jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo Octavo


Los árboles se retorcían frente a Amîr como hablándole creando formas siniestras y la luz del crepúsculo dibujaba falsos rostros observándole y traía a su mente la imagen de su madre. Amîr se frotaba los ojos incrédulo y avanzaba torpemente por el bosque intentando abrirse paso entre aquella locura. Oía risas de mujeres a su alrededor, y a lo lejos divisó a Hagné. Caminó hacia ella tropezando varias veces, pero cuando estaba  a punto de alcanzarla, desaparecía. Se dejó caer abatido mientras las risas y las imágenes seguían pasando ante sus ojos, entonces se levantaba y seguía caminando.

Amîr observaba todo apoyado contra el tronco de un árbol, ensimismado y confuso, entonces vio una luz pequeña salir del agua y sintió curiosidad por ella. Se levantó torpemente y empezó a seguir a la pequeña luz que se movía grácilmente entre las sombras y los árboles.

-          Amîr – susurraba una melodiosa voz femenina – Amîr, ven a mí

El joven desconcertado miraba en todas las direcciones tratando de encontrar el origen de la dulce voz, entonces comprendió que la voz venía de la pequeña luz y caminó hacia ella perplejo

-          ¿Quién eres? – preguntó Amîr con la voz pastosa

-          Soy Salama, Amîr, ven, ven a mí.

-          ¿Qué eres?

-          Una limnátide, he venido a salvarte, Amîr, ven a mí.

Amîr Haim no podía creer lo que sucedía a su alrededor, el bosque estaba vivo y las náyades habían venido a buscarle, el joven llegó a la orilla del lago y cayó de rodillas frente al agua cristalina

-          ¿Qué quieres de mí? – dijo Amîr confundido mirando el reflejo de la luz en el agua.

La pequeña luz se fue transformando en la imagen reflejada y una mujer excepcionalmente hermosa apareció junto a él. Amîr giró la vista para ver a la mujer, pero no había nada a su lado, sin embargo al volver a mirar el espejo de agua, allí estaba ella, en toda su desnudez, con sus ojos cristalinos y su piel blanca. Sus cabellos dorados caían lisos sobre sus pechos tersos y bien formados con pezones sonrosados. Amîr deseaba tocar aquel cuerpo marmóreo y puro, pero cuando extendió la mano para tocarla el agua se movió la imagen de ella desapareció. Oyó una risa juguetona y preguntó de nuevo

-          ¿Qué quieres de mí, Salama?

No hubo respuesta. Amîr volvió a mirar su propio reflejo en el agua buscando a Salama, pero sólo se vio a sí mismo, estudió su imagen, parecía cansado y más viejo que antes. Parpadeó varias veces, su cara mostraba rastros de una barba incipiente, se había rasurado la última vez que vio a Hagné, sus ojos oscuros estaban rodeados de unos círculos purpúreos y su mandíbula cuadrada parecía estar tensa. Se quitó la camisa y vio su brazo malherido y el corte de sus costillas, parecía sólo un rasguño, pero al llevarse la mano al costillar notó un pinchazo de dolor agudo. Volvió a mirarse, estaba como hipnotizado por su propia imagen, sus hombros anchos y fuertes, sus brazos definidos y su pecho contorneado y peludo, parecía un bárbaro, un salvaje. Recordó entonces el miedo en los ojos de los soldados, apretó los ojos con fuerza intentando borrar aquella imagen y metió las manos en el agua para humedecer su cara y su cabeza, pero cuando sus manos llegaron a su pelo estaban secas. Abrió los ojos de golpe y miró al lago, allí estaba ella, riéndose de él divertida, una ninfa hermosa y jovial.

-          ¿Qué quieres de mí? – susurró Amîr mirando fijamente los ojos cristalinos de la preciosa mujer.

-          Te quiero a ti

Capítulo Séptimo


Amîr golpeaba violenta y repetidamente al soldado que se defendía hábilmente. Amîr luchaba ferozmente y podía percibir el miedo en los ojos de su oponente. En uno de los ataques consiguió herir al soldado con un corte profundo en el brazo. El otro soldado reaccionó de golpe e intentó atacar a Amîr por la espalda. Este se giró y le hizo perder el equilibrio propinándole un fuerte golpe.

