martes, 10 de julio de 2012

Capítulo Vigesimoprimero


Un grito de mujer y mucho ruido le despertaron, cogió su espada y salió de la tienda temiendo lo peor. Trifón estaba luchando contra Ilora y los otros tres hombres observaban el combate atentamente. Amîr no lo podía creer, se dirigió rápidamente hasta ellos con la intención de mediar entre ellos y detener el duelo. Antes de que llegara Ilora alzó la vista y retiró la espada.

-          Buenos días, hombre lobo – saludó ella - ¿Has dormido bien?

Amîr cruzó la mirada con Zoilo, este sonrió con pesadez. Ésta era la fiesta de Ilora, clases de espada al amanecer. Amîr asintió lentamente y ella habló de nuevo.

-          Vuelve a tu tienda y vístete – ordenó ella

Amîr bajó la vista y descubrió su propia desnudez. Había salido de la tienda tan deprisa que había olvidado por completo la ropa. Ella le sonrió con picardía y él lejos de ruborizarse o hacer un amago para cubrirse, se giró y caminó de mala gana hasta la tienda.

Una vez allí observó los ropajes sustraídos al muerto. Con la luz del día estaba seguro de que no iba a caber en ellos. Consiguió meterse a duras penas en la cota de tela con escamas metálicas, pero por más que forcejeó con la armadura, no lograba abrochar la coraza. Ató las tiras como buenamente pudo y salió de la tienda. Ilora le hizo un gesto para que fuera hasta ella. Amîr obedeció y cuando estuvieron frente a frente, ella alzó la espada.

-          Es tu turno, hombre lobo

-          Mi nombre es Amîr, mujer soldado

-          Si tu nombre es ese, tendrás que ganártelo – dijo Ilora haciendo un movimiento de ataque.

Amîr detuvo el ataque con unos reflejos que incluso a él le sorprendieron. Ilora intentó golpearle con gran número de florituras, pero la defensa de Amîr era férrea. Intentó batirle con una balestra, pero Amîr lo contrarrestó con un cruzado. Ilora se retiró dando un paso hacia atrás dejando espacio a Amîr para el ataque. Este no se hizo esperar, alzó su espada dando un latigazo destinado brazo de Ilora, pero ella logró esquivarlo y apartó a Amîr presionando su hoja contra la de él.

El combate se alargó con innumerables ataques y esquives, pero ninguno de los dos lograba batir a su adversario. Amîr sintió como la tela de la cota se desgarraba para ceder a los bruscos movimientos a los que él las sometía, las corduras de la coraza se desataron y Amîr se la arrancó de un manotazo y la arrojó al suelo con rabia sin apartar la mirada de Ilora. Tres de los hombres observaban el duelo ensimismados, mientras que el cuarto, Trifón refunfuñaba por lo bajo. Tras lo que parecía una eternidad, ambos empezaban a respirar con dificultad, a acusar el cansancio, pero ninguno estaba dispuesto a rendirse o deponer las armas.

Finalmente, con un grácil movimiento Ilora desarmó a Amîr haciendo que la espada cayera al suelo. Ella le miró con satisfacción aproximando su espada al pecho de Amîr con aire victorioso.
Sin embargo, Amîr no estaba dispuesto a dejarse abatir por aquella mujer y su prepotencia, apartó la espada con el brazo cortándose al hacerlo y se abalanzó sobre ella cogiéndola totalmente por sorpresa. Inmovilizó su brazo derecho con una sola mano y el peso de su propio cuerpo y con la otra la agarró del cuello.

-          Ríndete soldado – ordenó Amîr entre dientes

-          Antes muerta – contestó ella.

Capítulo Vigésimo


Zoilo pareció despertar de un trance, soltó a Amîr rápidamente liberándole del puñal y alejándose unos pasos de él. Respiraba entrecortadamente, se dejó caer al suelo de rodillas y con el puñal aún apretado en su mano, comenzó a llorar.

Amîr aún tendido en el suelo, le observó unos momentos. Se incorporó, se recolocó el pellejo y se acercó a la hoguera de nuevo. Sirvió dos jarras del asqueroso licor y se puso de pié junto a Zoilo, que seguía llorando y maldiciendo por lo bajo.

-          Yo también perdí a mis seres queridos por culpa de Evander. – dijo Amîr tendiéndole una jarra a Zoilo – Y de Reuven.

Zoilo levantó la cabeza y cogió la jarra. Se bebió la mitad de un solo trago.

-          ¿Cuál es tu historia, Amîr el lobo?

-          ¿Amîr el lobo?

-          Tú puedes llamarme Zoilo el loco – sonrió

Amîr le devolvió la sonrisa y se sentó junto a él. Empezó a contarle su historia, cómo Evander atacó su pueblo, la trágica muerte de sus padres a manos del tirano y el rapto de Hagné. Omitió la parte en la que Hagné era la prometida de Áureo, pensó que tal vez, Zoilo el loco se sentiría furioso de que él desease a la mujer de otro, como su propio hermano había deseado a la que una vez fue su mujer.

