jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimoséptimo


Amîr saltó hacia adelante intentando agarrarla mientras un gritaba: no. Sintió un impacto contra el pecho y abrió los ojos. No reconocía dónde estaba, se levantó con toda la rapidez que su torpeza le permitió se sentía débil y vulnerable miró a su alrededor buscando a Hagné o a Salama, o a los soldados muertos.

-          ¡Está de pie! – gritó alguien a su espalda – ¡Ha despertado!

Se giró y vio a alguien corriendo hacia él, instintivamente se puso a la defensiva, buscó la espada que había robado de la herrería del padre de Áureo, pero no pudo encontrarla. A medida que la figura se acercaba pudo reconocer a Euva.

-          ¿Estás… estás bien? – dijo cuando por fin llegó hasta él reprimiendo un abrazo.

-          ¿Dónde está ella? – preguntó Amîr desconcertado

-          Vendrá ahora, tranquilo. ¿Cómo te sientes?

-          Quiero verla

-          Allí viene – indicó Euva señalando a la mujer que caminaba presta hacia ellos.

Amîr la observó, era Ilora, pero él buscaba a otra.

-          ¿Dónde está Hagné? – preguntó cuando Ilora llegó hasta donde estaban.

-          No lo sé – respondió ella manteniéndole la mirada

Amîr se acercó a ella con rapidez y la agarró del brazo con brusquedad hablando entre dientes:

-          Dime dónde está

La mujer se liberó de la presa con cierta facilidad y le dedicó una mirada sincera y profunda. Amîr se fijó por primera vez en la fragilidad enmascarada que escondían los ojos de Ilora.

-          Amîr, ella no está aquí – contestó Ilora con voz tranquilizadora

-          Pero, la he visto…

-          Tranquilízate, has estado delirando. Deberías acostarte.

-          No quiero acostarme – protestó él – Quiero encontrarla ¿Dónde estamos?

-          Por favor, Amîr – insistió Euva – hazla caso.

Amîr miró los ojos suplicantes del muchacho y con un suspiro se dejó caer sobre la improvisada camilla.

-          Te prepararemos algo enseguida – prometió Euva – te sentará bien.

Sentado contra su voluntad, observó como Ilora y Euva se alejaban. Pensó en marcharse de allí, pero sabía que no era buena idea, estaba agotado, sentía la boca seca y estaba dolorido. Recordó de pronto la herida del hombro y movió el brazo, lo sentía anquilosado y pesado, sin fuerza. Se palpó con la mano derecha, la herida estaba cubierta con una especie de cataplasma, no podía verlo pero parecía que había una gran zona afectada. Se estremeció. Estaba sumido en sus pensamientos cuando una voz le trajo de vuelta.

-          Pensamos que habría que cortártelo

Amîr levantó la cabeza sobresaltado y descubrió a Trifón.

-          Parece una herida fea – contestó éste palpándose el vendaje.

-          Lo es. Pero las he visto peores – confesó el viejo acercándose a él con un saco bastante grande entre las manos – Me alegra que hayas vuelto de entre los muertos, chico. Me fastidiaría haber trabajado para nada. – dijo tendiéndole el paquete.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimosexto


Amîr no podía creer lo que oía. La mujer por la que había abandonado todo y por la que se enfrentaba a la muerte prefería dejarle atrás, abandonarle a su suerte y convertirle en pasto para los lobos. Inconscientemente tensó los músculos de su cuerpo y contrajo las mandíbulas estaba tan furioso y tan triste a la vez que necesitaba desahogarse con algo.

Abrió los ojos con pesadez y comenzó a moverse con dificultad, el dolor era insoportable pero se incorporó para encararse a su amada. Tenía la vista borrosa, pero pudo distinguir su silueta mirándole y acercándose a él con rapidez.

-          Hagné… - dijo él con voz ronca y seca – yo te quiero, ¿Cómo…?

