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Éstas tierras pertenecen ahora al Rey Evander, y
serán administradas por el príncipe Reuven – anunció uno de los caballeros –
arrodillaros ante vuestro rey y vuestro príncipe y vivid en paz bajo su gloria.
Los habitantes del pueblo se miraron desconcertados, unos se
arrodillaron, otros salieron corriendo y otros se enfrentaron a los jinetes con
palos y útiles de labranza. Las mujeres jóvenes fueron seleccionadas y subidas
en un carromato o en la grupa de algún caballo. Uno de los hombres arrodillados
que vio cómo su hija era subida en un carro preguntó:
- ¿Por qué os lleváis a nuestras hijas?
- ¿Cuál es tu nombre, anciano? – dijo un soldado
- Mi nombre es Silverio, señor – respondió el
hombre
-
Siéntete afortunado, Silverio. Sentiros todos
afortunados – añadió el guerrero alzando la voz - porque de una de vuestras
hijas saldrá la futura princesa. El príncipe Reuven ha decidido contraer
nupcias con una mujer de estas tierras. Él mismo elegirá a la más complaciente
y bella.
Un revuelo discordante llenó el ambiente de la plaza,
mientras los soldados del rey rodeaban y vencían a los rebeldes. Todos los
hombres capturados tuvieron la oportunidad de rendirse ante el rey y jurarle
lealtad eterna o arder en la hoguera. Fueron pocos los que ardieron para dar
ejemplo, y muchos los llantos.
Los hombres del rey permanecieron en el pueblo
hasta que la hoguera hubo consumido los cuerpos de los insurrectos, gritando
cada poco tiempo que quien no estuviera a favor del reino acabaría en el fuego.
La multitud atemorizada, fue poco a poco silenciándose y asumiendo que para
sobrevivir debían aceptar ser parte del reino.
Los soldados, victoriosos se disponían a abandonar el pueblo
satisfechos. Pero entonces Silverio, preocupado por el destino de su pequeña se aventuró a hablar de nuevo
-
Señor, ¿Dónde las lleváis?
- Serán llevadas a Maoraz, viejo – respondió el
soldado
- ¿Y las que no sean elegidas? ¿Qué pasará con
ellas? – preguntó Silverio de nuevo.
-
El príncipe decidirá sobre ellas
-
Pero señor… - insistió el anciano
-
Basta ya, viejo – interrumpió el soldado –
Cállate si no quieres acabar muerto – amenazó el soldado pateando la cara de
Silverio y dejándolo tendido en el suelo.
El amanecer fue llegando al pueblo, y la gente, aún
acongojada por lo sucedido en la noche, iba retomando la calma, ayudando a los
heridos, enterrando lo que quedó de los muertos, llorando a sus hijas y
volviendo a sus casas.
Amîr Haim no pudo resistir la tentación de volver a ver a
Hagné una última vez, quería verla el día de su boda e imaginar que se casaba
con él. A medida que se aproximaba al pueblo un olor a carne quemada le azotó
la cara. No sabía de dónde venía aquel olor nauseabundo, pero tampoco quería
investigar, quería ver a Hagné con su precioso vestido y su pelo cortito y
coqueto cubierto de florecillas, una media sonrisa apareció en su cara al
imaginarla. Cuando llegó a la plaza contempló con horror el escenario de
desolación que se abría ante sus ojos.
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