jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimoséptimo


Amîr saltó hacia adelante intentando agarrarla mientras un gritaba: no. Sintió un impacto contra el pecho y abrió los ojos. No reconocía dónde estaba, se levantó con toda la rapidez que su torpeza le permitió se sentía débil y vulnerable miró a su alrededor buscando a Hagné o a Salama, o a los soldados muertos.

-          ¡Está de pie! – gritó alguien a su espalda – ¡Ha despertado!

Se giró y vio a alguien corriendo hacia él, instintivamente se puso a la defensiva, buscó la espada que había robado de la herrería del padre de Áureo, pero no pudo encontrarla. A medida que la figura se acercaba pudo reconocer a Euva.

-          ¿Estás… estás bien? – dijo cuando por fin llegó hasta él reprimiendo un abrazo.

-          ¿Dónde está ella? – preguntó Amîr desconcertado

-          Vendrá ahora, tranquilo. ¿Cómo te sientes?

-          Quiero verla

-          Allí viene – indicó Euva señalando a la mujer que caminaba presta hacia ellos.

Amîr la observó, era Ilora, pero él buscaba a otra.

-          ¿Dónde está Hagné? – preguntó cuando Ilora llegó hasta donde estaban.

-          No lo sé – respondió ella manteniéndole la mirada

Amîr se acercó a ella con rapidez y la agarró del brazo con brusquedad hablando entre dientes:

-          Dime dónde está

La mujer se liberó de la presa con cierta facilidad y le dedicó una mirada sincera y profunda. Amîr se fijó por primera vez en la fragilidad enmascarada que escondían los ojos de Ilora.

-          Amîr, ella no está aquí – contestó Ilora con voz tranquilizadora

-          Pero, la he visto…

-          Tranquilízate, has estado delirando. Deberías acostarte.

-          No quiero acostarme – protestó él – Quiero encontrarla ¿Dónde estamos?

-          Por favor, Amîr – insistió Euva – hazla caso.

Amîr miró los ojos suplicantes del muchacho y con un suspiro se dejó caer sobre la improvisada camilla.

-          Te prepararemos algo enseguida – prometió Euva – te sentará bien.

Sentado contra su voluntad, observó como Ilora y Euva se alejaban. Pensó en marcharse de allí, pero sabía que no era buena idea, estaba agotado, sentía la boca seca y estaba dolorido. Recordó de pronto la herida del hombro y movió el brazo, lo sentía anquilosado y pesado, sin fuerza. Se palpó con la mano derecha, la herida estaba cubierta con una especie de cataplasma, no podía verlo pero parecía que había una gran zona afectada. Se estremeció. Estaba sumido en sus pensamientos cuando una voz le trajo de vuelta.

-          Pensamos que habría que cortártelo

Amîr levantó la cabeza sobresaltado y descubrió a Trifón.

-          Parece una herida fea – contestó éste palpándose el vendaje.

-          Lo es. Pero las he visto peores – confesó el viejo acercándose a él con un saco bastante grande entre las manos – Me alegra que hayas vuelto de entre los muertos, chico. Me fastidiaría haber trabajado para nada. – dijo tendiéndole el paquete.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimosexto


Amîr no podía creer lo que oía. La mujer por la que había abandonado todo y por la que se enfrentaba a la muerte prefería dejarle atrás, abandonarle a su suerte y convertirle en pasto para los lobos. Inconscientemente tensó los músculos de su cuerpo y contrajo las mandíbulas estaba tan furioso y tan triste a la vez que necesitaba desahogarse con algo.

Abrió los ojos con pesadez y comenzó a moverse con dificultad, el dolor era insoportable pero se incorporó para encararse a su amada. Tenía la vista borrosa, pero pudo distinguir su silueta mirándole y acercándose a él con rapidez.

-          Hagné… - dijo él con voz ronca y seca – yo te quiero, ¿Cómo…?

-          ¡Túmbate! – ordenó ella empujándole con suavidad

-          Yo habría muerto por ti… - continuó Amîr

-          Y lo harás si no vuelves a tumbarte – sentenció ella

Él permaneció unos instantes en la misma posición con la mirada perdida en el suelo e intentó ponerse de pié. Hagné se precipitó contra él y lo empujó con brusquedad sobre las tablas obligándolo a tumbarse.

-          ¡Estúpido lobo obstinado! – gritó - ¡Estate quieto o te mataré yo misma!

Amîr obedeció. Se sentía confuso en ese grito percibió a Ilora, pero la observaba y veía a Hagné. Trató de acomodarse sobre las tablas y volvió a adormecerse aunque podía oír al resto del grupo cuchichear acerca de su destino.

-          Está mejorando – dijo Tâleb – no podemos abandonarlo.

-          No seas estúpido, Tâleb – reprendió Ilora – nos descubrirán si seguimos arrastrándolo.

-          Es todo por mi culpa – lloriqueó el más larguirucho mirando de reojo a Amîr.

-          No es tu culpa, Euva. Hiciste lo que tenías que hacer

-          ¡No es verdad! – protestó él - ¡Tú no estabas allí! Si no fuera por él…

-          Ilora – comenzó Zoilo – si lo abandonas aquí no seremos mejores que los soldados del rey.

La conversación prosiguió, pero el agotamiento había vencido a Amîr Haim quien descansaba sobre la camilla de tablas que sus compañeros habían improvisado para arrastrarle. Las fiebres le hacían tener pesadillas terribles en las que los dos primeros soldados a los que mató se burlaban de él junto a la ninfa Salama. Las tres perturbadoras figuras se divertían torturándole con horribles visiones de su pasado, de su madre y sus hermanos siendo víctimas de la crueldad de Evander y del fuego de la aldea donde había visto por última vez a Hagné. En sus sueños Salama arrojaba a la pequeña muchacha a la hoguera y esta se convertía en pasto de las llamas entre terribles gritos de auxilio. Lo llamaba a él, pero él no podía hacer nada para salvarla.