-          ¡Túmbate! – ordenó ella empujándole con suavidad

-          Yo habría muerto por ti… - continuó Amîr

-          Y lo harás si no vuelves a tumbarte – sentenció ella

Él permaneció unos instantes en la misma posición con la mirada perdida en el suelo e intentó ponerse de pié. Hagné se precipitó contra él y lo empujó con brusquedad sobre las tablas obligándolo a tumbarse.

-          ¡Estúpido lobo obstinado! – gritó - ¡Estate quieto o te mataré yo misma!

Amîr obedeció. Se sentía confuso en ese grito percibió a Ilora, pero la observaba y veía a Hagné. Trató de acomodarse sobre las tablas y volvió a adormecerse aunque podía oír al resto del grupo cuchichear acerca de su destino.

-          Está mejorando – dijo Tâleb – no podemos abandonarlo.

-          No seas estúpido, Tâleb – reprendió Ilora – nos descubrirán si seguimos arrastrándolo.

-          Es todo por mi culpa – lloriqueó el más larguirucho mirando de reojo a Amîr.

-          No es tu culpa, Euva. Hiciste lo que tenías que hacer

-          ¡No es verdad! – protestó él - ¡Tú no estabas allí! Si no fuera por él…

-          Ilora – comenzó Zoilo – si lo abandonas aquí no seremos mejores que los soldados del rey.

La conversación prosiguió, pero el agotamiento había vencido a Amîr Haim quien descansaba sobre la camilla de tablas que sus compañeros habían improvisado para arrastrarle. Las fiebres le hacían tener pesadillas terribles en las que los dos primeros soldados a los que mató se burlaban de él junto a la ninfa Salama. Las tres perturbadoras figuras se divertían torturándole con horribles visiones de su pasado, de su madre y sus hermanos siendo víctimas de la crueldad de Evander y del fuego de la aldea donde había visto por última vez a Hagné. En sus sueños Salama arrojaba a la pequeña muchacha a la hoguera y esta se convertía en pasto de las llamas entre terribles gritos de auxilio. Lo llamaba a él, pero él no podía hacer nada para salvarla.

Las pesadillas, acompañadas de sudores y delirios se prolongaron durante días. Una parte de él estaba convencido de que lo habían abandonado y estaba muriendo perdido en algún rincón del bosque, pero las visiones volvían a atraparle con rapidez. El día que despertó estaba con Hagné paseando por los acantilados rocosos que había conocido en su infancia, ella jugaba divertida entre las piedras cuando de entre las sombras apareció Salama y susurró algo al oído de la joven. La expresión de Hagné cambió de repente se giró hacia él y le miró fijamente, Amîr percibió el cambio e intentó correr hacia ella, pero ella dirigió la vista al mar y se arrojó al vacío estrellándose contra las rocas. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimoquinto


Oyó los cascos de los caballos y un sonido de arrastre tremendamente molesto. Aún sentía un fuerte dolor en varias partes de su cuerpo y se sentía aletargado. Iba a abrir los ojos cuando oyó dos voces que le resultaban familiares y decidió escuchar lo que decían.

-          No está listo para viajar, si seguimos así morirá. Está perdiendo mucha sangre – decía una grave voz masculina.

-          No podemos arriesgarnos a permanecer aquí por más tiempo. Y su herida está taponada. Hoy eran 4 soldados, mañana podrían ser más y no estáis listos – respondió una voz de mujer.

-          Sí estamos listos, hija – discrepaba el hombre

-          Sin sentimentalismos, viejo – sentenció ella – No estáis listos. Ya viste lo que pasó con Euva y con el lobo.
-          Pero… - refunfuñó él.

-          Creo que está despierto – interrumpió Ilora.

Amîr se resistió a abrir los ojos, pero sintió como los caballos se detenían suavemente y unas manos frías y pequeñas tocaban la zona dolorida. Parpadeó con fuerza y vio las siluetas de Trifón e Ilora junto a él. Intentó levantarse pero los músculos se resistían a obedecerle. La mano de Ilora le sujetó con firmeza contra la superficie.

-          Ni lo intentes hombre lobo – ella desenvolvió ligeramente el vendaje y añadió – esto te va a doler

Un sonido gutural más parecido a un aullido animal que a un grito humano salió de la garganta de Amîr que volvió a desplomarse sin sentido sobre las tablas.