Amîr se colocó de forma que ambos soldados quedaran frente a él, con el puño magullado y el filo de la espada ensangrentada, las rodillas flexionadas listas para atacar o defender, Amîr tenía un aspecto amenazador. El soldado herido embistió de nuevo contra Amir quien con un movimiento circular de la espada consiguió desgarrar la piel del soldado profiriéndole un nuevo corte en el pecho.

El soldado se tambaleó hacia atrás tocando su pecho y contemplando sus manos cubiertas de sangre, cayó de rodillas frente a Amîr, que se disponía a matarlo de una estocada, entonces el segundo soldado arremetió contra Amîr que consiguió levantar la mano de la espada del soldado y clavarle la suya en el vientre, atravesando al soldado completamente hasta que éste empezó a escupir sangre. Liberó el cuerpo ensartado en su espalda dejándolo caer frente al otro guerrero.

-          Dale esto de mi parte al rey Evander - susurró al primer soldado que seguía de rodillas en el suelo tapando su pecho y observando su propia sangre.

Amîr corrió hasta los matorrales donde había dejado sus cosas y continuó la marcha siguiendo el cauce del arroyo, ahora sabía que había patrullas vigilando los bosques, sabía que debía estar más alerta. Nunca había matado a otro ser humano, de hecho nunca había matado por el mero placer de hacerlo, sólo por necesidad, sentía un torrente de adrenalina corriendo por sus venas.

Miró la espada cubierta de sangre, era un asesino, y todo por ella, pero no había rastro de arrepentimiento o remordimiento en él, se sentía más fuerte, se sentía invencible. Siguió caminando durante horas aún eufórico por su gesta, y empezó a sentirse cansado. El arroyo se abrió en un pequeño lago y decidió sentarse junto a la orilla a comer algo, el sol ya calentaba y aún no se había quitado de encima la piel del lobo, al ir a doblarla vio que estaba manchada de sangre, estaba convencido de que eran salpicaduras de las heridas infligidas a los soldados, sonrió perversamente al recordarlo. Pero entonces vio que la piel estaba manchada también por dentro, examinó su cuerpo y descubrió dos cortes, uno en el flanco, bastante superficial y otro en el brazo, que sangraba profusamente. Buscó entre sus cosas algo con lo que taponar la herida. Y lavó la zona con agua fría. Ni siquiera se había percatado del corte, pero ahora que sabía que lo tenía empezaba a dolerle.

A medida que avanzaba la tarde Amîr se iba sintiendo débil, estaba mareado por la pérdida de sangre y exhausto por la caminata y el calor. Encontró unas rocas cerca del arroyo que le servirían de cobijo cuando llegase la noche, escondió sus pertenencias entre ellas para moverse más libremente y comenzó a buscar hierbas para hacerse una cataplasma y cubrirse la herida del brazo que seguía sangrando. Encontró Salvia, recordaba que Hagné le había curado con dulzura algún pequeño corte con un ungüento preparado con esa hierba.

Cogió varias hojas y empezó a masticarlas para conseguir una masa blanda con la que rellenar el profundo corte, puso la mezcla de hojas y saliva en la herida y lo cubrió con un vendaje hecho de jirones de tela. Empezó a estar cada vez más y más mareado y entonces empezó a ver a las criaturas y los fantasmas del bosque.

Capítulo Sexto


Llevaba andando cerca de tres horas cuando llegó a un arroyo, no estaba cansado, pero decidió parar, refrescarse y recoger agua, aún hacía fresco y llevaba puesto el pellejo a modo de abrigo, pero quería estar preparado para afrontar el sol de mediodía. Mientras recogía agua oyó unas voces y corrió a esconderse entre unos matorrales. Cuando las voces se acercaron pudo ver que se trataba de dos soldados. Aguzó el oído para escuchar bien qué decían.

-          Pues yo preferiría no tener que patrullar – decía el primero

-          Ya te digo que a mí me da igual – discrepaba el segundo

-          Yo prefiero estar en casa o combatiendo, y no aquí de paseo

-          ¿Y para qué quieres regresar a casa?

-          He oído que han llevado más mujeres a Maoraz – afirmaba el primero

-      ¿Cuántas mujeres necesita un hombre? – preguntó el segundo entre sorprendido y horrorizado.

-          Pues un hombre no sé, pero el príncipe Reuven a este paso va a tener cien

-          ¿Y para qué quiere tantas?

-          Dicen que algunas son para el príncipe Kristjan y el otro día oí por ahí que las mujeres que no complazcan a Reuven serán regaladas a los soldados como premio por su lealtad.