Ambos hombres bebieron y charlaron hasta casi el amanecer. Fue Zoilo quien se puso en pie y tendiéndole una mano a Amîr dijo:

-          Un día tienes que contarme lo de esa piel, pero ahora debemos descansar un rato. Al alba empezará la fiesta de Ilora

Amîr agarró la mano de Zoilo y se puso en pie sin entender. Quería preguntarle por la fiesta de Ilora, no conseguía adivinar de qué tipo de fiesta se trataría, pero Zoilo ya caminaba hasta la tienda de Tâleb.

-          Puedes usar aquella tienda – dijo Zoilo señalando a la tienda junto a la de los soldados muertos – es la única vacía.

Se acercó a la tienda con desgana, desde allí se podía oler la peste que desprendían los cadáveres descomponiéndose. Entendió en el acto por qué era la única vacía. Miró a las cuatro tiendas del otro lado de la hoguera. Oía los ronquidos de algunos de los hombres, y el olor repugnante le impedía relajarse. Recordó entonces sus cosas, las había dejado escondidas tras el arbusto.

Dudó si dormir en la tienda o vestirse y dormir al raso con la piel del lobo, pero recordó que estaban haciéndose pasar por soldados. Cogió su petate y se dirigió a la tienda pestilente.

Recordó entonces la colección de hierbas de Hagné. Rebuscó entre las cosas y sacó un atadillo de menta “Para que tus sueños siempre huelan bien” había dicho ella al regalárselo. Sonrió al pensar en la muchacha. Cada día que pasaba está más cerca de encontrarla, estaba seguro.

Se acomodó en una especie de camastro a ras de suelo con la menta bajo la nariz, la espada junto a él y el pellejo cubriendo su cuerpo. Aún no había amanecido, pero empezaba a sentir la claridad del nuevo día en sus párpados. Se relajó, había sido un día intenso y estaba exhausto. Cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño.

lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo Decimonoveno


Trifón clavó sus ojos en Amîr y preguntó

-          ¿Contento? – no esperó una respuesta, dio media vuelta y se alejó tambaleándose, ebrio.

Amîr contempló la escena, no esperaba las palabras de Trifón. Los tres hombres que quedaban junto a él en la hoguera parecían hundidos, sus miradas estaban perdidas y sus mentes vagaban sin duda alguna por recuerdos dolorosos.

-          Hay cosas de las que es mejor no hablar, chico – añadió Trifón desde la entrada de una de las tiendas de campaña. Dicho esto entró en ella dejando tras de sí un silencio incómodo y una tensión que podría ser cortada a espada.

Amîr evaluó lo que acababa de oír, las historias de los demás le recordaban a la suya propia, que hasta ese momento había considerado única y desgarradora. Le hubiera gustado compartir su historia con el resto, pero pensaba que en aquella situación, hablar de ello no haría más que provocar mayores sufrimientos.
Miraba hacia la tienda en la que había entrado Trifón, se preguntaba qué habría querido decir con aquello de que en otra vida fue soldado. Era sin duda un hombrecillo peculiar, su aspecto no hacía pensar en él como en un soldado, pero era de espada fácil, lo había comprobado minutos antes, si no hubiera sido por la intervención de la mujer guerrero, habría probado el acero de aquel hombre rechoncho en sus propias carnes.

El siguiente en marcharse fue Tâleb. Se puso en pie sin mirar a nadie, vació el contenido de su botella en la hoguera, que chisporroteo furiosa y se encaminó lentamente a otra tienda, junto a la de Trifón. Le siguió Euva, con los ojos llorosos se despidió con un tímido “A más ver” y se alejó de la hoguera murmurando.
Amîr observó a Zoilo que fulminaba el fuego con la mirada. Parecía sumido en profundo pensamiento. Decidió romper el hielo

-          ¿Te encuentras bien? – preguntó en un intento de entablar conversación. Era obvio que no estaba bien. Pero permaneció impasible, como si estuviera tan lejos de allí que ni siquiera pudiera oírle.

Amîr se levantó y se acercó a él, repitió la pregunta mientras le tocaba el hombro.

-          Oye, ¿Te encuentras bien? – insistió zarandeándole lentamente.

Zoilo se liberó de la mano de Amîr rápidamente, sacó un puñal y se abalanzó contra Amîr golpeándolo contra el suelo y colocando el filo del arma en su cuello

-          ¿Quién eres tú? – siseó Zoilo

Amîr escrutó su mirada, la locura se asomaba a los ojos de Zoilo, estaban llenos de rencor y odio.

-          Soy Amîr Haim – respondió con un hilo de voz

Zoilo apretó el puñal cortando levemente la piel del cuello de Amîr

-          No, no te conozco – susurró Zoilo furioso

Amîr podría librarse del ataque de Zoilo con relativa facilidad, pero por alguna razón aquel hombre le daba pena.

-          Soy Amîr Haim – repitió – el… el hombre lobo

Capítulo Decimoctavo


Los cuatro hombres le dedicaron esta vez una rápida mirada, y siguieron con sus bromas como si nada. Tâleb se quedó observándole atentamente, sentía curiosidad por aquel hombre. En un silencio, Tâleb miró a sus compañeros y tendiéndole a Amîr una taza de licor dijo:

-          ¿Qué es lo que te ha traído aquí, Amîr Haim?

-          Ya os lo dije – terció él apartando la taza– el príncipe Reuven se llevó algo que me pertenece.

