Amîr no podía creer lo que oía.
La mujer por la que había abandonado todo y por la que se enfrentaba a la
muerte prefería dejarle atrás, abandonarle a su suerte y convertirle en pasto
para los lobos. Inconscientemente tensó los músculos de su cuerpo y contrajo
las mandíbulas estaba tan furioso y tan triste a la vez que necesitaba
desahogarse con algo.
Abrió los ojos con pesadez y
comenzó a moverse con dificultad, el dolor era insoportable pero se incorporó
para encararse a su amada. Tenía la vista borrosa, pero pudo distinguir su
silueta mirándole y acercándose a él con rapidez.
-
Hagné… - dijo él con voz ronca y seca – yo te
quiero, ¿Cómo…?
-
¡Túmbate! – ordenó ella empujándole con suavidad
-
Yo habría muerto por ti… - continuó Amîr
-
Y lo harás si no vuelves a tumbarte – sentenció
ella
Él permaneció unos instantes en
la misma posición con la mirada perdida en el suelo e intentó ponerse de pié.
Hagné se precipitó contra él y lo empujó con brusquedad sobre las tablas obligándolo
a tumbarse.
-
¡Estúpido lobo obstinado! – gritó - ¡Estate
quieto o te mataré yo misma!
Amîr obedeció. Se sentía confuso
en ese grito percibió a Ilora, pero la observaba y veía a Hagné. Trató de
acomodarse sobre las tablas y volvió a adormecerse aunque podía oír al resto
del grupo cuchichear acerca de su destino.
-
Está mejorando – dijo Tâleb – no podemos
abandonarlo.
-
No seas estúpido, Tâleb – reprendió Ilora – nos
descubrirán si seguimos arrastrándolo.
-
Es todo por mi culpa – lloriqueó el más
larguirucho mirando de reojo a Amîr.
-
No es tu culpa, Euva. Hiciste lo que tenías que
hacer
-
¡No es verdad! – protestó él - ¡Tú no estabas
allí! Si no fuera por él…
-
Ilora – comenzó Zoilo – si lo abandonas aquí no
seremos mejores que los soldados del rey.
La conversación prosiguió, pero
el agotamiento había vencido a Amîr Haim quien descansaba sobre la camilla de
tablas que sus compañeros habían improvisado para arrastrarle. Las fiebres le
hacían tener pesadillas terribles en las que los dos primeros soldados a los
que mató se burlaban de él junto a la ninfa Salama. Las tres perturbadoras
figuras se divertían torturándole con horribles visiones de su pasado, de su
madre y sus hermanos siendo víctimas de la crueldad de Evander y del fuego de
la aldea donde había visto por última vez a Hagné. En sus sueños Salama
arrojaba a la pequeña muchacha a la hoguera y esta se convertía en pasto de las
llamas entre terribles gritos de auxilio. Lo llamaba a él, pero él no podía
hacer nada para salvarla.
Las pesadillas, acompañadas de sudores
y delirios se prolongaron durante días. Una parte de él estaba convencido de
que lo habían abandonado y estaba muriendo perdido en algún rincón del bosque,
pero las visiones volvían a atraparle con rapidez. El día que despertó estaba
con Hagné paseando por los acantilados rocosos que había conocido en su
infancia, ella jugaba divertida entre las piedras cuando de entre las sombras
apareció Salama y susurró algo al oído de la joven. La expresión de Hagné
cambió de repente se giró hacia él y le miró fijamente, Amîr percibió el cambio
e intentó correr hacia ella, pero ella dirigió la vista al mar y se arrojó al vacío
estrellándose contra las rocas.
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