-          Yo pensé que las devolvería a sus pueblos

-          Yo he visto a unas cuantas que no me importaría que me regalara – aseguró el primero riendo. El segundo respondió riendo mientras se seguían alejando y Amîr dejó de oírlos.

Agazapado entre las ramas se debatía internamente sobre si debía o no debía matarlos. Había oído más de lo que quería escuchar y se sentía furioso con ellos. Salió de entre los matorrales sacudiéndose los ropajes y con la espada en la mano corrió tras ellos. Los soldados escucharon las zancadas de Amîr tras ellos y se pusieron en guardia

-          ¡Alto! ¿Quién va? – preguntó el segundo

Amîr avanzó rápidamente hacia ellos con la espada en alto y dejando escapar un fuerte sonido gutural.

-          ¡Alto en nombre del Rey Evander! – ordenó el primero amenazante

Amîr poseído por la ira y por la sed de venganza que le provocaba el nombre de Evander hizo caso omiso de las palabras del soldado y bajó la espada con fuerza sobre el soldado arrogante que reaccionó ágilmente escudándose con su propia espada y parando el golpe. El segundo soldado se quedó petrificado unos instantes, nunca había visto un hombre tan grande y tan salvaje, parecía un lobo inmenso y furioso.

Capítulo Quinto


-          ¿Vas a abandonar a tu prometida a su suerte? – interrogó Amîr incrédulo.

-          ¿Qué otra cosa puedo hacer? - respondió Áureo - El príncipe tiene ejércitos y nos matarán si nos enfrentamos a ellos.

-          Eres el hijo del herrero, Áureo, podrías forjar espadas para todos los hombres del pueblo, y entonces podríamos enfrentarnos a ellos.

-          No es tan fácil

-          Sí lo es – dijo Amîr girándose y dejando a Áureo con la palabra en la boca y cabizbajo.

Áureo observó cómo Amîr se alejaba y se agachaba junto a Silverio diciéndole algo al oído que provocó en el viejo una reacción de sorpresa. Amîr caminó con aplomo hacia la herrería mientras los dos hombres le contemplaban y robó una espada. Se dirigió entonces al bosque, a su cabaña.

Dedicó la mayor parte de la noche a prepararse para emprender el viaje. Llenó las bolsas de provisiones, ropajes y lo envolvió con la piel del lobo que  él mismo había matado años atrás. No tenía caballo, pero de todas formas había decidido que el camino lo haría andando, no quería llamar la atención de ningún soldado y sabía defenderse en el bosque.

El camino hasta Maoraz sería arriesgado. Tenía que bajar la montaña más escarpada del reino a través del bosque, las leyendas decían que en aquellos bosques se escondían criaturas mágicas de tiempos ancestrales. Por suerte, Amîr no creía en supercherías, hacía años que había vencido al miedo.

Amîr Haim era un solitario, nunca en su vida se había considerado un romántico, y nadie que lo conociera lo describiría de tal manera, no había derramado ni una sola lágrima por Hagné y sin embargo atesoraba en su memoria cada detalle del tiempo que había compartido con ella. Definitivamente Amîr Haim no era un romántico al uso pero estaba a punto de emprender el viaje más peligroso de su vida con tal de salvar a una mujer que debía ser para otro.

Esperó pacientemente en su cabaña hasta el amanecer, mirando cómo el fuego se consumía lentamente. Con los primeros rayos de luz, Amîr salió de su cabaña. Pasó unos instantes inmóvil delante de la puerta observando el bosque. Sabía que era una locura, que era probable que muriera antes siquiera de llegar hasta ella. Era consciente de que hacía caso a un impulso poco meditado. Miró a su alrededor intentando almacenarlo todo en su mente y en parte despidiéndose del que había sido su hogar durante muchos años.
Respiró hondo y emprendió el viaje.

Capítulo Cuarto


Corrió hacia las personas que aún había en la plaza buscando una explicación, buscándola a ella. Entre torpes sollozos y balbuceos consiguió entender el nombre del rey: Evander. Su sangre se heló al oír aquel nombre y un escalofrío con sabor a venganza recorrió su espalda. Caminó torpemente hasta el círculo de cenizas donde estuvo la hoguera y se dejó caer de rodillas, abatido ante la idea de que ella estaba muerta, alzó la vista un momento y vio a Áureo consolando al viejo Silverio. Áureo no lloraba ni parecía triste y Amîr quiso saber por qué.