Horas después volvió a despertar, estaban detenidos y sentía un frío atroz, mucha sed y una sensación de confusión embotaba su cerebro. Vio una silueta femenina acercarse a él y sonrió, era Hagné, por fin había llegado hasta ella. No estaba seguro de cómo, pero sin duda era ella.

Cuando llegó hasta él y se arrodilló a su lado vio su rostro y quiso acariciarla pero no tenía fuerzas suficientes para hacerlo. Se limito a sonreírla mientras ella curaba sus heridas.

-          Te encontré, mi amor – susurró él

Ella se detuvo y le miró con frialdad. Amîr nunca había visto una mirada tan gélida en los ojos de Hagné y temió que algo más hubiera cambiado en ella.

-          Hagné…

Pero Hagné siguió concentrada en limpiar y cubrir la herida con indiferencia y una vez hubo terminado se alejó sin más. Amîr no podía creerlo ¿Tan rápido se había olvidado de él? ¿Había sido todo un juego para ella?. La observó mientras se alejaba con un sentimiento amargo. Sumido en sus pensamientos, se fue adormeciendo ligeramente. Estaba muy cansado y se sentía débil.

Había perdido completamente la noción del tiempo, pasaba más tiempo dormido que despierto. Intentaba mantenerse despierto para verla a ella, pero Hagné permanecía distante. Entonces se dormía y soñaba con ella, pero los sueños se tornaban siempre pesadillas y despertaba empapado en sudor frío.

Así pasó dos días, en algún momento entre sueño y sueño volvió a sentir que se movían. Escuchaba las voces a su alrededor, pero no tenía fuerzas ni ganas para prestarlas atención. Cuando volvieron a detenerse reconoció una voz de mujer, la voz de Hagné susurrar.

-          Deberíamos abandonarlo, es un lastre para nosotros.

Le costó comprender el duro significado de las palabras de Hagné pero hizo un esfuerzo por seguir escuchando.

-          No podemos abandonarlo. Has visto cómo lucha, lo necesitamos – respondió la voz de Tâleb

-          No nos sirve para nada en estas condiciones – contestó ella tajante

-          Morirá. Si le abandonamos a su suerte morirá, y lo sabes – replicó Tâleb.

-          Mírale – indicó ella – morirá de todos modos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimocuarto

El soldado enfureció y cargó contra Tâleb, quien esquivó ágilmente la embestida del soldado a la vez que le hería en un costado. Era uno de los movimientos que Ilora les había enseñado aquella misma mañana y Amîr observó cómo su compañero la ponía en práctica, mientras se disponía para defenderse de otro soldado.

Trifón, con un brillo siniestro en la mirada atacó con furia a uno de los hombres al que la bravura y ferocidad del anciano le pillaron por sorpresa. Ambos cayeron al suelo con un ruido estrepitoso provocado por las armaduras. El soldado se levantó con agilidad preparándose para atacar a Trifón mientras este aún estaba en el suelo. Este al descubrirse vulnerable frente al soldado paró el golpe de la espada con un rápido esquive y le propinó un violento y fuerte golpe en la rodilla derecha que fue seguida de un alarido de dolor y de la caída del hombre al suelo. Mientras tanto Zoilo el loco parecía poseído, parecía disfrutar hiriendo de levedad a su oponente en numerosas ocasiones, se reía nerviosamente cada vez que conseguía cortar la piel del soldado que parecía terriblemente asustado por la actitud de Zoilo. No había rastro de su habitual mirada triste, estaba exultante. En un momento de distracción el soldado intentó huir y Zoilo lo persiguió hasta darle alcance unos metros más allá. Esta vez la lucha fue sin espada, el soldado ensangrentado gritaba en el suelo, intentando en vano cubrirse de los tremendos puñetazos que le propinaba Zoilo.

Por su parte, Amîr entabló combate singular con el más alto de los soldados, la pelea comenzó como una especie de danza, un ritual, ambos hombres caminaban en círculos con las rodillas flexionadas y las espadas dispuestas para el ataque.