Las pesadillas, acompañadas de sudores y delirios se prolongaron durante días. Una parte de él estaba convencido de que lo habían abandonado y estaba muriendo perdido en algún rincón del bosque, pero las visiones volvían a atraparle con rapidez. El día que despertó estaba con Hagné paseando por los acantilados rocosos que había conocido en su infancia, ella jugaba divertida entre las piedras cuando de entre las sombras apareció Salama y susurró algo al oído de la joven. La expresión de Hagné cambió de repente se giró hacia él y le miró fijamente, Amîr percibió el cambio e intentó correr hacia ella, pero ella dirigió la vista al mar y se arrojó al vacío estrellándose contra las rocas. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimoquinto


Oyó los cascos de los caballos y un sonido de arrastre tremendamente molesto. Aún sentía un fuerte dolor en varias partes de su cuerpo y se sentía aletargado. Iba a abrir los ojos cuando oyó dos voces que le resultaban familiares y decidió escuchar lo que decían.

-          No está listo para viajar, si seguimos así morirá. Está perdiendo mucha sangre – decía una grave voz masculina.

-          No podemos arriesgarnos a permanecer aquí por más tiempo. Y su herida está taponada. Hoy eran 4 soldados, mañana podrían ser más y no estáis listos – respondió una voz de mujer.

-          Sí estamos listos, hija – discrepaba el hombre

-          Sin sentimentalismos, viejo – sentenció ella – No estáis listos. Ya viste lo que pasó con Euva y con el lobo.
-          Pero… - refunfuñó él.

-          Creo que está despierto – interrumpió Ilora.

Amîr se resistió a abrir los ojos, pero sintió como los caballos se detenían suavemente y unas manos frías y pequeñas tocaban la zona dolorida. Parpadeó con fuerza y vio las siluetas de Trifón e Ilora junto a él. Intentó levantarse pero los músculos se resistían a obedecerle. La mano de Ilora le sujetó con firmeza contra la superficie.

-          Ni lo intentes hombre lobo – ella desenvolvió ligeramente el vendaje y añadió – esto te va a doler

Un sonido gutural más parecido a un aullido animal que a un grito humano salió de la garganta de Amîr que volvió a desplomarse sin sentido sobre las tablas.

Horas después volvió a despertar, estaban detenidos y sentía un frío atroz, mucha sed y una sensación de confusión embotaba su cerebro. Vio una silueta femenina acercarse a él y sonrió, era Hagné, por fin había llegado hasta ella. No estaba seguro de cómo, pero sin duda era ella.

Cuando llegó hasta él y se arrodilló a su lado vio su rostro y quiso acariciarla pero no tenía fuerzas suficientes para hacerlo. Se limito a sonreírla mientras ella curaba sus heridas.

-          Te encontré, mi amor – susurró él

Ella se detuvo y le miró con frialdad. Amîr nunca había visto una mirada tan gélida en los ojos de Hagné y temió que algo más hubiera cambiado en ella.

-          Hagné…

Pero Hagné siguió concentrada en limpiar y cubrir la herida con indiferencia y una vez hubo terminado se alejó sin más. Amîr no podía creerlo ¿Tan rápido se había olvidado de él? ¿Había sido todo un juego para ella?. La observó mientras se alejaba con un sentimiento amargo. Sumido en sus pensamientos, se fue adormeciendo ligeramente. Estaba muy cansado y se sentía débil.

Había perdido completamente la noción del tiempo, pasaba más tiempo dormido que despierto. Intentaba mantenerse despierto para verla a ella, pero Hagné permanecía distante. Entonces se dormía y soñaba con ella, pero los sueños se tornaban siempre pesadillas y despertaba empapado en sudor frío.

Así pasó dos días, en algún momento entre sueño y sueño volvió a sentir que se movían. Escuchaba las voces a su alrededor, pero no tenía fuerzas ni ganas para prestarlas atención. Cuando volvieron a detenerse reconoció una voz de mujer, la voz de Hagné susurrar.

-          Deberíamos abandonarlo, es un lastre para nosotros.

Le costó comprender el duro significado de las palabras de Hagné pero hizo un esfuerzo por seguir escuchando.

-          No podemos abandonarlo. Has visto cómo lucha, lo necesitamos – respondió la voz de Tâleb

-          No nos sirve para nada en estas condiciones – contestó ella tajante

-          Morirá. Si le abandonamos a su suerte morirá, y lo sabes – replicó Tâleb.

-          Mírale – indicó ella – morirá de todos modos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimocuarto

El soldado enfureció y cargó contra Tâleb, quien esquivó ágilmente la embestida del soldado a la vez que le hería en un costado. Era uno de los movimientos que Ilora les había enseñado aquella misma mañana y Amîr observó cómo su compañero la ponía en práctica, mientras se disponía para defenderse de otro soldado.

Trifón, con un brillo siniestro en la mirada atacó con furia a uno de los hombres al que la bravura y ferocidad del anciano le pillaron por sorpresa. Ambos cayeron al suelo con un ruido estrepitoso provocado por las armaduras. El soldado se levantó con agilidad preparándose para atacar a Trifón mientras este aún estaba en el suelo. Este al descubrirse vulnerable frente al soldado paró el golpe de la espada con un rápido esquive y le propinó un violento y fuerte golpe en la rodilla derecha que fue seguida de un alarido de dolor y de la caída del hombre al suelo. Mientras tanto Zoilo el loco parecía poseído, parecía disfrutar hiriendo de levedad a su oponente en numerosas ocasiones, se reía nerviosamente cada vez que conseguía cortar la piel del soldado que parecía terriblemente asustado por la actitud de Zoilo. No había rastro de su habitual mirada triste, estaba exultante. En un momento de distracción el soldado intentó huir y Zoilo lo persiguió hasta darle alcance unos metros más allá. Esta vez la lucha fue sin espada, el soldado ensangrentado gritaba en el suelo, intentando en vano cubrirse de los tremendos puñetazos que le propinaba Zoilo.