Se acercó a ambos hombres que le miraron como si hubieran visto un fantasma.

-          Ay, Amîr – se lamentó Silverio – ay si hubieras estado aquí – sollozaba mientras negaba con la cabeza – ay mis niñas, mi preciosa Gracia – lloraba el anciano desconsolado.

-          ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Gracia? – preguntó Amîr. Silverio siguió negando con la cabeza y llorando mientras repetía la misma frase una y otra vez mientras Amîr lo sujetaba por los hombros y lo miraba fijamente. Sentía la desaparición de Gracia, había llegado a tomarla aprecio en el tiempo que compartieron, igual que al pastor Silverio.

-          Se las han llevado – intervino Áureo – se han llevado a todas las mujeres jóvenes por orden del rey, para que el príncipe Reuven elija a su esposa.

-          ¿Y tu prometida? – quiso saber Amîr

-          También se la llevaron

Las mandíbulas de Amîr se tensaron y sus puños se cerraron. Si no la hubiera dejado sola en la hoguera, no se la habrían llevado, él la habría defendido. Contuvo las ganas de descargar su rabia contra la expresión bobalicona de Áureo.

-          ¿Dónde se las llevaron? – preguntó Amîr

-          A Maoraz – respondió Silverio – se las han llevado a Maoraz ¿Vas a traerme a mi Gracia, Amîr? – dijo el viejo mirándolo con esperanza.

-          No, Silverio, ya lo hemos hablado, es mejor ser vasallo del rey que enfrentarse a él – interrumpió Áureo – recuerda que ayer le juramos lealtad.

Amîr observó atenta y fijamente al joven Áureo, nunca le había parecido un hombre cobarde. Cierto que era un fanfarrón y que le gustaba inventar historias para impresionar al resto, pero nunca imaginó que fuera un cobarde. Si no hubiera sido por que era el prometido de Hagné, incluso lo hubiera considerado su amigo.

-          ¿Qué pasa con Hagné y con el resto? – preguntó Amîr con rabia

Áureo se separó de Silverio y guió a Amîr Haim hacia un punto más apartado.

-          Reuven elegirá esposa de entre las mujeres – explicó Áureo – elegirá a la más bella y…- hizo una pausa – y a la más complaciente. El príncipe decidirá sobre las demás pero seguramente vuelvan a casa.

Amîr analizó las palabras de Áureo intentando asimilarlas, “la más bella y complaciente” pensó “¿va a probarlas a todas?” frunció los labios ante la idea. Reuven y toda su familia le provocaban una terrible repugnancia y sólo imaginar a alguno de ellos forzando y tomando a su amada le hacía arder las entrañas.

-          ¿Y si no vuelven? – preguntó Amîr

-          El príncipe no elegirá a Hagné, ella no es tan guapa – afirmó Áureo haciendo que los ojos de Amîr se entrecerraran con rabia – Celina, la hija del tabernero, es sin duda la mujer más hermosa del pueblo. Ella será la princesa – sentenció – en cuanto a Gracia, es bonita, sin duda, pero no es como Celina. 

Capítulo Tercero


-         Éstas tierras pertenecen ahora al Rey Evander, y serán administradas por el príncipe Reuven – anunció uno de los caballeros – arrodillaros ante vuestro rey y vuestro príncipe y vivid en paz bajo su gloria.

Los habitantes del pueblo se miraron desconcertados, unos se arrodillaron, otros salieron corriendo y otros se enfrentaron a los jinetes con palos y útiles de labranza. Las mujeres jóvenes fueron seleccionadas y subidas en un carromato o en la grupa de algún caballo. Uno de los hombres arrodillados que vio cómo su hija era subida en un carro preguntó:

-          ¿Por qué os lleváis a nuestras hijas?

-          ¿Cuál es tu nombre, anciano? – dijo un soldado

-          Mi nombre es Silverio, señor – respondió el hombre

-       Siéntete afortunado, Silverio. Sentiros todos afortunados – añadió el guerrero alzando la voz - porque de una de vuestras hijas saldrá la futura princesa. El príncipe Reuven ha decidido contraer nupcias con una mujer de estas tierras. Él mismo elegirá a la más complaciente y bella.

