jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Tercero


-         Éstas tierras pertenecen ahora al Rey Evander, y serán administradas por el príncipe Reuven – anunció uno de los caballeros – arrodillaros ante vuestro rey y vuestro príncipe y vivid en paz bajo su gloria.

Los habitantes del pueblo se miraron desconcertados, unos se arrodillaron, otros salieron corriendo y otros se enfrentaron a los jinetes con palos y útiles de labranza. Las mujeres jóvenes fueron seleccionadas y subidas en un carromato o en la grupa de algún caballo. Uno de los hombres arrodillados que vio cómo su hija era subida en un carro preguntó:

-          ¿Por qué os lleváis a nuestras hijas?

-          ¿Cuál es tu nombre, anciano? – dijo un soldado

-          Mi nombre es Silverio, señor – respondió el hombre

-       Siéntete afortunado, Silverio. Sentiros todos afortunados – añadió el guerrero alzando la voz - porque de una de vuestras hijas saldrá la futura princesa. El príncipe Reuven ha decidido contraer nupcias con una mujer de estas tierras. Él mismo elegirá a la más complaciente y bella.

Un revuelo discordante llenó el ambiente de la plaza, mientras los soldados del rey rodeaban y vencían a los rebeldes. Todos los hombres capturados tuvieron la oportunidad de rendirse ante el rey y jurarle lealtad eterna o arder en la hoguera. Fueron pocos los que ardieron para dar ejemplo, y muchos los llantos. 

Los hombres del rey permanecieron en el pueblo hasta que la hoguera hubo consumido los cuerpos de los insurrectos, gritando cada poco tiempo que quien no estuviera a favor del reino acabaría en el fuego. La multitud atemorizada, fue poco a poco silenciándose y asumiendo que para sobrevivir debían aceptar ser parte del reino.

Los soldados, victoriosos se disponían a abandonar el pueblo satisfechos. Pero entonces Silverio, preocupado por el destino de su pequeña se aventuró a hablar de nuevo

-            Señor, ¿Dónde las lleváis?

-           Serán llevadas a Maoraz, viejo – respondió el soldado

-           ¿Y las que no sean elegidas? ¿Qué pasará con ellas? – preguntó Silverio de nuevo.

-           El príncipe decidirá sobre ellas

-           Pero señor… - insistió el anciano

-      Basta ya, viejo – interrumpió el soldado – Cállate si no quieres acabar muerto – amenazó el soldado pateando la cara de Silverio y dejándolo tendido en el suelo.

El amanecer fue llegando al pueblo, y la gente, aún acongojada por lo sucedido en la noche, iba retomando la calma, ayudando a los heridos, enterrando lo que quedó de los muertos, llorando a sus hijas y volviendo a sus casas.

Amîr Haim no pudo resistir la tentación de volver a ver a Hagné una última vez, quería verla el día de su boda e imaginar que se casaba con él. A medida que se aproximaba al pueblo un olor a carne quemada le azotó la cara. No sabía de dónde venía aquel olor nauseabundo, pero tampoco quería investigar, quería ver a Hagné con su precioso vestido y su pelo cortito y coqueto cubierto de florecillas, una media sonrisa apareció en su cara al imaginarla. Cuando llegó a la plaza contempló con horror el escenario de desolación que se abría ante sus ojos.

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