-          Mi nombre es Tâleb, Tâleb Faruq – se presentó el hombre sentado a su derecha – vine para vengar a mi hermano.

-          ¿Qué le pasó a tu hermano? – quiso saber Amîr

-          El príncipe Kristjan mató a su hijo cuando estaba de caza, su mujer enloqueció e intentó atacar al príncipe, pero sus soldados la redujeron y la asesinaron delante de mi hermano. El pobre enloqueció… se quitó la vida una semana después.

El reflejo de una lágrima se asomó a los ojos de Tâleb, quien dio un largo trago al licor que sostenía en las manos y se lo ofreció a Amîr de nuevo. Éste no sabía qué responder ante la historia de Tâleb, aceptó la bebida y dio un pequeño sorbo. Sabía a rayos destilados, pero les hacía sentir bien.

-          Todos tenemos historias tristes por aquí, chico.- atajó Trifón arrebatándole el licor al nuevo - Por eso los ratos libres los dedicamos a beber

-          ¿Cuál es tu historia? – preguntó Amîr con curiosidad

Los ojos de Trifón se posaron en él amenazantes.

-          Vaya, vaya – respondió Trifón limpiándose la barba – de modo que el hombre lobo, quiere saber ¿eh? – preguntó maliciosamente enfatizando las palabras despectivas de Ilora.

Amîr acarició el pellejo que le cubría y asintió lentamente con la cabeza mientras palpaba el suelo en busca de su espada.

-          Bien – aceptó Trifón nervioso, y comenzó a hablar con rapidez señalando a unos y a otros y gesticulando con las manos – Ese es Zoilo, Zoilo vivía muy feliz en una casita preciosa en un pueblecito encantador, hasta que llegó Evander, su hermano sucumbió a las promesas del rey y se hizo soldado, como regalo, Evander dejó al hermano de Zoilo escoger mujer, y escogió la de Zoilo, de modo que Zoilo culpa a Evander de transformar a su hermano y de perder a su mujer y blablabla – hizo una pausa para beber mientras Zoilo miraba fijamente las llamas, como hipnotizado.

-          Ese de ahí es Euva, Euva no quería ser soldado, de modo que le ofreció a Reuven sus tierras a cambio de su libertad, Reuven aceptó, de modo que Euva se fió de la palabra del príncipe, pero cuando regresó a sus tierras para firmar el pacto, Reuven las había quemado, incluido el ganado, de modo que Euva no tenía nada que ofrecer. Reuven le quiso hacer su esclavo, pero en un despiste de los soldados se escapó y estuvo deambulando hasta que encontró a Ilora. – se detuvo de nuevo y dio un largo y sonoro trago.

Trifón se levantó y los miró a todos mientras negaba con la cabeza y agitaba su botella esparciendo gotas del brebaje a diestro y siniestro.

-          Y yo… - comenzó de nuevo Trifón – yo fui un soldado en otra vida

Capítulo Decimoséptimo


Empezó a rebuscar entre los cuerpos nauseabundos de los muertos buscando alguno lo suficientemente grande como para cubrir su propio cuerpo. Apartó los que estaban encima y empezó a apilarlos al otro lado de la tienda. Aproximadamente a la mitad del montón,  después de haber movido al menos ocho cuerpos encontró uno que parecía más grande que el resto.

Empezó a desvestirle con el estómago revuelto, tenía un profundo corte en el cuello y las ropas estaban rígidas a causa de la sangre seca. Resultaba tremendamente complicado desnudar un cadáver, las arcadas se agolpaban en el fondo de su garganta, el cuerpo se zarandeaba de un lado a otro con cada intento de arrebatarle la ropa y la herida del cuello se abría y se cerraba con el traqueteo. Amîr intentó aguantar la respiración y no mirar a la cara de aquel soldado muerto que aún tenía los ojos abiertos, mientras luchaba con la armadura, pero una náusea fue más fuerte que él y esparció sus jugos gástricos por doquier. Se estaba limpiando la cara, preparándose para vomitar otra vez, cuando oyó las carcajadas de los “soldados” fuera. Se reían de él.

El orgullo se apoderó de su ser y con rapidez y a tirones logró desvestir al fiambre sin armar mayor alboroto. Escudriñó la prenda adquirida y tuvo sus dudas de que aquellas ropas y armadura le valieran. Pero haciendo acopio de fuerzas salió de la tienda con su trofeo sobre el brazo y se acercó con paso decidido a la hoguera.
El grupo de hombres permaneció en silencio cuando Amîr llegó hasta ellos. Ninguno de ellos se dignó a mirarle. Y Amîr decidió presentarse:

-          Mi nombre es Amîr Haim y vengo de los pueblos de la montaña. – ninguno de los soldados pareció inmutarse ante las palabras de Amîr, era como si hablase a la nada.

Amîr contempló a los hombres que miraban el suelo en un esfuerzo por ignorarle. Dio media vuelta y caminó hacia el arroyo. Su cabeza se debatía entre huir de aquella locura o quedarse para descubrir qué unía a aquellos hombres, que parecían defender a un rey que odiaban.