Por su parte, Amîr entabló combate singular con el más alto de los soldados, la pelea comenzó como una especie de danza, un ritual, ambos hombres caminaban en círculos con las rodillas flexionadas y las espadas dispuestas para el ataque.

-          Eres un sucio salvaje ¡Ríndete! – se aventuró a decir el soldado

-          Tú eres el esclavo de un rey – contestó Amîr con soberbia – tú ya te has rendido

El hombre abrió los ojos y tensó las mandíbulas sintiéndose terriblemente ofendido por el comentario de Amîr y corrió hacia él con la espada levantada sujeta con ambas manos. Amîr paró el golpe con una finta y lo apartó de un empujón. El soldado volvió a atacarle lanzando un ataque de fondo que Amîr sorteó con un salto hacia atrás. Amîr estaba a punto de intentar una estocada cuando oyó un grito asustado de una voz familiar. Giró la cabeza a tiempo para ver cómo uno de los soldados tenía a Euva acorralado y estaba a punto de clavarle la espada. Amîr corrió hacia él lo más rápido que pudo seguido de su rival y se abalanzó sobre el hombre que amenazaba la vida de Euva. Cayó sobre él con todo el peso de su cuerpo dejándolo inconsciente, Euva se levantó y salió corriendo y llorando como un chiquillo asustado.

Amîr se levantó entonces justo para sentir como el frío acero de su primer rival se incrustaba en la parte trasera de su hombro haciendo brotar la cálida sangre. Un latigazo de dolor recorrió la espalda de Amîr. Se echó hacia adelante para liberarse de la espada y rodó en el suelo, el dolor era tan intenso que apenas podía mover el brazo izquierdo. Se quedó entonces unos instantes tumbado en el suelo, se sentía mareado y débil, el soldado, con una expresión triunfal se acercó a él con desprecio.

-          Te dije que te rindieras, salvaje.

-          Antes muerto – escupió Amîr tratando de reunir fuerzas para un último ataque.

-          Como quieras – dijo el soldado sonriendo.

Levantó la espada con ambas manos sobre la cabeza y le dedicó una última mirada a Amîr Haim.

-          ¿Unas últimas palabras antes de morir, escoria? – preguntó

-          Sí – susurró Amîr aún tendido en el suelo y buscando a tientas su espada

-          Adelante – invitó el verdugo inclinándose sobre

Amîr había encontrado por fin su espada, se incorporó con sorprendente rapidez y atravesó el cuerpo del soldado por el estómago mientras este le dedicaba una incomprensible mirada mientras la sangre se agolpaba en su garganta. El soldado muerto cayó sobre Amîr. Este no tenía fuerzas suficientes para apartarlo aunque sentía la empuñadura de su propia espada clavada en las costillas, escuchaba a sus compañeros pelear como si estuvieran demasiado lejos, entonces todo empezó a hacerse borroso y perdió el conocimiento.



Capítulo Vigesimotercero


Amîr se dispuso a recoger la armadura y la cota que había arrojado al suelo durante el combate con Ilora, pero para su sorpresa, ya no estaban allí. Pensó que tal vez se tratase de alguna broma de iniciación y decidió ignorarlo. Caminó hacia el río para refrescarse seguido de Zoilo que parloteaba sobre movimientos de espada a su alrededor.

Cuando regresaron al campamento, el olor procedente de la cazuela indicaba que todo estaba listo. Amîr  observó entonces que Euva cogía un cuenco repleto de comida y lo llevaba a la tienda de Ilora.

-          ¿La soldado no come con vosotros? – se aventuró a preguntar

-          No puede – respondió Zoilo

-          ¿No puede? – insistió él

-          No, Amîr. Es una mujer. Las mujeres sólo se usan para una cosa en los campamentos de soldados… - hizo una pausa – es mejor que no la vean.

Un escalofrío recorrió la espalda de Amîr que pensó de repente en su dulce Hagné. Con la emoción de la lucha apenas había recordado por qué estaba allí. La ausencia de Hagné le golpeó entonces como un mazo y una expresión de profundo pesar se dibujó en su rostro.

-          ¿Estás bien, amigo? – preguntó Zoilo con preocupación.

-          Sí – contestó Amîr recomponiéndose – bien.

Caminaron en silencio hasta el fuego central del campamento donde una cazuela enorme burbujeaba con algo parecido a un guiso que emanaba un olor delicioso.

La comida transcurrió en silencio, todos miraban sus cuencos y comían con rapidez. Incluso el propio Amîr se sorprendió de su apetito cuando empezó a comer.

Después de la comida, Trifón sacó unos recipientes del brebaje de la noche anterior y tras unos tragos todos se fueron animando. Euva comenzó a relatar historias de cantina sobre monstruos y gigantes y sobre las desgracias de la familia real, mientras los demás se emborrachaban y reían.

A media tarde un grupo de cuatro soldados en montura se acercaron al campamento atraídos sin duda por el alboroto del campamento.

-          Buenas tardes, soldados – saludó el que encabezaba el grupo.

Amîr y los demás se tensaron. Trifón se levantó y caminó hacia ellos con una tranquilidad forzada y entabló conversación.

-          ¿Quién va? – preguntó este

-          La patrulla de la tarde – contestó el primero desmontando - no nos hemos cruzado con vuestros compañeros en el día de hoy.

El resto de soldados desmontó y el grupo junto a la hoguera se preparó sutilmente para el enfrentamiento. Amîr examinó al grupo valorando sus posibilidades. Si había que luchar sería una justa pelea cuatro contra cuatro sin contar a la mujer soldado, pero los soldados parecían fuertes y preparados.

