Amîr saltó hacia adelante
intentando agarrarla mientras un gritaba: no. Sintió un impacto contra el pecho
y abrió los ojos. No reconocía dónde estaba, se levantó con toda la rapidez que
su torpeza le permitió se sentía débil y vulnerable miró a su alrededor
buscando a Hagné o a Salama, o a los soldados muertos.
-
¡Está de pie! – gritó alguien a su espalda – ¡Ha
despertado!
Se giró y vio a alguien corriendo
hacia él, instintivamente se puso a la defensiva, buscó la espada que había
robado de la herrería del padre de Áureo, pero no pudo encontrarla. A medida
que la figura se acercaba pudo reconocer a Euva.
-
¿Estás… estás bien? – dijo cuando por fin llegó
hasta él reprimiendo un abrazo.
-
¿Dónde está ella? – preguntó Amîr desconcertado
-
Vendrá ahora, tranquilo. ¿Cómo te sientes?
-
Quiero verla
-
Allí viene – indicó Euva señalando a la mujer
que caminaba presta hacia ellos.
Amîr la observó, era Ilora, pero
él buscaba a otra.
-
¿Dónde está Hagné? – preguntó cuando Ilora llegó
hasta donde estaban.
-
No lo sé – respondió ella manteniéndole la
mirada
Amîr se acercó a ella con rapidez
y la agarró del brazo con brusquedad hablando entre dientes:
-
Dime dónde está
La mujer se liberó de la presa
con cierta facilidad y le dedicó una mirada sincera y profunda. Amîr se fijó
por primera vez en la fragilidad enmascarada que escondían los ojos de Ilora.
-
Amîr, ella no está aquí – contestó Ilora con voz
tranquilizadora
-
Pero, la he visto…
-
Tranquilízate, has estado delirando. Deberías
acostarte.
-
No quiero acostarme – protestó él – Quiero
encontrarla ¿Dónde estamos?
-
Por favor, Amîr – insistió Euva – hazla caso.
Amîr miró los ojos suplicantes
del muchacho y con un suspiro se dejó caer sobre la improvisada camilla.
-
Te prepararemos algo enseguida – prometió Euva –
te sentará bien.
Sentado contra su voluntad,
observó como Ilora y Euva se alejaban. Pensó en marcharse de allí, pero sabía
que no era buena idea, estaba agotado, sentía la boca seca y estaba dolorido.
Recordó de pronto la herida del hombro y movió el brazo, lo sentía anquilosado
y pesado, sin fuerza. Se palpó con la mano derecha, la herida estaba cubierta
con una especie de cataplasma, no podía verlo pero parecía que había una gran
zona afectada. Se estremeció. Estaba sumido en sus pensamientos cuando una voz
le trajo de vuelta.
-
Pensamos que habría que cortártelo
Amîr levantó la cabeza sobresaltado
y descubrió a Trifón.
-
Parece una herida fea – contestó éste palpándose
el vendaje.
-
Lo es. Pero las he visto peores – confesó el viejo
acercándose a él con un saco bastante grande entre las manos – Me alegra que hayas
vuelto de entre los muertos, chico. Me fastidiaría haber trabajado para nada. –
dijo tendiéndole el paquete.
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