-          Eres un sucio salvaje ¡Ríndete! – se aventuró a decir el soldado

-          Tú eres el esclavo de un rey – contestó Amîr con soberbia – tú ya te has rendido

El hombre abrió los ojos y tensó las mandíbulas sintiéndose terriblemente ofendido por el comentario de Amîr y corrió hacia él con la espada levantada sujeta con ambas manos. Amîr paró el golpe con una finta y lo apartó de un empujón. El soldado volvió a atacarle lanzando un ataque de fondo que Amîr sorteó con un salto hacia atrás. Amîr estaba a punto de intentar una estocada cuando oyó un grito asustado de una voz familiar. Giró la cabeza a tiempo para ver cómo uno de los soldados tenía a Euva acorralado y estaba a punto de clavarle la espada. Amîr corrió hacia él lo más rápido que pudo seguido de su rival y se abalanzó sobre el hombre que amenazaba la vida de Euva. Cayó sobre él con todo el peso de su cuerpo dejándolo inconsciente, Euva se levantó y salió corriendo y llorando como un chiquillo asustado.

Amîr se levantó entonces justo para sentir como el frío acero de su primer rival se incrustaba en la parte trasera de su hombro haciendo brotar la cálida sangre. Un latigazo de dolor recorrió la espalda de Amîr. Se echó hacia adelante para liberarse de la espada y rodó en el suelo, el dolor era tan intenso que apenas podía mover el brazo izquierdo. Se quedó entonces unos instantes tumbado en el suelo, se sentía mareado y débil, el soldado, con una expresión triunfal se acercó a él con desprecio.

-          Te dije que te rindieras, salvaje.

-          Antes muerto – escupió Amîr tratando de reunir fuerzas para un último ataque.

-          Como quieras – dijo el soldado sonriendo.

Levantó la espada con ambas manos sobre la cabeza y le dedicó una última mirada a Amîr Haim.

-          ¿Unas últimas palabras antes de morir, escoria? – preguntó

-          Sí – susurró Amîr aún tendido en el suelo y buscando a tientas su espada

-          Adelante – invitó el verdugo inclinándose sobre

Amîr había encontrado por fin su espada, se incorporó con sorprendente rapidez y atravesó el cuerpo del soldado por el estómago mientras este le dedicaba una incomprensible mirada mientras la sangre se agolpaba en su garganta. El soldado muerto cayó sobre Amîr. Este no tenía fuerzas suficientes para apartarlo aunque sentía la empuñadura de su propia espada clavada en las costillas, escuchaba a sus compañeros pelear como si estuvieran demasiado lejos, entonces todo empezó a hacerse borroso y perdió el conocimiento.



Capítulo Vigesimotercero


Amîr se dispuso a recoger la armadura y la cota que había arrojado al suelo durante el combate con Ilora, pero para su sorpresa, ya no estaban allí. Pensó que tal vez se tratase de alguna broma de iniciación y decidió ignorarlo. Caminó hacia el río para refrescarse seguido de Zoilo que parloteaba sobre movimientos de espada a su alrededor.

Cuando regresaron al campamento, el olor procedente de la cazuela indicaba que todo estaba listo. Amîr  observó entonces que Euva cogía un cuenco repleto de comida y lo llevaba a la tienda de Ilora.

-          ¿La soldado no come con vosotros? – se aventuró a preguntar

-          No puede – respondió Zoilo

-          ¿No puede? – insistió él

-          No, Amîr. Es una mujer. Las mujeres sólo se usan para una cosa en los campamentos de soldados… - hizo una pausa – es mejor que no la vean.

Un escalofrío recorrió la espalda de Amîr que pensó de repente en su dulce Hagné. Con la emoción de la lucha apenas había recordado por qué estaba allí. La ausencia de Hagné le golpeó entonces como un mazo y una expresión de profundo pesar se dibujó en su rostro.

-          ¿Estás bien, amigo? – preguntó Zoilo con preocupación.

-          Sí – contestó Amîr recomponiéndose – bien.