Se arrodilló frente al agua y se lavó la cara. Arrojó las ropas ensangrentadas al cauce del arroyo y se dispuso a lavarlas. Cuando la sangre se hubo desprendido del tejido recogió las ropas y permaneció sentado junto al agua reviviendo los detalles de la noche. La boca aún le sabía mal, y desprendiéndose de su propia ropa se metió en el agua, la sensación era tonificante y refrescante y por unos instantes logró relajarse.

Cuando se disponía a salir del agua escuchó un chapoteo detrás de unas rocas. Su instinto le hizo saltar hasta su espada y escudriñar la oscuridad en busca del origen del ruido. Vislumbró unos ropajes amontonados en la orilla entre los que se encontraba la armadura de Ilora. Sentía curiosidad por saber si detrás de aquella máscara de guerrero se escondía una mujer. Pero después de su derrota no quería importunarla ni ser descubierto espiándola, por lo que se cubrió con la piel de lobo y retornó al campamento.

Junto al fuego, los cuatro hombres habían retomado la charla y el ambiente parecía distendido y jocoso. El larguirucho parecía bromear y los demás reían sus gracias.

Se dirigió nuevamente hasta ellos y se sentó junto al fuego sin mediar palabra. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo Decimosexto


El frío del metal en su cuello hacía arder su sangre. Hubiera deseado ver a Hagné una última vez, o quedarse con la limnátide Salama, que fingía ser Hagné en sus visiones, tal vez al morir volviera a verla, o tal vez cuando Hagné muriera se encontrarían. Miró a Ilora a los ojos, quería ver la cara de su verdugo hasta el último segundo, tenía los ojos negros, oscuros como la muerte, y la piel curtida por el sol.

-          Luchas bien, hombre lobo – dijo ella con tono burlón

Amîr la observó con desprecio, aquella odiosa mujer se burlaba de él incluso antes de matarlo. Era cruel, pero decidió entrar en su juego.

-          Tú también, mujer guerrero – respondió Amîr escupiendo las palabras.

Ilora rió de nuevo y apartó la espada del cuello de Amîr, se alejó de él mientras este la apuntaba la espada furioso.

-          ¿A qué juegas mujer? – preguntó intrigado y enfadado

-          Eres bienvenido en nuestro ejército, soldado – dijo ella

Sus hombres la miraron con incertidumbre y Trifón arrojó la espada al suelo y se alejó de ella refunfuñando.

-          No soy un soldado, señora, no lucharé por el rey – renegó Amîr aún desafiante

Ilora ignoró el comentario del desconcertado hombre y le dio la espalda caminando hacia su tienda con lentitud, antes de entrar giró la cabeza mirándole por encima del hombro y añadió

-          Puedes elegir el uniforme que más te convenga de los de aquella tienda

Amîr se quedó en el sitio, en guardia, esperando un nuevo ataque por parte de alguno de los tres soldados restantes, pero ellos en cambio bajaron las armas y le dieron la espalda volviendo a sentarse junto a la hoguera. Amîr los observó durante un buen rato. Si quería matarlos era el momento, no entendía nada de lo que estaba pasando y comenzó a caminar muy despacio. 

Se detuvo frente a la tienda que le había indicado Ilora, por echar un vistazo rápido no pasaba nada. Entró de espaldas, sin quitar el ojo de encima a los soldados que bebían y parloteaban junto al fuego, no se fiaba, pero ellos parecían ignorarle por completo.

Al girarse le sorprendió un olor denso y nauseabundo, acostumbró los ojos a la oscuridad y contempló la montaña de cadáveres de soldados apilados frente a él. Algunos estaban desnudos y otros mutilados. El suelo de tierra estaba húmedo, empapado de sangre. Algunas de las caras de los soldados iluminados por la tenue luz del lejano fuego mostraban terror y recordó los rostros de los soldados a los que él mismo atacó. De pronto Amîr lo comprendió todo. No eran soldados, habían asesinado a los soldados del campamento y habían escondido sus cadáveres para pasar desapercibidos por un tiempo, por eso todos iban vestidos de soldados, incluida la mujer guerrero.



Capítulo Decimoquinto


Trifón se detuvo cerca del intruso mirándole con odio y desafiante y preparado para matarle ante cualquier movimiento falso del hombre.

Una mujer vestida de guerrero salió de la tienda, caminó lentamente hacia el grupo de hombres con la mano derecha reposando en su cadera sobre la empuñadura de su espada. Examinó a Amîr atentamente, y ordenó:

-          Dejad que el hombre lobo se explique

-          Pero,  Ilora – se quejó Trifón – este hombre nos ha estado espiando

Ilora le dedicó una mirada cortante a Trifón e hizo un gesto de que bajara la espada. A regañadientes el rechoncho soldado obedeció. Y el resto le imitaron. La mujer se dirigió de nuevo a Amîr

-          ¿Qué buscas aquí, forastero?

Amîr observó a la mujer ensimismado, con aquella armadura parecía un muchacho, pero era alta, más alta que cualquier mujer que hubiera conocido, y desde luego era fuerte. Tenía los brazos de un guerrero y un semblante duro y frío como el hielo.

