miércoles, 4 de julio de 2012

Capítulo Decimotercero


El último comentario del soldado hirió a Amîr que automáticamente pensó en su pobre Hagné pasando de hermano a hermano. La mente de Amîr tendía a recrear gráficamente todos los detalles y en apenas unos minutos por su imaginación pasaron imágenes del rey Evander forzando a Hagné sobre una cama ricamente adornada, mientras ella gritaba, después era Reuven quien penetraba con furia insaciable a la pequeña muchacha que intentaba en vano librarse de él, y por último la veía sumisa y postrada sobre una nueva cama con el joven Kristjan.

Aquella visión perturbadora fue demasiado para Amîr quien decidió acabar con aquellos soldados en aquel mismo instante, dispuesto a ensañarse con sus cadáveres para mandar una advertencia a Evander. Estaba planeando y perfeccionado su ataque cuando la conversación de los soldados le dejó helado.

-          Deberíamos matarles – proclamó Trifón cambiando radicalmente el tono relajado de la conversación.

-          Lo haremos – respondió el tercero – para eso estamos aquí, Trifón

-          Sí, lo sé, pero yo me refería a que deberíamos matarles esta noche – contestó Trifón arrebatando el licor a su compañero y dando un largo trago.

Los soldados permanecieron un rato en silencio mirando al fuego, y Amîr, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho les observaba perplejo. No daba crédito a lo que estaba oyendo, eran desertores y tenían un enemigo y un objetivo común, acabar con la familia real y ver correr su sangre.

Por primera vez en mucho tiempo Amîr Haim no sabía qué hacer, aquellos hombres parecían querer lo mismo que él, pero eran soldados del rey, tal vez solo estuvieran borrachos y en el fondo fueran fieles servidores de Evander, Kristjan y Reuven y si era así y le veían aparecer, sin duda lo matarían. Decidió observarles un poco más e intentar averiguar qué era lo que tramaban en realidad.

Tras el largo silencio, el tercer soldado volvió a hablar

-          Estamos a varios días de camino de Maoraz, amigo – aunque estuviéramos listos para darles muerte, nunca conseguiríamos llegar allí esta noche.

-          ¡Maldita sea! – exclamó el rechoncho soldado lanzando el recipiente de licor vacío a las llamas y secándose la espesa barba – Estamos preparados, Tâleb, estamos más que preparados.

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