Caminaron en silencio hasta el fuego central del campamento donde una cazuela enorme burbujeaba con algo parecido a un guiso que emanaba un olor delicioso.

La comida transcurrió en silencio, todos miraban sus cuencos y comían con rapidez. Incluso el propio Amîr se sorprendió de su apetito cuando empezó a comer.

Después de la comida, Trifón sacó unos recipientes del brebaje de la noche anterior y tras unos tragos todos se fueron animando. Euva comenzó a relatar historias de cantina sobre monstruos y gigantes y sobre las desgracias de la familia real, mientras los demás se emborrachaban y reían.

A media tarde un grupo de cuatro soldados en montura se acercaron al campamento atraídos sin duda por el alboroto del campamento.

-          Buenas tardes, soldados – saludó el que encabezaba el grupo.

Amîr y los demás se tensaron. Trifón se levantó y caminó hacia ellos con una tranquilidad forzada y entabló conversación.

-          ¿Quién va? – preguntó este

-          La patrulla de la tarde – contestó el primero desmontando - no nos hemos cruzado con vuestros compañeros en el día de hoy.

El resto de soldados desmontó y el grupo junto a la hoguera se preparó sutilmente para el enfrentamiento. Amîr examinó al grupo valorando sus posibilidades. Si había que luchar sería una justa pelea cuatro contra cuatro sin contar a la mujer soldado, pero los soldados parecían fuertes y preparados.

-          Han ido a Maoraz – mintió Trifón

-          ¿Y por qué vosotros no estáis patrullando? – insistió el soldado desconfiado avanzando lentamente hacia ellos.

-          Verás, amigo. – comenzó Trifón – Voy a ser sincero contigo. Al no tener supervisión, hemos descuidado un poco nuestras labores. ¿Por qué no os unís a nosotros y descansáis un rato?

El soldado le miró receloso. Hizo un gesto a sus compañeros y dedicó una sonrisa a Trifón.

-          La verdad, compañero. Es que nos vendría bien un poco de distracción.

Trifón soltó una sonora carcajada y pasó un brazo alrededor de los hombros del soldado

-          Claro que sí. Un poco de diversión no hace daño a nadie. ¿Cuál es vuestra ruta?

-          Desde la aldea de Calerros hasta la fortaleza de Lecupa.

-          Os habéis alejado un poco de vuestra ruta… - dijo Trifón dándole un golpecito amistoso.

-          Sí, nos han encargado vigilar el camino a Maoraz. Ya sabes, la senda de las mujeres.

La sonrisa de Trifón se tensó y apretó los puños hasta hacerse daño.

-          Ya… - añadió forzando la naturalidad – está todo muy revuelto…

Trifón caminó hacia la hoguera cogiendo al soldado por los hombros seguido por otros dos soldados mientras el tercero ataba los caballos a un árbol.

Cuando estuvieron lo bastante cerca de la hoguera, el soldado se apartó de Trifón y le miró desconcertado

-          ¿Qué significa esto, soldado? – preguntó señalando a Amîr que vestía el pellejo de lobo y unos calzones ante la súbita desaparición de su disfraz- ¿Os relacionáis con salvajes?

El soldado desenvainó la espada apuntando con el filo de uno a otro tembloroso. Amîr estaba a punto de abalanzarse sobre él cuando Tâleb comenzó a hablar mientras se ponía de pié lentamente. Y los otros soldados imitaban al primero formando un semicírculo a su alrededor.

-          Vamos, amigo. Relájate. Este hombre no es un enemigo.

Los ojos del soldado saltaban de la punta de la espada al rostro de Tâleb, a Amîr y a Trifón.

-          ¡Prendedlos! – ordenó el soldado – Son… son traidores

-          Has hecho una mala elección, amigo – afirmó Tâleb mientras desenvainaba 

Capítulo Vigesimosegundo


Ilora intentó torpemente librarse de Amîr, pero este era mucho más grande y fuerte que la mujer. Satisfecho con su propia victoria la liberó y se puso de pié ofreciéndola la mano para levantarse. Ella le dedicó una mirada de profundo odio y se incorporó con rapidez.

