jueves, 20 de septiembre de 2012

Capítulo Vigesimotercero


Amîr se dispuso a recoger la armadura y la cota que había arrojado al suelo durante el combate con Ilora, pero para su sorpresa, ya no estaban allí. Pensó que tal vez se tratase de alguna broma de iniciación y decidió ignorarlo. Caminó hacia el río para refrescarse seguido de Zoilo que parloteaba sobre movimientos de espada a su alrededor.

Cuando regresaron al campamento, el olor procedente de la cazuela indicaba que todo estaba listo. Amîr  observó entonces que Euva cogía un cuenco repleto de comida y lo llevaba a la tienda de Ilora.

-          ¿La soldado no come con vosotros? – se aventuró a preguntar

-          No puede – respondió Zoilo

-          ¿No puede? – insistió él

-          No, Amîr. Es una mujer. Las mujeres sólo se usan para una cosa en los campamentos de soldados… - hizo una pausa – es mejor que no la vean.

Un escalofrío recorrió la espalda de Amîr que pensó de repente en su dulce Hagné. Con la emoción de la lucha apenas había recordado por qué estaba allí. La ausencia de Hagné le golpeó entonces como un mazo y una expresión de profundo pesar se dibujó en su rostro.

-          ¿Estás bien, amigo? – preguntó Zoilo con preocupación.

-          Sí – contestó Amîr recomponiéndose – bien.

Caminaron en silencio hasta el fuego central del campamento donde una cazuela enorme burbujeaba con algo parecido a un guiso que emanaba un olor delicioso.

La comida transcurrió en silencio, todos miraban sus cuencos y comían con rapidez. Incluso el propio Amîr se sorprendió de su apetito cuando empezó a comer.

Después de la comida, Trifón sacó unos recipientes del brebaje de la noche anterior y tras unos tragos todos se fueron animando. Euva comenzó a relatar historias de cantina sobre monstruos y gigantes y sobre las desgracias de la familia real, mientras los demás se emborrachaban y reían.

A media tarde un grupo de cuatro soldados en montura se acercaron al campamento atraídos sin duda por el alboroto del campamento.

-          Buenas tardes, soldados – saludó el que encabezaba el grupo.

Amîr y los demás se tensaron. Trifón se levantó y caminó hacia ellos con una tranquilidad forzada y entabló conversación.

-          ¿Quién va? – preguntó este

-          La patrulla de la tarde – contestó el primero desmontando - no nos hemos cruzado con vuestros compañeros en el día de hoy.

El resto de soldados desmontó y el grupo junto a la hoguera se preparó sutilmente para el enfrentamiento. Amîr examinó al grupo valorando sus posibilidades. Si había que luchar sería una justa pelea cuatro contra cuatro sin contar a la mujer soldado, pero los soldados parecían fuertes y preparados.

-          Han ido a Maoraz – mintió Trifón

-          ¿Y por qué vosotros no estáis patrullando? – insistió el soldado desconfiado avanzando lentamente hacia ellos.

-          Verás, amigo. – comenzó Trifón – Voy a ser sincero contigo. Al no tener supervisión, hemos descuidado un poco nuestras labores. ¿Por qué no os unís a nosotros y descansáis un rato?

El soldado le miró receloso. Hizo un gesto a sus compañeros y dedicó una sonrisa a Trifón.

-          La verdad, compañero. Es que nos vendría bien un poco de distracción.

Trifón soltó una sonora carcajada y pasó un brazo alrededor de los hombros del soldado

-          Claro que sí. Un poco de diversión no hace daño a nadie. ¿Cuál es vuestra ruta?

-          Desde la aldea de Calerros hasta la fortaleza de Lecupa.

-          Os habéis alejado un poco de vuestra ruta… - dijo Trifón dándole un golpecito amistoso.

-          Sí, nos han encargado vigilar el camino a Maoraz. Ya sabes, la senda de las mujeres.

La sonrisa de Trifón se tensó y apretó los puños hasta hacerse daño.

-          Ya… - añadió forzando la naturalidad – está todo muy revuelto…

Trifón caminó hacia la hoguera cogiendo al soldado por los hombros seguido por otros dos soldados mientras el tercero ataba los caballos a un árbol.

Cuando estuvieron lo bastante cerca de la hoguera, el soldado se apartó de Trifón y le miró desconcertado

-          ¿Qué significa esto, soldado? – preguntó señalando a Amîr que vestía el pellejo de lobo y unos calzones ante la súbita desaparición de su disfraz- ¿Os relacionáis con salvajes?

El soldado desenvainó la espada apuntando con el filo de uno a otro tembloroso. Amîr estaba a punto de abalanzarse sobre él cuando Tâleb comenzó a hablar mientras se ponía de pié lentamente. Y los otros soldados imitaban al primero formando un semicírculo a su alrededor.

-          Vamos, amigo. Relájate. Este hombre no es un enemigo.

Los ojos del soldado saltaban de la punta de la espada al rostro de Tâleb, a Amîr y a Trifón.

-          ¡Prendedlos! – ordenó el soldado – Son… son traidores

-          Has hecho una mala elección, amigo – afirmó Tâleb mientras desenvainaba 

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