-          Voy de camino a Maoraz, señora – afirmó Amîr

-          ¿Y qué buscas tú en Maoraz? – preguntó ella con mordacidad

-          El rey Evander se llevó algo que me pertenece y quiero que me lo devuelva

Ilora estalló en carcajadas y sacó su espada acercándose un poco más a Amîr, quien retrocedió sin bajar en ningún momento la espada

-          ¿Tú solo? – preguntó ella mirando alrededor

-          Sí, señora

-          ¿Y crees que el gran Rey Evander te devolverá lo que es tuyo sólo porque tú se lo pidas?

-          No, señora – respondió Amîr arrepintiéndose de su decisión de aproximarse al grupo y asumiendo que podía morir

-          ¿Y qué harás si no te lo da? – quiso saber ella aproximándose aún más.

-          Lo mataré, señora, a él y a cualquiera que intente detenerme – afirmó mientras intentaba definir un plan de ataque de urgencia que le dejara alguna posibilidad de sobrevivir ante aquellas cinco personas.

-          ¿Tú? – se burló Ilora - ¿Un cazador harapiento?

-          Yo mismo, señora

-          ¿Y cómo piensas acercarte a él?

Amîr dudó unos instantes, no había perfeccionado aún aquella parte del plan, de hecho, no había planeado nada aparte de llegar a Maoraz. Ilora advirtió las dudas en su mirada y se rió de nuevo. Amîr no soportaba que aquella mujer arrogante vestida de hombre se burlara de él. Sabía que no le permitirían salir de allí con vida a no ser que él les matara antes. La mujer era una especie de líder para ellos, la obedecían, quizá si lograba matarla los demás se rindieran. Sin mediar palabra se decidió a atacarla, la mujer paró el golpe con maestría, Amîr intentó un ataque al fierro, pero Ilora se defendió con una maniobra contraofensiva y golpeó la espada de Amîr en señal de batimiento.

Amîr estaba descolocado ante la destreza de la mujer guerrero, e intentó sorprenderla con una estocada, pero ella hizo un esquive y con una ágil finta situó el filo se su espada en el cuello de Amîr.

Capítulo Decimocuarto


Amîr sintió una presión de algo parecido a alegría en el pecho y decidió que era el momento de salir de su escondite y acercarse a aquellos hombres que podían ayudarle a encontrar a Hagné y de paso a matar a Evander. Amîr odiaba a los tres hermanos, pero especialmente a Evander. Nunca le perdonaría lo que hizo con su madre.

Los cuatro soldados permanecían sentados en torno a la hoguera, bebían en silencio pensando en las palabras del rechoncho Trifón. Amîr estudió sus caras, el que llamaban Zoilo parecía el más joven de los cuatro, era de estatura normal aunque de constitución atlética, su aspecto era triste y su mirada se perdía en el fuego. Trifón era sin duda el más viejo, parecía un gruñón de rostro arrugado y barba cana, era un hombre pequeño, pero junto a él descansaba una gran espada, por lo que Amîr supuso que era un guerrero. El tercer soldado, Tâleb, tenía aspecto de ser el más cauto del grupo, el más comedido y el más sabio, pero tenía el cuerpo de un luchador, era alto y musculoso aunque no tan grande como Amîr. Y el último, el larguirucho parecía el más burlón, se notaba que disfrutaba haciendo reír a sus compañeros y su constitución desgarbada distaba mucho de la de un soldado acostumbrado a empuñar una espada.

Mientras todos contemplaban el fuego, excepto el último que miraba de uno a otro a sus compañeros buscando la forma de romper aquel silencio. Amîr se cubrió con el pellejo, se irguió estirando los músculos y se dispuso a presentarse ante ellos con la espada escondida colocada entre los pliegues del pellejo, preparada para ser desenfundada rápidamente por si la situación se complicaba.

Salió de su escondite en silencio, moviéndose con cautela para no alertar a los soldados antes de lo previsto. Quería pillarles por sorpresa para que le dieran tiempo a explicarse antes de acabar siendo el blanco de sus espadas.

Llegó por fin al último árbol que le serviría de tapadera y apoyado contra su tronco con los ojos cerrados respiró hondo varias veces. Notaba el corazón palpitar en las sienes, y la sangre bombeando en sus músculos. Era consciente de que lo que estaba a punto de hacer podía ser una gran idea o la peor y la última idea que tuviera. Abrió los ojos y giró sobre la corteza del árbol caminando lentamente hacia la hoguera.
Trifón fue el primero en verlo, con dificultades logró ponerse en pie sin articular palabra y empuñó su espada dirigiéndola hacia Amîr, que aún se encontraba a unos pasos de distancia. Sus compañeros siguieron con la mirada la dirección que apuntaba la espada de Trifón y se levantaron inmediatamente imitando a su compañero.

Amîr se detuvo, cuatro hombres sorprendidos y furiosos le apuntaban con sus espadas afiladas. Les miró uno a uno a los ojos, Trifón quería matarlo, Zoilo permanecía neutro, el delgaducho tenía miedo, lo transmitía en su mirada y le temblaba la espada entre los dedos, Tâleb, sin embargo, estaba expectante, no parecía dispuesto a atacar a no ser que fuera necesario, y fue el primero en hablar.