-          Han ido a Maoraz – mintió Trifón

-          ¿Y por qué vosotros no estáis patrullando? – insistió el soldado desconfiado avanzando lentamente hacia ellos.

-          Verás, amigo. – comenzó Trifón – Voy a ser sincero contigo. Al no tener supervisión, hemos descuidado un poco nuestras labores. ¿Por qué no os unís a nosotros y descansáis un rato?

El soldado le miró receloso. Hizo un gesto a sus compañeros y dedicó una sonrisa a Trifón.

-          La verdad, compañero. Es que nos vendría bien un poco de distracción.

Trifón soltó una sonora carcajada y pasó un brazo alrededor de los hombros del soldado

-          Claro que sí. Un poco de diversión no hace daño a nadie. ¿Cuál es vuestra ruta?

-          Desde la aldea de Calerros hasta la fortaleza de Lecupa.

-          Os habéis alejado un poco de vuestra ruta… - dijo Trifón dándole un golpecito amistoso.

-          Sí, nos han encargado vigilar el camino a Maoraz. Ya sabes, la senda de las mujeres.

La sonrisa de Trifón se tensó y apretó los puños hasta hacerse daño.

-          Ya… - añadió forzando la naturalidad – está todo muy revuelto…

Trifón caminó hacia la hoguera cogiendo al soldado por los hombros seguido por otros dos soldados mientras el tercero ataba los caballos a un árbol.

Cuando estuvieron lo bastante cerca de la hoguera, el soldado se apartó de Trifón y le miró desconcertado

-          ¿Qué significa esto, soldado? – preguntó señalando a Amîr que vestía el pellejo de lobo y unos calzones ante la súbita desaparición de su disfraz- ¿Os relacionáis con salvajes?

El soldado desenvainó la espada apuntando con el filo de uno a otro tembloroso. Amîr estaba a punto de abalanzarse sobre él cuando Tâleb comenzó a hablar mientras se ponía de pié lentamente. Y los otros soldados imitaban al primero formando un semicírculo a su alrededor.

-          Vamos, amigo. Relájate. Este hombre no es un enemigo.

Los ojos del soldado saltaban de la punta de la espada al rostro de Tâleb, a Amîr y a Trifón.

-          ¡Prendedlos! – ordenó el soldado – Son… son traidores

-          Has hecho una mala elección, amigo – afirmó Tâleb mientras desenvainaba 

Capítulo Vigesimosegundo


Ilora intentó torpemente librarse de Amîr, pero este era mucho más grande y fuerte que la mujer. Satisfecho con su propia victoria la liberó y se puso de pié ofreciéndola la mano para levantarse. Ella le dedicó una mirada de profundo odio y se incorporó con rapidez.

Los compañeros observaban incrédulos la situación que se presentaba ante sus ojos, por su expresión Amîr dedujo que la mujer soldado nunca había perdido un combate ante ellos.

-          Bien jugado, hombre lobo – dijo Ilora imprimiendo desprecio en cada palabra.

-          ¿Todavía no me he ganado mi nombre, soldado? – respondió él burlón.

-          Has luchado con obstinación, y has aprovechado tu ventaja para vencerme. Te desenvuelves bien, eres bastante ágil teniendo en cuenta tu tamaño y tu ataque es sólido. Sin embargo, tu defensa es mejorable y eres considerado con el contrincante. En una lucha real, habrías caído en el primer asalto.

Amîr observó atentamente a la mujer, hablaba con crudeza y frialdad, como si realmente fuera un soldado curtido en el campo de batalla. Resultaba intrigante cómo una mujer podía ser tan diestra en la lucha con espada.

-          Acércate, hombre lobo – ordenó ella

Amîr se aproximó a ella titubeante, aún cansado por el esfuerzo.

-          ¡Defiéndete! – exclamó mientras lanzaba un nuevo ataque contra él.

Amîr paró el golpe y ella mantuvo la posición sin hacer fuerza.

-          ¿Veis? – preguntó dirigiéndose al atento y silencioso grupo – El lobo levanta demasiado los brazos y tiende a levantar los dos brazos dejando los flancos al descubierto. Si hacéis esto sois presa fácil.

Ilora retiró la espada y le dedicó un nuevo ataque desde otro ángulo. Uno a uno fue poniendo de manifiesto todos los puntos débiles de la defensa de Amîr, quien se sintió profundamente humillado. Sin embargo, luego le tocó a él repetir los ataques y ella fue instruyéndoles sobre cómo presentar una defensa más sólida.

Al final de la mañana, Amîr estaba completamente fascinado con los conocimientos de la mujer soldado y se descubrió a sí mismo atento a los movimientos de sus compañeros, estudiando los puntos fuertes y débiles de cada uno y estudiándola a ella y su forma de luchar.

Trifón, pese a su aspecto resultó ser un gran espadachín. Su fuerte era sin duda el ataque contundente y perdía la paciencia y los nervios con facilidad. Amîr recordó las palabras de Trifón de la noche anterior y se preguntó si realmente fue soldado. Sus movimientos eran metódicos, como siguiendo una pauta. Tâleb era rápido, pero su manejo de la espada no era tan avanzado. Zoilo se zafaba con cabriolas, pero evitaba el ataque en la medida de lo posible mientras que Euva parecía estar agarrando un hierro al rojo en lugar de una espada. Amîr observó que Ilora era mucho más paciente y cálida con Euva que con el resto. Era obvio que Euva odiaba la lucha pero Ilora se empeñaba en convertirlo en un soldado.

Cuando Ilora consideró que la “fiesta” había concluido, hizo señas a Euva para que comenzase a preparar la comida. El muchacho pareció tremendamente aliviado de concluir con las lecciones y el resto comenzó a comentar todo lo sucedido. Ilora les recordó en tono de reprimenda que eran soldados del rey y que se comportaran como tal. Dicho esto dio media vuelta y se metió en su tienda mientras Amîr la miraba como hipnotizado. Fue Zoilo quien le sacó de sus pensamientos.

