Amîr golpeaba violenta y repetidamente al soldado que se
defendía hábilmente. Amîr luchaba ferozmente y podía percibir el miedo en los
ojos de su oponente. En uno de los ataques consiguió herir al soldado con un
corte profundo en el brazo. El otro soldado reaccionó de golpe e intentó atacar
a Amîr por la espalda. Este se giró y le hizo perder el equilibrio propinándole
un fuerte golpe.
Amîr se colocó de forma que ambos soldados quedaran frente a
él, con el puño magullado y el filo de la espada ensangrentada, las rodillas
flexionadas listas para atacar o defender, Amîr tenía un aspecto amenazador. El
soldado herido embistió de nuevo contra Amir quien con un movimiento circular
de la espada consiguió desgarrar la piel del soldado profiriéndole un nuevo corte
en el pecho.
El soldado se tambaleó hacia atrás tocando su pecho y
contemplando sus manos cubiertas de sangre, cayó de rodillas frente a Amîr, que
se disponía a matarlo de una estocada, entonces el segundo soldado arremetió
contra Amîr que consiguió levantar la mano de la espada del soldado y clavarle
la suya en el vientre, atravesando al soldado completamente hasta que éste
empezó a escupir sangre. Liberó el cuerpo ensartado en su espalda dejándolo
caer frente al otro guerrero.
-
Dale esto de mi parte al rey Evander - susurró
al primer soldado que seguía de rodillas en el suelo tapando su pecho y
observando su propia sangre.
Amîr corrió hasta los matorrales donde había dejado sus
cosas y continuó la marcha siguiendo el cauce del arroyo, ahora sabía que había
patrullas vigilando los bosques, sabía que debía estar más alerta. Nunca había
matado a otro ser humano, de hecho nunca había matado por el mero placer de
hacerlo, sólo por necesidad, sentía un torrente de adrenalina corriendo por sus
venas.
Miró la espada cubierta de sangre, era un asesino, y todo
por ella, pero no había rastro de arrepentimiento o remordimiento en él, se
sentía más fuerte, se sentía invencible. Siguió caminando durante horas aún
eufórico por su gesta, y empezó a sentirse cansado. El arroyo se abrió en un
pequeño lago y decidió sentarse junto a la orilla a comer algo, el sol ya
calentaba y aún no se había quitado de encima la piel del lobo, al ir a
doblarla vio que estaba manchada de sangre, estaba convencido de que eran
salpicaduras de las heridas infligidas a los soldados, sonrió perversamente al
recordarlo. Pero entonces vio que la piel estaba manchada también por dentro,
examinó su cuerpo y descubrió dos cortes, uno en el flanco, bastante
superficial y otro en el brazo, que sangraba profusamente. Buscó entre sus
cosas algo con lo que taponar la herida. Y lavó la zona con agua fría. Ni
siquiera se había percatado del corte, pero ahora que sabía que lo tenía
empezaba a dolerle.
A medida que avanzaba la tarde Amîr se iba sintiendo débil,
estaba mareado por la pérdida de sangre y exhausto por la caminata y el calor. Encontró
unas rocas cerca del arroyo que le servirían de cobijo cuando llegase la noche,
escondió sus pertenencias entre ellas para moverse más libremente y comenzó a
buscar hierbas para hacerse una cataplasma y cubrirse la herida del brazo que
seguía sangrando. Encontró Salvia, recordaba que Hagné le había curado con
dulzura algún pequeño corte con un ungüento preparado con esa hierba.
Cogió varias hojas y empezó a masticarlas para conseguir una
masa blanda con la que rellenar el profundo corte, puso la mezcla de hojas y
saliva en la herida y lo cubrió con un vendaje hecho de jirones de tela. Empezó
a estar cada vez más y más mareado y entonces empezó a ver a las criaturas y los
fantasmas del bosque.
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