Un revuelo discordante llenó el ambiente de la plaza, mientras los soldados del rey rodeaban y vencían a los rebeldes. Todos los hombres capturados tuvieron la oportunidad de rendirse ante el rey y jurarle lealtad eterna o arder en la hoguera. Fueron pocos los que ardieron para dar ejemplo, y muchos los llantos. 

Los hombres del rey permanecieron en el pueblo hasta que la hoguera hubo consumido los cuerpos de los insurrectos, gritando cada poco tiempo que quien no estuviera a favor del reino acabaría en el fuego. La multitud atemorizada, fue poco a poco silenciándose y asumiendo que para sobrevivir debían aceptar ser parte del reino.

Los soldados, victoriosos se disponían a abandonar el pueblo satisfechos. Pero entonces Silverio, preocupado por el destino de su pequeña se aventuró a hablar de nuevo

-            Señor, ¿Dónde las lleváis?

-           Serán llevadas a Maoraz, viejo – respondió el soldado

-           ¿Y las que no sean elegidas? ¿Qué pasará con ellas? – preguntó Silverio de nuevo.

-           El príncipe decidirá sobre ellas

-           Pero señor… - insistió el anciano

-      Basta ya, viejo – interrumpió el soldado – Cállate si no quieres acabar muerto – amenazó el soldado pateando la cara de Silverio y dejándolo tendido en el suelo.

El amanecer fue llegando al pueblo, y la gente, aún acongojada por lo sucedido en la noche, iba retomando la calma, ayudando a los heridos, enterrando lo que quedó de los muertos, llorando a sus hijas y volviendo a sus casas.

Amîr Haim no pudo resistir la tentación de volver a ver a Hagné una última vez, quería verla el día de su boda e imaginar que se casaba con él. A medida que se aproximaba al pueblo un olor a carne quemada le azotó la cara. No sabía de dónde venía aquel olor nauseabundo, pero tampoco quería investigar, quería ver a Hagné con su precioso vestido y su pelo cortito y coqueto cubierto de florecillas, una media sonrisa apareció en su cara al imaginarla. Cuando llegó a la plaza contempló con horror el escenario de desolación que se abría ante sus ojos.

Capítulo Segundo


Fueron pasando los años, y ambos fueron creciendo, él siguió siendo un hombre salvaje y solitario. Aunque durante un tiempo estuvo prometido con Gracia, la hija del pastor Silverio, no pudo casarse con una mujer a la que no amaba y rompió el compromiso. 

Faltaban pocas semanas para que Hagné alcanzara la mayoría de edad y entonces estaría casada. En todos esos años, ella había mantenido una relación cordial con su futuro marido y se había enamorado cada vez más de Amîr Haim. Como acto de rebeldía cortó su melena oscura, con la esperanza de ser repudiada por Áureo cuando la viera con un cabello propio de un muchacho, y sin embargo él lo encontró algo muy divertido, típico de los nervios anteriores a las nupcias.

Hacía días que nadie veía a Amîr en el pueblo, se había retirado a su cabaña para encontrar paz. Cuando Amîr vio a Hagné con la melena cortada le pareció incluso más hermosa, podía ver las líneas de su cuello y su clavícula, y recordaba los besos poco inocentes que ambos habían compartido escondidos en el bosque. No podía soportar la idea de que Hagné fuera a ser para otro hombre que no fuera él. El último día en la taberna tuvo que escuchar cómo Áureo fanfarroneaba sobre yacer con ella la noche de bodas y de su convencimiento de que sería una esposa fogosa.

La noche previa al enlace, se organizó una gran fiesta en la plaza en torno a una hoguera, los jóvenes reían y bailaban y bebían y los más viejos contaban historias de viejas leyendas. Hagné permanecía en silencio, sentada en un banco con la mirada fija en el fuego.

-          Deberías estar contenta, Hagné – dijo alguien sentándose junto a ella.

El corazón de la muchacha dio un vuelco y unas lágrimas escaparon de sus ojos.

-          No puedo – respondió ella sin apartar la mirada de las llamas.

Las manos de él se aproximaron a su cara y la giraron con delicadeza obligándola a mirarle. Los labios de ella empezaron a temblar y todo su cuerpo quiso lanzarse contra él en un abrazo, pero estaban en público así que se contuvo.

Él la miró ensimismado, a la luz del fuego era aún más bella, Amîr comprendió al verla llorando que había cometido un error al aparecer aquella noche, si él no hubiera aparecido, quizá ella le habría olvidado y al menos uno de los dos podría haber sido feliz.

