Llevaba andando cerca de tres horas cuando llegó a un
arroyo, no estaba cansado, pero decidió parar, refrescarse y recoger agua, aún hacía fresco y llevaba puesto el pellejo a modo de abrigo, pero quería estar preparado para afrontar el sol de mediodía. Mientras recogía agua
oyó unas voces y corrió a esconderse entre unos matorrales. Cuando las voces se
acercaron pudo ver que se trataba de dos soldados. Aguzó el oído para escuchar
bien qué decían.
-
Pues yo preferiría no tener que patrullar –
decía el primero
-
Ya te digo que a mí me da igual – discrepaba el
segundo
-
Yo prefiero estar en casa o combatiendo, y no
aquí de paseo
-
¿Y para qué quieres regresar a casa?
-
He oído que han llevado más mujeres a Maoraz – afirmaba
el primero
- ¿Cuántas mujeres necesita un hombre? – preguntó
el segundo entre sorprendido y horrorizado.
-
Pues un hombre no sé, pero el príncipe Reuven a
este paso va a tener cien
-
¿Y para qué quiere tantas?
-
Dicen que algunas son para el príncipe Kristjan
y el otro día oí por ahí que las mujeres que no complazcan a Reuven serán
regaladas a los soldados como premio por su lealtad.
-
Yo pensé que las devolvería a sus pueblos
-
Yo he visto a unas cuantas que no me importaría
que me regalara – aseguró el primero riendo. El segundo respondió riendo
mientras se seguían alejando y Amîr dejó de oírlos.
Agazapado entre las ramas se debatía internamente sobre si
debía o no debía matarlos. Había oído más de lo que quería escuchar y se sentía
furioso con ellos. Salió de entre los matorrales sacudiéndose los ropajes y con
la espada en la mano corrió tras ellos. Los soldados escucharon las zancadas de
Amîr tras ellos y se pusieron en guardia
-
¡Alto! ¿Quién va? – preguntó el segundo
Amîr avanzó rápidamente hacia ellos con la espada en alto y
dejando escapar un fuerte sonido gutural.
-
¡Alto en nombre del Rey Evander! – ordenó el
primero amenazante
Amîr poseído por la ira y por la sed de venganza que le
provocaba el nombre de Evander hizo caso omiso de las palabras del soldado y
bajó la espada con fuerza sobre el soldado arrogante que reaccionó ágilmente
escudándose con su propia espada y parando el golpe. El segundo soldado se
quedó petrificado unos instantes, nunca había visto un hombre tan grande y tan
salvaje, parecía un lobo inmenso y furioso.
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