-          ¿Quién eres tú y qué buscas aquí? – preguntó

-          Mi nombre es Amîr Haim – dijo Amîr con voz firme – y os he estado escuchando

El larguirucho miró nervioso hacia los lados, Zoilo dio un paso hacia adelante amenazante y habló

-          ¿Osas espiar a los soldados del rey Evander?

Amîr, confuso, sacó la espada y retrasó el pie izquierdo preparándose para el ataque.

-          No me pareció que fuerais muy leales a vuestro rey Evander – respondió doblando ligeramente las rodillas y levantando la mano izquierda mientras les apuntaba con la espada.

Trifón soltó un grito furioso y corrió hacia Amîr con la espada en alto sujeta con las dos manos, dispuesto a matarle, desmembrarle o al menos herirle.

-          ¡Basta! – ordenó una voz desde el interior de una de las tiendas

Capítulo Decimotercero


El último comentario del soldado hirió a Amîr que automáticamente pensó en su pobre Hagné pasando de hermano a hermano. La mente de Amîr tendía a recrear gráficamente todos los detalles y en apenas unos minutos por su imaginación pasaron imágenes del rey Evander forzando a Hagné sobre una cama ricamente adornada, mientras ella gritaba, después era Reuven quien penetraba con furia insaciable a la pequeña muchacha que intentaba en vano librarse de él, y por último la veía sumisa y postrada sobre una nueva cama con el joven Kristjan.

Aquella visión perturbadora fue demasiado para Amîr quien decidió acabar con aquellos soldados en aquel mismo instante, dispuesto a ensañarse con sus cadáveres para mandar una advertencia a Evander. Estaba planeando y perfeccionado su ataque cuando la conversación de los soldados le dejó helado.

-          Deberíamos matarles – proclamó Trifón cambiando radicalmente el tono relajado de la conversación.

-          Lo haremos – respondió el tercero – para eso estamos aquí, Trifón

-          Sí, lo sé, pero yo me refería a que deberíamos matarles esta noche – contestó Trifón arrebatando el licor a su compañero y dando un largo trago.

Los soldados permanecieron un rato en silencio mirando al fuego, y Amîr, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho les observaba perplejo. No daba crédito a lo que estaba oyendo, eran desertores y tenían un enemigo y un objetivo común, acabar con la familia real y ver correr su sangre.

Por primera vez en mucho tiempo Amîr Haim no sabía qué hacer, aquellos hombres parecían querer lo mismo que él, pero eran soldados del rey, tal vez solo estuvieran borrachos y en el fondo fueran fieles servidores de Evander, Kristjan y Reuven y si era así y le veían aparecer, sin duda lo matarían. Decidió observarles un poco más e intentar averiguar qué era lo que tramaban en realidad.

Tras el largo silencio, el tercer soldado volvió a hablar

-          Estamos a varios días de camino de Maoraz, amigo – aunque estuviéramos listos para darles muerte, nunca conseguiríamos llegar allí esta noche.

-          ¡Maldita sea! – exclamó el rechoncho soldado lanzando el recipiente de licor vacío a las llamas y secándose la espesa barba – Estamos preparados, Tâleb, estamos más que preparados.

Capítulo Duodécimo


Miró al lago con recelo y decidió continuar su camino un poco más alejado del agua. Era consciente de que lo vivido la anterior noche no era más que un cruel sueño, pero las sensaciones que habían aflorado en él eran muy reales.

La caminata era cuanto menos complicada, el peso del macuto y de la espada toscamente forjada hacían que sus fuerzas se agotaran con cada paso que daba. De vez en cuando oía las voces de algún soldado que patrullaba y se escondía entre los árboles esperando el ataque, aunque finalmente nunca les tendía la emboscada, recordaba el fantasma del soldado muerto y permanecía inmóvil en su escondrijo preparado para la defensa.

Pasó tres días caminando entre los árboles, orientándose con el sol y las estrellas. El calor del último día le había obligado a caminar de noche, y cada vez encontraba patrullas con más frecuencia y más numerosas.
Cada paso que daba le acercaba a Maoraz, pero cada día que pasaba estaba más lejos de encontrar a Hagné y rescatarla.

En el quinto día de su búsqueda descubrió un pequeño campamento de las tropas de Evander, no habría más de diez o doce soldados acampados a juzgar por el número y el tamaño de las tiendas, y parecían estar relajados. Amîr Haim pensó que tal vez doce hombres fueran demasiados, y que podría ser descubierto con facilidad y aniquilado y sin embargo sentía la necesidad de quedarse y espiarlos.

Esperó pacientemente a que cayera la noche y se fue acercando lentamente mientras los soldados se afanaban en encender un fuego. Mantenían un ambiente distendido y amistoso, y Amîr, sorprendido ante tal actitud escuchó sus conversaciones atentamente.

-          Dicen que Reuven está embrujando a Evander para arrebatarle el trono, como él hizo con su madre – dijo un soldado rechoncho que bebía algún tipo de licor a grandes tragos.

-          Eso son habladurías, la reina Ramy sigue viviendo en castillo, son muchos los que la han visto – respondió otro soldado larguirucho y delgado con un gesto de desdén

-          ¿Y qué me decís del joven Kristjan? – preguntó un tercero entre carcajadas – El príncipe rebelde

-          Yo he oído que Kristjan no está interesado en las mujeres, digamos que prefiere… la compañía de sus semejantes – confesó el cuarto alargando el brazo para coger el licor del primero.

