jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Cuarto


Corrió hacia las personas que aún había en la plaza buscando una explicación, buscándola a ella. Entre torpes sollozos y balbuceos consiguió entender el nombre del rey: Evander. Su sangre se heló al oír aquel nombre y un escalofrío con sabor a venganza recorrió su espalda. Caminó torpemente hasta el círculo de cenizas donde estuvo la hoguera y se dejó caer de rodillas, abatido ante la idea de que ella estaba muerta, alzó la vista un momento y vio a Áureo consolando al viejo Silverio. Áureo no lloraba ni parecía triste y Amîr quiso saber por qué.

Se acercó a ambos hombres que le miraron como si hubieran visto un fantasma.

-          Ay, Amîr – se lamentó Silverio – ay si hubieras estado aquí – sollozaba mientras negaba con la cabeza – ay mis niñas, mi preciosa Gracia – lloraba el anciano desconsolado.

-          ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Gracia? – preguntó Amîr. Silverio siguió negando con la cabeza y llorando mientras repetía la misma frase una y otra vez mientras Amîr lo sujetaba por los hombros y lo miraba fijamente. Sentía la desaparición de Gracia, había llegado a tomarla aprecio en el tiempo que compartieron, igual que al pastor Silverio.

-          Se las han llevado – intervino Áureo – se han llevado a todas las mujeres jóvenes por orden del rey, para que el príncipe Reuven elija a su esposa.

-          ¿Y tu prometida? – quiso saber Amîr

-          También se la llevaron

Las mandíbulas de Amîr se tensaron y sus puños se cerraron. Si no la hubiera dejado sola en la hoguera, no se la habrían llevado, él la habría defendido. Contuvo las ganas de descargar su rabia contra la expresión bobalicona de Áureo.

-          ¿Dónde se las llevaron? – preguntó Amîr

-          A Maoraz – respondió Silverio – se las han llevado a Maoraz ¿Vas a traerme a mi Gracia, Amîr? – dijo el viejo mirándolo con esperanza.

-          No, Silverio, ya lo hemos hablado, es mejor ser vasallo del rey que enfrentarse a él – interrumpió Áureo – recuerda que ayer le juramos lealtad.

Amîr observó atenta y fijamente al joven Áureo, nunca le había parecido un hombre cobarde. Cierto que era un fanfarrón y que le gustaba inventar historias para impresionar al resto, pero nunca imaginó que fuera un cobarde. Si no hubiera sido por que era el prometido de Hagné, incluso lo hubiera considerado su amigo.

-          ¿Qué pasa con Hagné y con el resto? – preguntó Amîr con rabia

Áureo se separó de Silverio y guió a Amîr Haim hacia un punto más apartado.

-          Reuven elegirá esposa de entre las mujeres – explicó Áureo – elegirá a la más bella y…- hizo una pausa – y a la más complaciente. El príncipe decidirá sobre las demás pero seguramente vuelvan a casa.

Amîr analizó las palabras de Áureo intentando asimilarlas, “la más bella y complaciente” pensó “¿va a probarlas a todas?” frunció los labios ante la idea. Reuven y toda su familia le provocaban una terrible repugnancia y sólo imaginar a alguno de ellos forzando y tomando a su amada le hacía arder las entrañas.

-          ¿Y si no vuelven? – preguntó Amîr

-          El príncipe no elegirá a Hagné, ella no es tan guapa – afirmó Áureo haciendo que los ojos de Amîr se entrecerraran con rabia – Celina, la hija del tabernero, es sin duda la mujer más hermosa del pueblo. Ella será la princesa – sentenció – en cuanto a Gracia, es bonita, sin duda, pero no es como Celina. 

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