jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Quinto


-          ¿Vas a abandonar a tu prometida a su suerte? – interrogó Amîr incrédulo.

-          ¿Qué otra cosa puedo hacer? - respondió Áureo - El príncipe tiene ejércitos y nos matarán si nos enfrentamos a ellos.

-          Eres el hijo del herrero, Áureo, podrías forjar espadas para todos los hombres del pueblo, y entonces podríamos enfrentarnos a ellos.

-          No es tan fácil

-          Sí lo es – dijo Amîr girándose y dejando a Áureo con la palabra en la boca y cabizbajo.

Áureo observó cómo Amîr se alejaba y se agachaba junto a Silverio diciéndole algo al oído que provocó en el viejo una reacción de sorpresa. Amîr caminó con aplomo hacia la herrería mientras los dos hombres le contemplaban y robó una espada. Se dirigió entonces al bosque, a su cabaña.

Dedicó la mayor parte de la noche a prepararse para emprender el viaje. Llenó las bolsas de provisiones, ropajes y lo envolvió con la piel del lobo que  él mismo había matado años atrás. No tenía caballo, pero de todas formas había decidido que el camino lo haría andando, no quería llamar la atención de ningún soldado y sabía defenderse en el bosque.

El camino hasta Maoraz sería arriesgado. Tenía que bajar la montaña más escarpada del reino a través del bosque, las leyendas decían que en aquellos bosques se escondían criaturas mágicas de tiempos ancestrales. Por suerte, Amîr no creía en supercherías, hacía años que había vencido al miedo.

Amîr Haim era un solitario, nunca en su vida se había considerado un romántico, y nadie que lo conociera lo describiría de tal manera, no había derramado ni una sola lágrima por Hagné y sin embargo atesoraba en su memoria cada detalle del tiempo que había compartido con ella. Definitivamente Amîr Haim no era un romántico al uso pero estaba a punto de emprender el viaje más peligroso de su vida con tal de salvar a una mujer que debía ser para otro.

Esperó pacientemente en su cabaña hasta el amanecer, mirando cómo el fuego se consumía lentamente. Con los primeros rayos de luz, Amîr salió de su cabaña. Pasó unos instantes inmóvil delante de la puerta observando el bosque. Sabía que era una locura, que era probable que muriera antes siquiera de llegar hasta ella. Era consciente de que hacía caso a un impulso poco meditado. Miró a su alrededor intentando almacenarlo todo en su mente y en parte despidiéndose del que había sido su hogar durante muchos años.
Respiró hondo y emprendió el viaje.

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