jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Segundo


Fueron pasando los años, y ambos fueron creciendo, él siguió siendo un hombre salvaje y solitario. Aunque durante un tiempo estuvo prometido con Gracia, la hija del pastor Silverio, no pudo casarse con una mujer a la que no amaba y rompió el compromiso. 

Faltaban pocas semanas para que Hagné alcanzara la mayoría de edad y entonces estaría casada. En todos esos años, ella había mantenido una relación cordial con su futuro marido y se había enamorado cada vez más de Amîr Haim. Como acto de rebeldía cortó su melena oscura, con la esperanza de ser repudiada por Áureo cuando la viera con un cabello propio de un muchacho, y sin embargo él lo encontró algo muy divertido, típico de los nervios anteriores a las nupcias.

Hacía días que nadie veía a Amîr en el pueblo, se había retirado a su cabaña para encontrar paz. Cuando Amîr vio a Hagné con la melena cortada le pareció incluso más hermosa, podía ver las líneas de su cuello y su clavícula, y recordaba los besos poco inocentes que ambos habían compartido escondidos en el bosque. No podía soportar la idea de que Hagné fuera a ser para otro hombre que no fuera él. El último día en la taberna tuvo que escuchar cómo Áureo fanfarroneaba sobre yacer con ella la noche de bodas y de su convencimiento de que sería una esposa fogosa.

La noche previa al enlace, se organizó una gran fiesta en la plaza en torno a una hoguera, los jóvenes reían y bailaban y bebían y los más viejos contaban historias de viejas leyendas. Hagné permanecía en silencio, sentada en un banco con la mirada fija en el fuego.

-          Deberías estar contenta, Hagné – dijo alguien sentándose junto a ella.

El corazón de la muchacha dio un vuelco y unas lágrimas escaparon de sus ojos.

-          No puedo – respondió ella sin apartar la mirada de las llamas.

Las manos de él se aproximaron a su cara y la giraron con delicadeza obligándola a mirarle. Los labios de ella empezaron a temblar y todo su cuerpo quiso lanzarse contra él en un abrazo, pero estaban en público así que se contuvo.

Él la miró ensimismado, a la luz del fuego era aún más bella, Amîr comprendió al verla llorando que había cometido un error al aparecer aquella noche, si él no hubiera aparecido, quizá ella le habría olvidado y al menos uno de los dos podría haber sido feliz.

-          Tengo que irme, chiquilla – afirmó él levantándose

-          No te vayas – suplicó ella

-          No te cases – contestó Amîr mirándola desafiante. Ella tragó saliva con fuerza.

-          No es tan fácil – replicó Hagné

-          Sí lo es – añadió él girándose y alejándose de ella.

Hagné permaneció sentada, sollozando y observando cómo Amîr desaparecía entre la multitud. Deseó con todas sus fuerzas que volviera a por ella, pero no volvió, no se giró ni siquiera una vez. Hagné se levantó dispuesta a correr tras él, pero entonces un gran alboroto llamó su atención, gente corriendo y gritando. Entonces divisó unos hombres a caballo con antorchas y tuvo miedo. Miró en la dirección en la que Amîr había desaparecido, esperando verle aparecer, y salió corriendo en aquella dirección, pero un brazo fuerte la agarró y la subió a un caballo. Ella intentó zafarse sin éxito y el jinete la golpeó con fuerza para que estuviera quieta dejándola inconsciente.

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