-          ¡Has vencido a Ilora, lobo! – exclamó Zoilo exultante

-          Sí, supongo que sí – respondió él con falsa modestia

-          Ninguno de nosotros lo había conseguido, aunque Trifón le andó cerca – comentó el loco con entusiasmo

-          Bien luchado, Amîr – felicitó Tâleb - ¿Dónde aprendiste a luchar así?

-          No lo sé – admitió Amîr – fijándome en el resto, supongo.

Tâleb se encogió de hombros y se aproximó a Euva para ayudarle con la comida. De momento no quería que tuvieran demasiados detalles de su vida. Con la luz del día todos, excepto Trifón parecían más amables, pero eran desconocidos para él, y aún no se fiaba.

martes, 10 de julio de 2012

Capítulo Vigesimoprimero


Un grito de mujer y mucho ruido le despertaron, cogió su espada y salió de la tienda temiendo lo peor. Trifón estaba luchando contra Ilora y los otros tres hombres observaban el combate atentamente. Amîr no lo podía creer, se dirigió rápidamente hasta ellos con la intención de mediar entre ellos y detener el duelo. Antes de que llegara Ilora alzó la vista y retiró la espada.

-          Buenos días, hombre lobo – saludó ella - ¿Has dormido bien?

Amîr cruzó la mirada con Zoilo, este sonrió con pesadez. Ésta era la fiesta de Ilora, clases de espada al amanecer. Amîr asintió lentamente y ella habló de nuevo.

-          Vuelve a tu tienda y vístete – ordenó ella

Amîr bajó la vista y descubrió su propia desnudez. Había salido de la tienda tan deprisa que había olvidado por completo la ropa. Ella le sonrió con picardía y él lejos de ruborizarse o hacer un amago para cubrirse, se giró y caminó de mala gana hasta la tienda.

Una vez allí observó los ropajes sustraídos al muerto. Con la luz del día estaba seguro de que no iba a caber en ellos. Consiguió meterse a duras penas en la cota de tela con escamas metálicas, pero por más que forcejeó con la armadura, no lograba abrochar la coraza. Ató las tiras como buenamente pudo y salió de la tienda. Ilora le hizo un gesto para que fuera hasta ella. Amîr obedeció y cuando estuvieron frente a frente, ella alzó la espada.

-          Es tu turno, hombre lobo

-          Mi nombre es Amîr, mujer soldado

-          Si tu nombre es ese, tendrás que ganártelo – dijo Ilora haciendo un movimiento de ataque.

Amîr detuvo el ataque con unos reflejos que incluso a él le sorprendieron. Ilora intentó golpearle con gran número de florituras, pero la defensa de Amîr era férrea. Intentó batirle con una balestra, pero Amîr lo contrarrestó con un cruzado. Ilora se retiró dando un paso hacia atrás dejando espacio a Amîr para el ataque. Este no se hizo esperar, alzó su espada dando un latigazo destinado brazo de Ilora, pero ella logró esquivarlo y apartó a Amîr presionando su hoja contra la de él.

El combate se alargó con innumerables ataques y esquives, pero ninguno de los dos lograba batir a su adversario. Amîr sintió como la tela de la cota se desgarraba para ceder a los bruscos movimientos a los que él las sometía, las corduras de la coraza se desataron y Amîr se la arrancó de un manotazo y la arrojó al suelo con rabia sin apartar la mirada de Ilora. Tres de los hombres observaban el duelo ensimismados, mientras que el cuarto, Trifón refunfuñaba por lo bajo. Tras lo que parecía una eternidad, ambos empezaban a respirar con dificultad, a acusar el cansancio, pero ninguno estaba dispuesto a rendirse o deponer las armas.

Finalmente, con un grácil movimiento Ilora desarmó a Amîr haciendo que la espada cayera al suelo. Ella le miró con satisfacción aproximando su espada al pecho de Amîr con aire victorioso.
Sin embargo, Amîr no estaba dispuesto a dejarse abatir por aquella mujer y su prepotencia, apartó la espada con el brazo cortándose al hacerlo y se abalanzó sobre ella cogiéndola totalmente por sorpresa. Inmovilizó su brazo derecho con una sola mano y el peso de su propio cuerpo y con la otra la agarró del cuello.

-          Ríndete soldado – ordenó Amîr entre dientes

-          Antes muerta – contestó ella.

Capítulo Vigésimo


Zoilo pareció despertar de un trance, soltó a Amîr rápidamente liberándole del puñal y alejándose unos pasos de él. Respiraba entrecortadamente, se dejó caer al suelo de rodillas y con el puñal aún apretado en su mano, comenzó a llorar.

Amîr aún tendido en el suelo, le observó unos momentos. Se incorporó, se recolocó el pellejo y se acercó a la hoguera de nuevo. Sirvió dos jarras del asqueroso licor y se puso de pié junto a Zoilo, que seguía llorando y maldiciendo por lo bajo.

-          Yo también perdí a mis seres queridos por culpa de Evander. – dijo Amîr tendiéndole una jarra a Zoilo – Y de Reuven.

Zoilo levantó la cabeza y cogió la jarra. Se bebió la mitad de un solo trago.

-          ¿Cuál es tu historia, Amîr el lobo?

-          ¿Amîr el lobo?

-          Tú puedes llamarme Zoilo el loco – sonrió

Amîr le devolvió la sonrisa y se sentó junto a él. Empezó a contarle su historia, cómo Evander atacó su pueblo, la trágica muerte de sus padres a manos del tirano y el rapto de Hagné. Omitió la parte en la que Hagné era la prometida de Áureo, pensó que tal vez, Zoilo el loco se sentiría furioso de que él desease a la mujer de otro, como su propio hermano había deseado a la que una vez fue su mujer.

