jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Séptimo


Amîr golpeaba violenta y repetidamente al soldado que se defendía hábilmente. Amîr luchaba ferozmente y podía percibir el miedo en los ojos de su oponente. En uno de los ataques consiguió herir al soldado con un corte profundo en el brazo. El otro soldado reaccionó de golpe e intentó atacar a Amîr por la espalda. Este se giró y le hizo perder el equilibrio propinándole un fuerte golpe.

Amîr se colocó de forma que ambos soldados quedaran frente a él, con el puño magullado y el filo de la espada ensangrentada, las rodillas flexionadas listas para atacar o defender, Amîr tenía un aspecto amenazador. El soldado herido embistió de nuevo contra Amir quien con un movimiento circular de la espada consiguió desgarrar la piel del soldado profiriéndole un nuevo corte en el pecho.

El soldado se tambaleó hacia atrás tocando su pecho y contemplando sus manos cubiertas de sangre, cayó de rodillas frente a Amîr, que se disponía a matarlo de una estocada, entonces el segundo soldado arremetió contra Amîr que consiguió levantar la mano de la espada del soldado y clavarle la suya en el vientre, atravesando al soldado completamente hasta que éste empezó a escupir sangre. Liberó el cuerpo ensartado en su espalda dejándolo caer frente al otro guerrero.

-          Dale esto de mi parte al rey Evander - susurró al primer soldado que seguía de rodillas en el suelo tapando su pecho y observando su propia sangre.

Amîr corrió hasta los matorrales donde había dejado sus cosas y continuó la marcha siguiendo el cauce del arroyo, ahora sabía que había patrullas vigilando los bosques, sabía que debía estar más alerta. Nunca había matado a otro ser humano, de hecho nunca había matado por el mero placer de hacerlo, sólo por necesidad, sentía un torrente de adrenalina corriendo por sus venas.

Miró la espada cubierta de sangre, era un asesino, y todo por ella, pero no había rastro de arrepentimiento o remordimiento en él, se sentía más fuerte, se sentía invencible. Siguió caminando durante horas aún eufórico por su gesta, y empezó a sentirse cansado. El arroyo se abrió en un pequeño lago y decidió sentarse junto a la orilla a comer algo, el sol ya calentaba y aún no se había quitado de encima la piel del lobo, al ir a doblarla vio que estaba manchada de sangre, estaba convencido de que eran salpicaduras de las heridas infligidas a los soldados, sonrió perversamente al recordarlo. Pero entonces vio que la piel estaba manchada también por dentro, examinó su cuerpo y descubrió dos cortes, uno en el flanco, bastante superficial y otro en el brazo, que sangraba profusamente. Buscó entre sus cosas algo con lo que taponar la herida. Y lavó la zona con agua fría. Ni siquiera se había percatado del corte, pero ahora que sabía que lo tenía empezaba a dolerle.

A medida que avanzaba la tarde Amîr se iba sintiendo débil, estaba mareado por la pérdida de sangre y exhausto por la caminata y el calor. Encontró unas rocas cerca del arroyo que le servirían de cobijo cuando llegase la noche, escondió sus pertenencias entre ellas para moverse más libremente y comenzó a buscar hierbas para hacerse una cataplasma y cubrirse la herida del brazo que seguía sangrando. Encontró Salvia, recordaba que Hagné le había curado con dulzura algún pequeño corte con un ungüento preparado con esa hierba.

Cogió varias hojas y empezó a masticarlas para conseguir una masa blanda con la que rellenar el profundo corte, puso la mezcla de hojas y saliva en la herida y lo cubrió con un vendaje hecho de jirones de tela. Empezó a estar cada vez más y más mareado y entonces empezó a ver a las criaturas y los fantasmas del bosque.

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