miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimosexto


Amîr no podía creer lo que oía. La mujer por la que había abandonado todo y por la que se enfrentaba a la muerte prefería dejarle atrás, abandonarle a su suerte y convertirle en pasto para los lobos. Inconscientemente tensó los músculos de su cuerpo y contrajo las mandíbulas estaba tan furioso y tan triste a la vez que necesitaba desahogarse con algo.

Abrió los ojos con pesadez y comenzó a moverse con dificultad, el dolor era insoportable pero se incorporó para encararse a su amada. Tenía la vista borrosa, pero pudo distinguir su silueta mirándole y acercándose a él con rapidez.

-          Hagné… - dijo él con voz ronca y seca – yo te quiero, ¿Cómo…?

-          ¡Túmbate! – ordenó ella empujándole con suavidad

-          Yo habría muerto por ti… - continuó Amîr

-          Y lo harás si no vuelves a tumbarte – sentenció ella

Él permaneció unos instantes en la misma posición con la mirada perdida en el suelo e intentó ponerse de pié. Hagné se precipitó contra él y lo empujó con brusquedad sobre las tablas obligándolo a tumbarse.

-          ¡Estúpido lobo obstinado! – gritó - ¡Estate quieto o te mataré yo misma!

Amîr obedeció. Se sentía confuso en ese grito percibió a Ilora, pero la observaba y veía a Hagné. Trató de acomodarse sobre las tablas y volvió a adormecerse aunque podía oír al resto del grupo cuchichear acerca de su destino.

-          Está mejorando – dijo Tâleb – no podemos abandonarlo.

-          No seas estúpido, Tâleb – reprendió Ilora – nos descubrirán si seguimos arrastrándolo.

-          Es todo por mi culpa – lloriqueó el más larguirucho mirando de reojo a Amîr.

-          No es tu culpa, Euva. Hiciste lo que tenías que hacer

-          ¡No es verdad! – protestó él - ¡Tú no estabas allí! Si no fuera por él…

-          Ilora – comenzó Zoilo – si lo abandonas aquí no seremos mejores que los soldados del rey.

La conversación prosiguió, pero el agotamiento había vencido a Amîr Haim quien descansaba sobre la camilla de tablas que sus compañeros habían improvisado para arrastrarle. Las fiebres le hacían tener pesadillas terribles en las que los dos primeros soldados a los que mató se burlaban de él junto a la ninfa Salama. Las tres perturbadoras figuras se divertían torturándole con horribles visiones de su pasado, de su madre y sus hermanos siendo víctimas de la crueldad de Evander y del fuego de la aldea donde había visto por última vez a Hagné. En sus sueños Salama arrojaba a la pequeña muchacha a la hoguera y esta se convertía en pasto de las llamas entre terribles gritos de auxilio. Lo llamaba a él, pero él no podía hacer nada para salvarla.

Las pesadillas, acompañadas de sudores y delirios se prolongaron durante días. Una parte de él estaba convencido de que lo habían abandonado y estaba muriendo perdido en algún rincón del bosque, pero las visiones volvían a atraparle con rapidez. El día que despertó estaba con Hagné paseando por los acantilados rocosos que había conocido en su infancia, ella jugaba divertida entre las piedras cuando de entre las sombras apareció Salama y susurró algo al oído de la joven. La expresión de Hagné cambió de repente se giró hacia él y le miró fijamente, Amîr percibió el cambio e intentó correr hacia ella, pero ella dirigió la vista al mar y se arrojó al vacío estrellándose contra las rocas. 

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