Ambos hombres bebieron y charlaron hasta casi el amanecer. Fue Zoilo quien se puso en pie y tendiéndole una mano a Amîr dijo:

-          Un día tienes que contarme lo de esa piel, pero ahora debemos descansar un rato. Al alba empezará la fiesta de Ilora

Amîr agarró la mano de Zoilo y se puso en pie sin entender. Quería preguntarle por la fiesta de Ilora, no conseguía adivinar de qué tipo de fiesta se trataría, pero Zoilo ya caminaba hasta la tienda de Tâleb.

-          Puedes usar aquella tienda – dijo Zoilo señalando a la tienda junto a la de los soldados muertos – es la única vacía.

Se acercó a la tienda con desgana, desde allí se podía oler la peste que desprendían los cadáveres descomponiéndose. Entendió en el acto por qué era la única vacía. Miró a las cuatro tiendas del otro lado de la hoguera. Oía los ronquidos de algunos de los hombres, y el olor repugnante le impedía relajarse. Recordó entonces sus cosas, las había dejado escondidas tras el arbusto.

Dudó si dormir en la tienda o vestirse y dormir al raso con la piel del lobo, pero recordó que estaban haciéndose pasar por soldados. Cogió su petate y se dirigió a la tienda pestilente.

Recordó entonces la colección de hierbas de Hagné. Rebuscó entre las cosas y sacó un atadillo de menta “Para que tus sueños siempre huelan bien” había dicho ella al regalárselo. Sonrió al pensar en la muchacha. Cada día que pasaba está más cerca de encontrarla, estaba seguro.

Se acomodó en una especie de camastro a ras de suelo con la menta bajo la nariz, la espada junto a él y el pellejo cubriendo su cuerpo. Aún no había amanecido, pero empezaba a sentir la claridad del nuevo día en sus párpados. Se relajó, había sido un día intenso y estaba exhausto. Cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño.

lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo Decimonoveno


Trifón clavó sus ojos en Amîr y preguntó

-          ¿Contento? – no esperó una respuesta, dio media vuelta y se alejó tambaleándose, ebrio.

Amîr contempló la escena, no esperaba las palabras de Trifón. Los tres hombres que quedaban junto a él en la hoguera parecían hundidos, sus miradas estaban perdidas y sus mentes vagaban sin duda alguna por recuerdos dolorosos.

-          Hay cosas de las que es mejor no hablar, chico – añadió Trifón desde la entrada de una de las tiendas de campaña. Dicho esto entró en ella dejando tras de sí un silencio incómodo y una tensión que podría ser cortada a espada.

Amîr evaluó lo que acababa de oír, las historias de los demás le recordaban a la suya propia, que hasta ese momento había considerado única y desgarradora. Le hubiera gustado compartir su historia con el resto, pero pensaba que en aquella situación, hablar de ello no haría más que provocar mayores sufrimientos.
Miraba hacia la tienda en la que había entrado Trifón, se preguntaba qué habría querido decir con aquello de que en otra vida fue soldado. Era sin duda un hombrecillo peculiar, su aspecto no hacía pensar en él como en un soldado, pero era de espada fácil, lo había comprobado minutos antes, si no hubiera sido por la intervención de la mujer guerrero, habría probado el acero de aquel hombre rechoncho en sus propias carnes.

El siguiente en marcharse fue Tâleb. Se puso en pie sin mirar a nadie, vació el contenido de su botella en la hoguera, que chisporroteo furiosa y se encaminó lentamente a otra tienda, junto a la de Trifón. Le siguió Euva, con los ojos llorosos se despidió con un tímido “A más ver” y se alejó de la hoguera murmurando.
Amîr observó a Zoilo que fulminaba el fuego con la mirada. Parecía sumido en profundo pensamiento. Decidió romper el hielo

-          ¿Te encuentras bien? – preguntó en un intento de entablar conversación. Era obvio que no estaba bien. Pero permaneció impasible, como si estuviera tan lejos de allí que ni siquiera pudiera oírle.

Amîr se levantó y se acercó a él, repitió la pregunta mientras le tocaba el hombro.

-          Oye, ¿Te encuentras bien? – insistió zarandeándole lentamente.

Zoilo se liberó de la mano de Amîr rápidamente, sacó un puñal y se abalanzó contra Amîr golpeándolo contra el suelo y colocando el filo del arma en su cuello

-          ¿Quién eres tú? – siseó Zoilo

Amîr escrutó su mirada, la locura se asomaba a los ojos de Zoilo, estaban llenos de rencor y odio.

-          Soy Amîr Haim – respondió con un hilo de voz

Zoilo apretó el puñal cortando levemente la piel del cuello de Amîr

-          No, no te conozco – susurró Zoilo furioso

Amîr podría librarse del ataque de Zoilo con relativa facilidad, pero por alguna razón aquel hombre le daba pena.

-          Soy Amîr Haim – repitió – el… el hombre lobo

Capítulo Decimoctavo


Los cuatro hombres le dedicaron esta vez una rápida mirada, y siguieron con sus bromas como si nada. Tâleb se quedó observándole atentamente, sentía curiosidad por aquel hombre. En un silencio, Tâleb miró a sus compañeros y tendiéndole a Amîr una taza de licor dijo:

-          ¿Qué es lo que te ha traído aquí, Amîr Haim?

-          Ya os lo dije – terció él apartando la taza– el príncipe Reuven se llevó algo que me pertenece.

-          Mi nombre es Tâleb, Tâleb Faruq – se presentó el hombre sentado a su derecha – vine para vengar a mi hermano.

-          ¿Qué le pasó a tu hermano? – quiso saber Amîr

-          El príncipe Kristjan mató a su hijo cuando estaba de caza, su mujer enloqueció e intentó atacar al príncipe, pero sus soldados la redujeron y la asesinaron delante de mi hermano. El pobre enloqueció… se quitó la vida una semana después.

