Fueron pasando los años, y ambos fueron creciendo, él siguió
siendo un hombre salvaje y solitario. Aunque durante un tiempo estuvo prometido
con Gracia, la hija del pastor Silverio, no pudo casarse con una mujer a la que
no amaba y rompió el compromiso.
Faltaban pocas semanas para que Hagné alcanzara la mayoría
de edad y entonces estaría casada. En todos esos años, ella había mantenido una
relación cordial con su futuro marido y se había enamorado cada vez más de Amîr
Haim. Como acto de rebeldía cortó su melena oscura, con la esperanza de ser
repudiada por Áureo cuando la viera con un cabello propio de un muchacho, y sin
embargo él lo encontró algo muy divertido, típico de los nervios anteriores a
las nupcias.
Hacía días que nadie veía a Amîr en el pueblo, se había
retirado a su cabaña para encontrar paz. Cuando Amîr vio a Hagné con la melena
cortada le pareció incluso más hermosa, podía ver las líneas de su cuello y su
clavícula, y recordaba los besos poco inocentes que ambos habían compartido
escondidos en el bosque. No podía soportar la idea de que Hagné fuera a ser
para otro hombre que no fuera él. El último día en la taberna tuvo que escuchar
cómo Áureo fanfarroneaba sobre yacer con ella la noche de bodas y de su
convencimiento de que sería una esposa fogosa.
La noche previa al enlace, se organizó una gran fiesta en la
plaza en torno a una hoguera, los jóvenes reían y bailaban y bebían y los más
viejos contaban historias de viejas leyendas. Hagné permanecía en silencio,
sentada en un banco con la mirada fija en el fuego.
-
Deberías estar contenta, Hagné – dijo alguien
sentándose junto a ella.
El corazón de la muchacha dio un vuelco y unas lágrimas
escaparon de sus ojos.
-
No puedo – respondió ella sin apartar la mirada
de las llamas.
Las manos de él se aproximaron a su cara y la giraron con
delicadeza obligándola a mirarle. Los labios de ella empezaron a temblar y todo
su cuerpo quiso lanzarse contra él en un abrazo, pero estaban en público así
que se contuvo.
Él la miró ensimismado, a la luz del fuego era aún más
bella, Amîr comprendió al verla llorando que había cometido un error al
aparecer aquella noche, si él no hubiera aparecido, quizá ella le habría
olvidado y al menos uno de los dos podría haber sido feliz.
-
Tengo que irme, chiquilla – afirmó él
levantándose
-
No te vayas – suplicó ella
-
No te cases – contestó Amîr mirándola
desafiante. Ella tragó saliva con fuerza.
-
No es tan fácil – replicó Hagné
-
Sí lo es – añadió él girándose y alejándose de
ella.
Hagné permaneció sentada, sollozando y observando cómo Amîr
desaparecía entre la multitud. Deseó con todas sus fuerzas que volviera a por
ella, pero no volvió, no se giró ni siquiera una vez. Hagné se levantó dispuesta
a correr tras él, pero entonces un gran alboroto llamó su atención, gente
corriendo y gritando. Entonces divisó unos hombres a caballo con antorchas y
tuvo miedo. Miró en la dirección en la que Amîr había desaparecido, esperando
verle aparecer, y salió corriendo en aquella dirección, pero un brazo fuerte la
agarró y la subió a un caballo. Ella intentó zafarse sin éxito y el jinete la
golpeó con fuerza para que estuviera quieta dejándola inconsciente.
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