-          ¡Anda ya, Zoilo! – exclamó el segundo poniéndose muy serio – El príncipe Kristjan no es un sodomita.

Amîr contempló la espada de Áureo, estaba convencido de que si conseguía distraerlos un momento sería capaz de atacar con ella los cuerpos de aquellos soldados hasta darles muerte. Sólo había cuatro soldados a la vista, una tercera parte de lo que él había calculado, con un poco de suerte para cuando los otros llegasen, éstos se habrían desangrado. El soldado flaco y alto habló de nuevo

-          No es que no le gusten las mujeres – afirmó

-          ¿Ah no? – preguntó el regordete con tono burlón

-          No, mi querido Trifón, no lo es – sentenció endureciendo el semblante – es que no le gustan las mujeres que le pasan sus hermanos – concluyó el soldado provocando las risas de sus compañeros.

martes, 3 de julio de 2012

Capítulo Undécimo


Amîr observó como poco a poco el cuerpo de Hagné se transformaba en el de Salama, que se hundía lentamente en las tranquilas aguas. De repente la náyade abrió los ojos bajo el agua sobresaltando a Amîr y tras sonreír con malicia emergió rápidamente a la superficie agarrando fuertemente al hombre y arrastrándolo consigo al lago. Al contacto con el agua Amîr despertó temblando, acurrucado como un niño bajo la cálida piel del lobo.

Se incorporó rápidamente y miró la quietud del agua, aún había muy poca luz, pero estaba empezando a amanecer. Se tocó los brazos sintiendo aún el frío y húmedo amarre de Salama, al hacerlo un pinchazo de dolor agudo le recordó su herida. Desenvolvió cuidadosamente el vendaje, para ver el estado de la lesión. Retiró la pasta de hojas masticadas y contempló satisfecho una costra formada.

Observó atentamente el contenido de la cataplasma, descubrió entonces que entre los restos de hojas de salvia, había restos de hojas de la que llamaban hierba de los dioses, o salvia divina. Sonrió negando con la cabeza y mirando al lago con desconfianza.

-          ¿Cómo he podido ser tan estúpido? – se preguntó mientras arrojaba con rabia los restos de la masa de salvia al agua. Recordó las clases de Hagné sobre los usos de las plantas y enseguida la dulce imagen de la muchacha se transformó en la de la náyade Salama, jugueteando desnuda entre las plantas.

Sacudió la cabeza enérgicamente, aún aturdido por las alucinaciones provocadas por la planta. Las sensaciones de la noche anterior eran tan reales que dudaba si realmente lo había vivido. 

La cara desfigurada del soldado muerto recordándole lo que había hecho, señalándole como asesino. Las voces y las risas huidizas escondidas entre los árboles tétricos que se movían creando fantásticos juegos de sombras, y la pequeña luz voladora que salió del agua.

Recordaba cada detalle del cuerpo de la limnátide Salama, sensual y pálida, con sus preciosos cabellos dorados y sus ojos cristalinos de igual modo que recordaba cada sensación provocada por la visión de Hagné. 

El sentimiento por ella ya no era un amor puro, ahora la deseaba, deseaba que fuera suya y ser el primero y el único en tomarla. Sólo pensar en el momento del lago tendido sobre su cuerpo le excitaba. Debía encontrarla antes de que Reuven o alguno de sus malditos hermanos la mancillara. Ante aquel pensamiento  oscuro volvía a recordar a Salama enfadada, trastornada y monstruosa y una sola idea cruzaba su mente: Quería matar a Evander, a Reuven y a Kristjan y disfrutar de su agonía.

 Los primeros rayos de luz en el horizonte comenzaban a dibujar nubes rosas y anaranjadas y Amîr decidió que debía continuar el descenso a Maoraz.

lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo Décimo


El tierno beso dio paso a las caricias y a la pasión, ella le mordió el labio y el cuello con picardía y él la alzó en brazos besándola y se tumbó sobre ella con delicadeza. Le parecía tan frágil y pequeña entre sus grandes brazos, que necesitaba protegerla incluso de él mismo, sin embargo la deseaba ardientemente y de un fuerte tirón rasgó las vestiduras de la joven dejando sus blancos pechos semidescubiertos. Empezó a besarla con dulzura mientras sus manos recorrían ansiosas su cuerpo, y ella gemía nerviosa bajo él jugueteando con su pelo.

De pronto Amîr oyó unas voces y se levantó alerta.

-          ¿Qué ocurre, amor? – preguntó ella

-          ¿No has oído eso? – dijo él haciéndola una señal de silencio

-          No he oído nada, amor. Vuelve aquí conmigo – suplicó Hagné

Amîr observó a la muchacha tendida en el suelo semidesnuda junto al agua y bañada por la luz tenue y anaranjada de la mañana, era hermosa y delicada. Deseaba con todas sus fuerzas poseerla en aquel mismo instante, pero sabía que había oído algo en el bosque y había vivido demasiado tiempo en el bosque como para ignorarlo, más aún sabiendo que había guardias. Se levantó rápidamente colocándose la ropa. Mientras Hagné se incorporaba y le observaba sin comprender nada.

