-
¿Vas a abandonar a tu prometida a su suerte? –
interrogó Amîr incrédulo.
-
¿Qué otra cosa puedo hacer? - respondió Áureo - El príncipe tiene
ejércitos y nos matarán si nos enfrentamos a ellos.
-
Eres el hijo del herrero, Áureo, podrías forjar
espadas para todos los hombres del pueblo, y entonces podríamos enfrentarnos a
ellos.
-
No es tan fácil
-
Sí lo es – dijo Amîr girándose y dejando a Áureo
con la palabra en la boca y cabizbajo.
Áureo observó cómo Amîr se alejaba y se agachaba junto a
Silverio diciéndole algo al oído que provocó en el viejo una reacción de
sorpresa. Amîr caminó con aplomo hacia la herrería mientras los dos hombres le
contemplaban y robó una espada. Se dirigió entonces al bosque, a su cabaña.
Dedicó la mayor parte de la noche a prepararse para
emprender el viaje. Llenó las bolsas de provisiones, ropajes y lo envolvió con
la piel del lobo que él mismo había
matado años atrás. No tenía caballo, pero de todas formas había decidido que el
camino lo haría andando, no quería llamar la atención de ningún soldado y sabía
defenderse en el bosque.
El camino hasta Maoraz sería arriesgado. Tenía que bajar la
montaña más escarpada del reino a través del bosque, las leyendas decían que en
aquellos bosques se escondían criaturas mágicas de tiempos ancestrales. Por
suerte, Amîr no creía en supercherías, hacía años que había vencido al miedo.
Amîr Haim era un solitario, nunca en su vida se había
considerado un romántico, y nadie que lo conociera lo describiría de tal
manera, no había derramado ni una sola lágrima por Hagné y sin embargo
atesoraba en su memoria cada detalle del tiempo que había compartido con ella.
Definitivamente Amîr Haim no era un romántico al uso pero estaba a punto de
emprender el viaje más peligroso de su vida con tal de salvar a una mujer que
debía ser para otro.
Esperó pacientemente en su cabaña hasta el amanecer, mirando
cómo el fuego se consumía lentamente. Con los primeros rayos de luz, Amîr salió
de su cabaña. Pasó unos instantes inmóvil delante de la puerta observando el
bosque. Sabía que era una locura, que era probable que muriera antes siquiera
de llegar hasta ella. Era consciente de que hacía caso a un impulso poco
meditado. Miró a su alrededor intentando almacenarlo todo en su mente y en
parte despidiéndose del que había sido su hogar durante muchos años.
Respiró hondo y emprendió el viaje.
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