Los compañeros observaban incrédulos la situación que se presentaba ante sus ojos, por su expresión Amîr dedujo que la mujer soldado nunca había perdido un combate ante ellos.

-          Bien jugado, hombre lobo – dijo Ilora imprimiendo desprecio en cada palabra.

-          ¿Todavía no me he ganado mi nombre, soldado? – respondió él burlón.

-          Has luchado con obstinación, y has aprovechado tu ventaja para vencerme. Te desenvuelves bien, eres bastante ágil teniendo en cuenta tu tamaño y tu ataque es sólido. Sin embargo, tu defensa es mejorable y eres considerado con el contrincante. En una lucha real, habrías caído en el primer asalto.

Amîr observó atentamente a la mujer, hablaba con crudeza y frialdad, como si realmente fuera un soldado curtido en el campo de batalla. Resultaba intrigante cómo una mujer podía ser tan diestra en la lucha con espada.

-          Acércate, hombre lobo – ordenó ella

Amîr se aproximó a ella titubeante, aún cansado por el esfuerzo.

-          ¡Defiéndete! – exclamó mientras lanzaba un nuevo ataque contra él.

Amîr paró el golpe y ella mantuvo la posición sin hacer fuerza.

-          ¿Veis? – preguntó dirigiéndose al atento y silencioso grupo – El lobo levanta demasiado los brazos y tiende a levantar los dos brazos dejando los flancos al descubierto. Si hacéis esto sois presa fácil.

Ilora retiró la espada y le dedicó un nuevo ataque desde otro ángulo. Uno a uno fue poniendo de manifiesto todos los puntos débiles de la defensa de Amîr, quien se sintió profundamente humillado. Sin embargo, luego le tocó a él repetir los ataques y ella fue instruyéndoles sobre cómo presentar una defensa más sólida.

Al final de la mañana, Amîr estaba completamente fascinado con los conocimientos de la mujer soldado y se descubrió a sí mismo atento a los movimientos de sus compañeros, estudiando los puntos fuertes y débiles de cada uno y estudiándola a ella y su forma de luchar.

Trifón, pese a su aspecto resultó ser un gran espadachín. Su fuerte era sin duda el ataque contundente y perdía la paciencia y los nervios con facilidad. Amîr recordó las palabras de Trifón de la noche anterior y se preguntó si realmente fue soldado. Sus movimientos eran metódicos, como siguiendo una pauta. Tâleb era rápido, pero su manejo de la espada no era tan avanzado. Zoilo se zafaba con cabriolas, pero evitaba el ataque en la medida de lo posible mientras que Euva parecía estar agarrando un hierro al rojo en lugar de una espada. Amîr observó que Ilora era mucho más paciente y cálida con Euva que con el resto. Era obvio que Euva odiaba la lucha pero Ilora se empeñaba en convertirlo en un soldado.

Cuando Ilora consideró que la “fiesta” había concluido, hizo señas a Euva para que comenzase a preparar la comida. El muchacho pareció tremendamente aliviado de concluir con las lecciones y el resto comenzó a comentar todo lo sucedido. Ilora les recordó en tono de reprimenda que eran soldados del rey y que se comportaran como tal. Dicho esto dio media vuelta y se metió en su tienda mientras Amîr la miraba como hipnotizado. Fue Zoilo quien le sacó de sus pensamientos.

-          ¡Has vencido a Ilora, lobo! – exclamó Zoilo exultante

-          Sí, supongo que sí – respondió él con falsa modestia

-          Ninguno de nosotros lo había conseguido, aunque Trifón le andó cerca – comentó el loco con entusiasmo

-          Bien luchado, Amîr – felicitó Tâleb - ¿Dónde aprendiste a luchar así?

-          No lo sé – admitió Amîr – fijándome en el resto, supongo.

Tâleb se encogió de hombros y se aproximó a Euva para ayudarle con la comida. De momento no quería que tuvieran demasiados detalles de su vida. Con la luz del día todos, excepto Trifón parecían más amables, pero eran desconocidos para él, y aún no se fiaba.