El reflejo de una lágrima se asomó a los ojos de Tâleb, quien dio un largo trago al licor que sostenía en las manos y se lo ofreció a Amîr de nuevo. Éste no sabía qué responder ante la historia de Tâleb, aceptó la bebida y dio un pequeño sorbo. Sabía a rayos destilados, pero les hacía sentir bien.

-          Todos tenemos historias tristes por aquí, chico.- atajó Trifón arrebatándole el licor al nuevo - Por eso los ratos libres los dedicamos a beber

-          ¿Cuál es tu historia? – preguntó Amîr con curiosidad

Los ojos de Trifón se posaron en él amenazantes.

-          Vaya, vaya – respondió Trifón limpiándose la barba – de modo que el hombre lobo, quiere saber ¿eh? – preguntó maliciosamente enfatizando las palabras despectivas de Ilora.

Amîr acarició el pellejo que le cubría y asintió lentamente con la cabeza mientras palpaba el suelo en busca de su espada.

-          Bien – aceptó Trifón nervioso, y comenzó a hablar con rapidez señalando a unos y a otros y gesticulando con las manos – Ese es Zoilo, Zoilo vivía muy feliz en una casita preciosa en un pueblecito encantador, hasta que llegó Evander, su hermano sucumbió a las promesas del rey y se hizo soldado, como regalo, Evander dejó al hermano de Zoilo escoger mujer, y escogió la de Zoilo, de modo que Zoilo culpa a Evander de transformar a su hermano y de perder a su mujer y blablabla – hizo una pausa para beber mientras Zoilo miraba fijamente las llamas, como hipnotizado.

-          Ese de ahí es Euva, Euva no quería ser soldado, de modo que le ofreció a Reuven sus tierras a cambio de su libertad, Reuven aceptó, de modo que Euva se fió de la palabra del príncipe, pero cuando regresó a sus tierras para firmar el pacto, Reuven las había quemado, incluido el ganado, de modo que Euva no tenía nada que ofrecer. Reuven le quiso hacer su esclavo, pero en un despiste de los soldados se escapó y estuvo deambulando hasta que encontró a Ilora. – se detuvo de nuevo y dio un largo y sonoro trago.

Trifón se levantó y los miró a todos mientras negaba con la cabeza y agitaba su botella esparciendo gotas del brebaje a diestro y siniestro.

-          Y yo… - comenzó de nuevo Trifón – yo fui un soldado en otra vida

Capítulo Decimoséptimo


Empezó a rebuscar entre los cuerpos nauseabundos de los muertos buscando alguno lo suficientemente grande como para cubrir su propio cuerpo. Apartó los que estaban encima y empezó a apilarlos al otro lado de la tienda. Aproximadamente a la mitad del montón,  después de haber movido al menos ocho cuerpos encontró uno que parecía más grande que el resto.

Empezó a desvestirle con el estómago revuelto, tenía un profundo corte en el cuello y las ropas estaban rígidas a causa de la sangre seca. Resultaba tremendamente complicado desnudar un cadáver, las arcadas se agolpaban en el fondo de su garganta, el cuerpo se zarandeaba de un lado a otro con cada intento de arrebatarle la ropa y la herida del cuello se abría y se cerraba con el traqueteo. Amîr intentó aguantar la respiración y no mirar a la cara de aquel soldado muerto que aún tenía los ojos abiertos, mientras luchaba con la armadura, pero una náusea fue más fuerte que él y esparció sus jugos gástricos por doquier. Se estaba limpiando la cara, preparándose para vomitar otra vez, cuando oyó las carcajadas de los “soldados” fuera. Se reían de él.

El orgullo se apoderó de su ser y con rapidez y a tirones logró desvestir al fiambre sin armar mayor alboroto. Escudriñó la prenda adquirida y tuvo sus dudas de que aquellas ropas y armadura le valieran. Pero haciendo acopio de fuerzas salió de la tienda con su trofeo sobre el brazo y se acercó con paso decidido a la hoguera.
El grupo de hombres permaneció en silencio cuando Amîr llegó hasta ellos. Ninguno de ellos se dignó a mirarle. Y Amîr decidió presentarse:

-          Mi nombre es Amîr Haim y vengo de los pueblos de la montaña. – ninguno de los soldados pareció inmutarse ante las palabras de Amîr, era como si hablase a la nada.

Amîr contempló a los hombres que miraban el suelo en un esfuerzo por ignorarle. Dio media vuelta y caminó hacia el arroyo. Su cabeza se debatía entre huir de aquella locura o quedarse para descubrir qué unía a aquellos hombres, que parecían defender a un rey que odiaban.

Se arrodilló frente al agua y se lavó la cara. Arrojó las ropas ensangrentadas al cauce del arroyo y se dispuso a lavarlas. Cuando la sangre se hubo desprendido del tejido recogió las ropas y permaneció sentado junto al agua reviviendo los detalles de la noche. La boca aún le sabía mal, y desprendiéndose de su propia ropa se metió en el agua, la sensación era tonificante y refrescante y por unos instantes logró relajarse.

Cuando se disponía a salir del agua escuchó un chapoteo detrás de unas rocas. Su instinto le hizo saltar hasta su espada y escudriñar la oscuridad en busca del origen del ruido. Vislumbró unos ropajes amontonados en la orilla entre los que se encontraba la armadura de Ilora. Sentía curiosidad por saber si detrás de aquella máscara de guerrero se escondía una mujer. Pero después de su derrota no quería importunarla ni ser descubierto espiándola, por lo que se cubrió con la piel de lobo y retornó al campamento.

Junto al fuego, los cuatro hombres habían retomado la charla y el ambiente parecía distendido y jocoso. El larguirucho parecía bromear y los demás reían sus gracias.

