados de unos círculos purpúreos y su mandíbula cuadrada parecía estar tensa. Se quitó la camisa y vio su brazo malherido y el corte de sus costillas, parecía sólo un rasguño, pero al llevarse la mano al costillar notó un pinchazo de dolor agudo. Volvió a mirarse, estaba como hipnotizado por su propia imagen, sus hombros anchos y fuertes, sus brazos definidos y su pecho contorneado y peludo, parecía un bárbaro, un salvaje. Recordó entonces el miedo en los ojos de los soldados, apretó los ojos con fuerza intentando borrar aquella imagen y metió las manos en el agua para humedecer su cara y su cabeza, pero cuando sus manos llegaron a su pelo estaban secas. Abrió los ojos de golpe y miró al lago, allí estaba ella, riéndose de él divertida, una ninfa hermosa y jovial.

-          ¿Qué quieres de mí? – susurró Amîr mirando fijamente los ojos cristalinos de la preciosa mujer.

-          Te quiero a ti

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