-          Tenemos que irnos, chiquilla – ordenó Amîr – cogiéndola de la mano y levantándola.

Caminó unos pasos, hacia las rocas para recoger sus cosas, y al volver la vista atrás vio a Hagné quieta junto al lago.

-          ¡Vamos! – se impacientó él - ¡Tenemos que irnos, Hagné!

-          Yo no puedo – respondió ella

Amîr la miró perplejo, y se acercó a ella

-          No digas tonterías, Hagné. Hay guardias, tenemos que irnos – dijo él tendiéndole la mano.

-          Yo no puedo irme de aquí – sentenció la joven – si me voy, desapareceré. Moriré

-          ¿De qué estás hablando? – preguntó él

-          Quédate aquí conmigo, Amîr – suplicó ella asiéndole las manos – pronto será de día

Amîr la miró atentamente negando con la cabeza, la cogió entre sus brazos y se dispuso a llevársela a la fuerza. Ella intentaba zafarse de él sin éxito, pataleando y golpeando el pecho de Amîr repitiendo una y otra vez “suéltame”. Apenas hubo caminado quince pasos cuando ella soltó un grito fuerte y desgarrador que hizo a Amîr caer al suelo liberando a la chica. La joven comenzó a convulsionarse y a mirar a Amîr con profunda ira, se arrastró torpemente hasta el agua mientras Amîr la seguía con la mirada, sin lograr entender qué pasaba.

Hagné por fin alcanzó la orilla del lago y se levantó lentamente girándose para mirar a Amîr quien seguía contemplándola incapaz de hacer nada.

-          ¿No podías quedarte conmigo y ser feliz? – preguntó ella con la voz ronca - ¿Acaso no soy yo lo que buscabas?

Dicho esto se dejó caer de espaldas y tras flotar unos instantes comenzó a hundirse en el agua. Amîr corrió hacia ella para salvarla, pero cuando llegó a la orilla y observó el cuerpo que se hundía en el agua se detuvo.

-          Salama… - susurró 

Capítulo Noveno


-          Te quiero a ti, Amîr, ven a mí. – repitió la sensual voz de aquella bonita limnátide que se insinuaba ante él.
Amîr vaciló unos instantes y decidió entrar en el lago sometido a la dulzura de aquel maravilloso ser. Extendió los brazos para tocarla, deseaba poseerla, esta vez ella se materializó y él pudo tocarla, ella le miraba fijamente y le ordenó

-          Dí mi nombre y bésame

Amîr se acercó a ella para besarla con dulzura y dijo

-          Te quiero, Hagné

Antes de que sus labios pudieran rozar los de la ninfa, esta se revolvió en el agua y se tornó monstruosa y agresiva, sus ojos cristalinos y su pelo dorado ahora eran negros, su piel, azulada y venosa y su voz macabra y amenazante.

-          Hagné – gritó ella furiosa – Hagné está muerta

Amîr miró a la náyade con los ojos muy abiertos, despertando de golpe de su hechizo y preparándose para un nuevo ataque. La limnátide se acercó de golpe hasta él y le susurró con fiereza

-          Te perderás a ti mismo en el bosque, cazador

-          No. – sentenció él intentando mantener la firmeza ante aquel ser descontrolado.

-       Te perderás en el bosque, cazador, y nunca encontrarás a aquella que llamas Hagné – gritó Salama introduciéndose de golpe en agua y desapareciendo bajo la superficie, que volvió a la calma.

Amîr permaneció quieto durante un largo rato, mirando el hueco donde había estado Salama. Se preguntaba si las palabras de la mujer eran un aviso o una amenaza, o tal vez simplemente una forma de intimidarle. No conocía las leyendas, nunca había creído en ellas.

Salió del agua con dificultad y buscó las rocas, encontró allí el hueco donde había dejado sus cosas, se tapó con la piel del lobo y esperó al amanecer. Las visiones continuaron durante el transcurso de la noche veía una y otra vez el rostro del soldado muerto llamándole asesino y la risa maléfica de la ninfa resonando en su mente. Se acurrucó bajo el pellejo intentando dormirse y apretando los ojos con fuerza, tratando de hacer desaparecer las voces y las visiones que parecían disfrutar torturándolo. Por fin el cansancio le venció y se quedó dormido sumido en un profundo sueño amargo.

Al abrir los ojos vio a Hagné, estaba vestida de novia lavando su cara junto al pequeño lago. La luz anaranjada, como la del fuego de la última vez que la vio la hacían parecer aún más hermosa. Se levantó de un salto y fue corriendo hacia ella. Hagné se levantó sonriéndole y ambos se abrazaron. Amîr s separó unos instantes de ella y sujetándole la cara con ambas manos se deleitó en observarla.

-          ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado? – preguntó él sorprendido

-          Me escapé, no podía casarme con él. Tenías razón – respondió Hagné con su dulce voz

-          Pero yo pensé que… - comenzó Amîr incrédulo, se mordió el labio inferior, se sentía enormemente feliz y sólo deseaba besarla. Alzó la barbilla de Hagné con suavidad y se aproximó lentamente a ella hasta que sus labios se rozaron con ternura.