Ilora intentó torpemente librarse
de Amîr, pero este era mucho más grande y fuerte que la mujer. Satisfecho con
su propia victoria la liberó y se puso de pié ofreciéndola la mano para
levantarse. Ella le dedicó una mirada de profundo odio y se incorporó con
rapidez.
Los compañeros observaban
incrédulos la situación que se presentaba ante sus ojos, por su expresión Amîr
dedujo que la mujer soldado nunca había perdido un combate ante ellos.
-
Bien jugado, hombre lobo – dijo Ilora
imprimiendo desprecio en cada palabra.
-
¿Todavía no me he ganado mi nombre, soldado? –
respondió él burlón.
-
Has luchado con obstinación, y has aprovechado
tu ventaja para vencerme. Te desenvuelves bien, eres bastante ágil teniendo en
cuenta tu tamaño y tu ataque es sólido. Sin embargo, tu defensa es mejorable y
eres considerado con el contrincante. En una lucha real, habrías caído en el
primer asalto.
Amîr observó atentamente a la
mujer, hablaba con crudeza y frialdad, como si realmente fuera un soldado
curtido en el campo de batalla. Resultaba intrigante cómo una mujer podía ser
tan diestra en la lucha con espada.
-
Acércate, hombre lobo – ordenó ella
Amîr se aproximó a ella
titubeante, aún cansado por el esfuerzo.
-
¡Defiéndete! – exclamó mientras lanzaba un nuevo
ataque contra él.
Amîr paró el golpe y ella mantuvo
la posición sin hacer fuerza.
-
¿Veis? – preguntó dirigiéndose al atento y
silencioso grupo – El lobo levanta demasiado los brazos y tiende a levantar los
dos brazos dejando los flancos al descubierto. Si hacéis esto sois presa fácil.
Ilora retiró la espada y le
dedicó un nuevo ataque desde otro ángulo. Uno a uno fue poniendo de manifiesto
todos los puntos débiles de la defensa de Amîr, quien se sintió profundamente
humillado. Sin embargo, luego le tocó a él repetir los ataques y ella fue
instruyéndoles sobre cómo presentar una defensa más sólida.
Al final de la mañana, Amîr
estaba completamente fascinado con los conocimientos de la mujer soldado y se
descubrió a sí mismo atento a los movimientos de sus compañeros, estudiando los
puntos fuertes y débiles de cada uno y estudiándola a ella y su forma de
luchar.
Trifón, pese a su aspecto resultó
ser un gran espadachín. Su fuerte era sin duda el ataque contundente y perdía
la paciencia y los nervios con facilidad. Amîr recordó las palabras de Trifón
de la noche anterior y se preguntó si realmente fue soldado. Sus movimientos
eran metódicos, como siguiendo una pauta. Tâleb era rápido, pero su manejo de
la espada no era tan avanzado. Zoilo se zafaba con cabriolas, pero evitaba el
ataque en la medida de lo posible mientras que Euva parecía estar agarrando un
hierro al rojo en lugar de una espada. Amîr observó que Ilora era mucho más
paciente y cálida con Euva que con el resto. Era obvio que Euva odiaba la lucha
pero Ilora se empeñaba en convertirlo en un soldado.
Cuando Ilora consideró que la “fiesta”
había concluido, hizo señas a Euva para que comenzase a preparar la comida. El
muchacho pareció tremendamente aliviado de concluir con las lecciones y el
resto comenzó a comentar todo lo sucedido. Ilora les recordó en tono de
reprimenda que eran soldados del rey y que se comportaran como tal. Dicho esto
dio media vuelta y se metió en su tienda mientras Amîr la miraba como
hipnotizado. Fue Zoilo quien le sacó de sus pensamientos.
-
¡Has vencido a Ilora, lobo! – exclamó Zoilo
exultante
-
Sí, supongo que sí – respondió él con falsa
modestia
-
Ninguno de nosotros lo había conseguido, aunque
Trifón le andó cerca – comentó el loco con entusiasmo
-
Bien luchado, Amîr – felicitó Tâleb - ¿Dónde
aprendiste a luchar así?
-
No lo sé – admitió Amîr – fijándome en el resto,
supongo.
Tâleb se encogió de hombros y se
aproximó a Euva para ayudarle con la comida. De momento no quería que tuvieran
demasiados detalles de su vida. Con la luz del día todos, excepto Trifón
parecían más amables, pero eran desconocidos para él, y aún no se fiaba.
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