jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Sexto


Llevaba andando cerca de tres horas cuando llegó a un arroyo, no estaba cansado, pero decidió parar, refrescarse y recoger agua, aún hacía fresco y llevaba puesto el pellejo a modo de abrigo, pero quería estar preparado para afrontar el sol de mediodía. Mientras recogía agua oyó unas voces y corrió a esconderse entre unos matorrales. Cuando las voces se acercaron pudo ver que se trataba de dos soldados. Aguzó el oído para escuchar bien qué decían.

-          Pues yo preferiría no tener que patrullar – decía el primero

-          Ya te digo que a mí me da igual – discrepaba el segundo

-          Yo prefiero estar en casa o combatiendo, y no aquí de paseo

-          ¿Y para qué quieres regresar a casa?

-          He oído que han llevado más mujeres a Maoraz – afirmaba el primero

-      ¿Cuántas mujeres necesita un hombre? – preguntó el segundo entre sorprendido y horrorizado.

-          Pues un hombre no sé, pero el príncipe Reuven a este paso va a tener cien

-          ¿Y para qué quiere tantas?

-          Dicen que algunas son para el príncipe Kristjan y el otro día oí por ahí que las mujeres que no complazcan a Reuven serán regaladas a los soldados como premio por su lealtad.

-          Yo pensé que las devolvería a sus pueblos

-          Yo he visto a unas cuantas que no me importaría que me regalara – aseguró el primero riendo. El segundo respondió riendo mientras se seguían alejando y Amîr dejó de oírlos.

Agazapado entre las ramas se debatía internamente sobre si debía o no debía matarlos. Había oído más de lo que quería escuchar y se sentía furioso con ellos. Salió de entre los matorrales sacudiéndose los ropajes y con la espada en la mano corrió tras ellos. Los soldados escucharon las zancadas de Amîr tras ellos y se pusieron en guardia

-          ¡Alto! ¿Quién va? – preguntó el segundo

Amîr avanzó rápidamente hacia ellos con la espada en alto y dejando escapar un fuerte sonido gutural.

-          ¡Alto en nombre del Rey Evander! – ordenó el primero amenazante

Amîr poseído por la ira y por la sed de venganza que le provocaba el nombre de Evander hizo caso omiso de las palabras del soldado y bajó la espada con fuerza sobre el soldado arrogante que reaccionó ágilmente escudándose con su propia espada y parando el golpe. El segundo soldado se quedó petrificado unos instantes, nunca había visto un hombre tan grande y tan salvaje, parecía un lobo inmenso y furioso.

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