Se dirigió nuevamente hasta ellos y se sentó junto al fuego sin mediar palabra. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo Decimosexto


El frío del metal en su cuello hacía arder su sangre. Hubiera deseado ver a Hagné una última vez, o quedarse con la limnátide Salama, que fingía ser Hagné en sus visiones, tal vez al morir volviera a verla, o tal vez cuando Hagné muriera se encontrarían. Miró a Ilora a los ojos, quería ver la cara de su verdugo hasta el último segundo, tenía los ojos negros, oscuros como la muerte, y la piel curtida por el sol.

-          Luchas bien, hombre lobo – dijo ella con tono burlón

Amîr la observó con desprecio, aquella odiosa mujer se burlaba de él incluso antes de matarlo. Era cruel, pero decidió entrar en su juego.

-          Tú también, mujer guerrero – respondió Amîr escupiendo las palabras.

Ilora rió de nuevo y apartó la espada del cuello de Amîr, se alejó de él mientras este la apuntaba la espada furioso.

-          ¿A qué juegas mujer? – preguntó intrigado y enfadado

-          Eres bienvenido en nuestro ejército, soldado – dijo ella

Sus hombres la miraron con incertidumbre y Trifón arrojó la espada al suelo y se alejó de ella refunfuñando.

-          No soy un soldado, señora, no lucharé por el rey – renegó Amîr aún desafiante

Ilora ignoró el comentario del desconcertado hombre y le dio la espalda caminando hacia su tienda con lentitud, antes de entrar giró la cabeza mirándole por encima del hombro y añadió

-          Puedes elegir el uniforme que más te convenga de los de aquella tienda

Amîr se quedó en el sitio, en guardia, esperando un nuevo ataque por parte de alguno de los tres soldados restantes, pero ellos en cambio bajaron las armas y le dieron la espalda volviendo a sentarse junto a la hoguera. Amîr los observó durante un buen rato. Si quería matarlos era el momento, no entendía nada de lo que estaba pasando y comenzó a caminar muy despacio. 

Se detuvo frente a la tienda que le había indicado Ilora, por echar un vistazo rápido no pasaba nada. Entró de espaldas, sin quitar el ojo de encima a los soldados que bebían y parloteaban junto al fuego, no se fiaba, pero ellos parecían ignorarle por completo.

Al girarse le sorprendió un olor denso y nauseabundo, acostumbró los ojos a la oscuridad y contempló la montaña de cadáveres de soldados apilados frente a él. Algunos estaban desnudos y otros mutilados. El suelo de tierra estaba húmedo, empapado de sangre. Algunas de las caras de los soldados iluminados por la tenue luz del lejano fuego mostraban terror y recordó los rostros de los soldados a los que él mismo atacó. De pronto Amîr lo comprendió todo. No eran soldados, habían asesinado a los soldados del campamento y habían escondido sus cadáveres para pasar desapercibidos por un tiempo, por eso todos iban vestidos de soldados, incluida la mujer guerrero.



Capítulo Decimoquinto


Trifón se detuvo cerca del intruso mirándole con odio y desafiante y preparado para matarle ante cualquier movimiento falso del hombre.

Una mujer vestida de guerrero salió de la tienda, caminó lentamente hacia el grupo de hombres con la mano derecha reposando en su cadera sobre la empuñadura de su espada. Examinó a Amîr atentamente, y ordenó:

-          Dejad que el hombre lobo se explique

-          Pero,  Ilora – se quejó Trifón – este hombre nos ha estado espiando

Ilora le dedicó una mirada cortante a Trifón e hizo un gesto de que bajara la espada. A regañadientes el rechoncho soldado obedeció. Y el resto le imitaron. La mujer se dirigió de nuevo a Amîr

-          ¿Qué buscas aquí, forastero?

Amîr observó a la mujer ensimismado, con aquella armadura parecía un muchacho, pero era alta, más alta que cualquier mujer que hubiera conocido, y desde luego era fuerte. Tenía los brazos de un guerrero y un semblante duro y frío como el hielo.

-          Voy de camino a Maoraz, señora – afirmó Amîr

-          ¿Y qué buscas tú en Maoraz? – preguntó ella con mordacidad

-          El rey Evander se llevó algo que me pertenece y quiero que me lo devuelva

Ilora estalló en carcajadas y sacó su espada acercándose un poco más a Amîr, quien retrocedió sin bajar en ningún momento la espada

-          ¿Tú solo? – preguntó ella mirando alrededor

-          Sí, señora

-          ¿Y crees que el gran Rey Evander te devolverá lo que es tuyo sólo porque tú se lo pidas?

-          No, señora – respondió Amîr arrepintiéndose de su decisión de aproximarse al grupo y asumiendo que podía morir

-          ¿Y qué harás si no te lo da? – quiso saber ella aproximándose aún más.

-          Lo mataré, señora, a él y a cualquiera que intente detenerme – afirmó mientras intentaba definir un plan de ataque de urgencia que le dejara alguna posibilidad de sobrevivir ante aquellas cinco personas.

-          ¿Tú? – se burló Ilora - ¿Un cazador harapiento?

-          Yo mismo, señora

-          ¿Y cómo piensas acercarte a él?

Amîr dudó unos instantes, no había perfeccionado aún aquella parte del plan, de hecho, no había planeado nada aparte de llegar a Maoraz. Ilora advirtió las dudas en su mirada y se rió de nuevo. Amîr no soportaba que aquella mujer arrogante vestida de hombre se burlara de él. Sabía que no le permitirían salir de allí con vida a no ser que él les matara antes. La mujer era una especie de líder para ellos, la obedecían, quizá si lograba matarla los demás se rindieran. Sin mediar palabra se decidió a atacarla, la mujer paró el golpe con maestría, Amîr intentó un ataque al fierro, pero Ilora se defendió con una maniobra contraofensiva y golpeó la espada de Amîr en señal de batimiento.

Amîr estaba descolocado ante la destreza de la mujer guerrero, e intentó sorprenderla con una estocada, pero ella hizo un esquive y con una ágil finta situó el filo se su espada en el cuello de Amîr.