-          Tengo que irme, chiquilla – afirmó él levantándose

-          No te vayas – suplicó ella

-          No te cases – contestó Amîr mirándola desafiante. Ella tragó saliva con fuerza.

-          No es tan fácil – replicó Hagné

-          Sí lo es – añadió él girándose y alejándose de ella.

Hagné permaneció sentada, sollozando y observando cómo Amîr desaparecía entre la multitud. Deseó con todas sus fuerzas que volviera a por ella, pero no volvió, no se giró ni siquiera una vez. Hagné se levantó dispuesta a correr tras él, pero entonces un gran alboroto llamó su atención, gente corriendo y gritando. Entonces divisó unos hombres a caballo con antorchas y tuvo miedo. Miró en la dirección en la que Amîr había desaparecido, esperando verle aparecer, y salió corriendo en aquella dirección, pero un brazo fuerte la agarró y la subió a un caballo. Ella intentó zafarse sin éxito y el jinete la golpeó con fuerza para que estuviera quieta dejándola inconsciente.

miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo Primero


Desde pequeño Amîr Haim había tenido que luchar contra el miedo. Sus padres habían muerto en la batalla contra el príncipe Evander y sus hermanos, los infantes Reuven y Kristjan,  cuando Amîr tenía 8 años.

El príncipe Evander era el primogénito de la familia y había decidido extender los dominios de su madre, la reina Ramy para que ella le cediera la corona. Evander era ambicioso y un gran estratega, y aunque prefería evitar los enfrentamientos violentos, era el soldado más sangriento en la batalla. Las gentes de las comarcas circundantes vivían atemorizadas ante una posible invasión del príncipe Evander, sin embargo, a modo de buena voluntad el día que arrasó el pequeño poblado de Amîr, permitió vivir a todo aquel que se arrodillara y le rindiera pleitesía. Desde entonces, muchos eran los pueblos y ciudades que se habían rendido a él antes de su llegada para evitar la guerra.

Los padres de Amîr habían educado a sus cuatro hijos según sus valores y creencias, donde lo más importante era la libertad, la cultura y por supuesto la familia. Siempre habían estado en contra de la guerra, pero cuando las primeras batallas estallaron, pese a su avanzada edad, los padres de Amîr decidieron que debían unirse al grupo de insurgentes para  combatir a las milicias de los príncipes con la estrategia de guerrillas.

Los hermanos de Amîr, mucho mayores que él, hacía tiempo que no vivían en la casa familiar, todos ellos se habían casado y tenían sus propias familias. Al verse amenazados, volvieron a la casa familiar y decidieron formar parte de la guerrilla. El día de la batalla, algunos de los insurgentes fueron capturados y como ninguno se rindió ante el príncipe Evander, fueron ejecutados  y exhibidos por el poblado a fin de atemorizar al resto.

Amîr presa del pánico a ver a su madre muerta atada a unos palos y expuesta, huyó hacia los bosques cercanos. Pasó varios días llorando acurrucado en el interior de un tronco hueco. Había tenido que aprender a valerse por sí solo, a cazar y a defenderse.

Con el paso de los años, Amîr Haim se había hecho un joven grande y fuerte, vivía a medio camino entre el bosque y un pequeño pueblo alejado de los dominios de Evander. Había llegado allí a los 16 y pronto había decidido establecerse en los alrededores. Al principio los otros jóvenes le miraban con recelo, Amîr no se parecía a ninguno de ellos, era más grande y más fuerte que cualquiera de su edad, y era un solitario. Eso cambió un día cuando al regresar al mercado para vender sus presas de caza descubrió a Hagné, la hija de los sanadores, era una chiquilla alegre y alocada y Amîr no pudo evitar sentirse atraído por ella.

Por desgracia para Amîr, la muchacha estaba prometida con el hijo del herrero, Áureo, un joven esbelto y despistado que disfrutaba fanfarroneando por el pueblo. Hagné, por su parte, también se sintió inmediatamente atraída por el joven Amîr. Él era distinto a todos, pasaba la mayor parte del tiempo en soledad, en su cabaña o de caza, y Hagné disfrutaba de su presencia, aunque fuera silenciosa. Ella era algo más joven que él y siempre intentaba seducirle torpemente sin saber que él ya estaba prendado de ella.