Amîr se dispuso a recoger la
armadura y la cota que había arrojado al suelo durante el combate con Ilora,
pero para su sorpresa, ya no estaban allí. Pensó que tal vez se tratase de
alguna broma de iniciación y decidió ignorarlo. Caminó hacia el río para
refrescarse seguido de Zoilo que parloteaba sobre movimientos de espada a su
alrededor.
Cuando regresaron al campamento,
el olor procedente de la cazuela indicaba que todo estaba listo. Amîr observó entonces que Euva cogía un cuenco
repleto de comida y lo llevaba a la tienda de Ilora.
-
¿La soldado no come con vosotros? – se aventuró
a preguntar
-
No puede – respondió Zoilo
-
¿No puede? – insistió él
-
No, Amîr. Es una mujer. Las mujeres sólo se usan
para una cosa en los campamentos de soldados… - hizo una pausa – es mejor que
no la vean.
Un escalofrío recorrió la espalda
de Amîr que pensó de repente en su dulce Hagné. Con la emoción de la lucha
apenas había recordado por qué estaba allí. La ausencia de Hagné le golpeó
entonces como un mazo y una expresión de profundo pesar se dibujó en su rostro.
-
¿Estás bien, amigo? – preguntó Zoilo con
preocupación.
-
Sí – contestó Amîr recomponiéndose – bien.
Caminaron en silencio hasta el
fuego central del campamento donde una cazuela enorme burbujeaba con algo
parecido a un guiso que emanaba un olor delicioso.
La comida transcurrió en
silencio, todos miraban sus cuencos y comían con rapidez. Incluso el propio
Amîr se sorprendió de su apetito cuando empezó a comer.
Después de la comida, Trifón sacó
unos recipientes del brebaje de la noche anterior y tras unos tragos todos se
fueron animando. Euva comenzó a relatar historias de cantina sobre monstruos y
gigantes y sobre las desgracias de la familia real, mientras los demás se
emborrachaban y reían.
A media tarde un grupo de cuatro
soldados en montura se acercaron al campamento atraídos sin duda por el
alboroto del campamento.
-
Buenas tardes, soldados – saludó el que
encabezaba el grupo.
Amîr y los demás se tensaron. Trifón
se levantó y caminó hacia ellos con una tranquilidad forzada y entabló
conversación.
-
¿Quién va? – preguntó este
-
La patrulla de la tarde – contestó el primero
desmontando - no nos hemos cruzado con vuestros compañeros en el día de hoy.
El resto de soldados desmontó y
el grupo junto a la hoguera se preparó sutilmente para el enfrentamiento. Amîr
examinó al grupo valorando sus posibilidades. Si había que luchar sería una
justa pelea cuatro contra cuatro sin contar a la mujer soldado, pero los
soldados parecían fuertes y preparados.
-
Han ido a Maoraz – mintió Trifón
-
¿Y por qué vosotros no estáis patrullando? –
insistió el soldado desconfiado avanzando lentamente hacia ellos.
-
Verás, amigo. – comenzó Trifón – Voy a ser
sincero contigo. Al no tener supervisión, hemos descuidado un poco nuestras
labores. ¿Por qué no os unís a nosotros y descansáis un rato?
El soldado le miró receloso. Hizo
un gesto a sus compañeros y dedicó una sonrisa a Trifón.
-
La verdad, compañero. Es que nos vendría bien un
poco de distracción.
Trifón soltó una sonora carcajada
y pasó un brazo alrededor de los hombros del soldado
-
Claro que sí. Un poco de diversión no hace daño
a nadie. ¿Cuál es vuestra ruta?
-
Desde la aldea de Calerros hasta la fortaleza de
Lecupa.
-
Os habéis alejado un poco de vuestra ruta… -
dijo Trifón dándole un golpecito amistoso.
-
Sí, nos han encargado vigilar el camino a
Maoraz. Ya sabes, la senda de las mujeres.
La sonrisa de Trifón se tensó y
apretó los puños hasta hacerse daño.
-
Ya… - añadió forzando la naturalidad – está todo
muy revuelto…
Trifón caminó hacia la hoguera
cogiendo al soldado por los hombros seguido por otros dos soldados mientras el
tercero ataba los caballos a un árbol.
Cuando estuvieron lo bastante
cerca de la hoguera, el soldado se apartó de Trifón y le miró desconcertado
-
¿Qué significa esto, soldado? – preguntó
señalando a Amîr que vestía el pellejo de lobo y unos calzones ante la súbita
desaparición de su disfraz- ¿Os relacionáis con salvajes?
El soldado desenvainó la espada
apuntando con el filo de uno a otro tembloroso. Amîr estaba a punto de
abalanzarse sobre él cuando Tâleb comenzó a hablar mientras se ponía de pié
lentamente. Y los otros soldados imitaban al primero formando un semicírculo a
su alrededor.
-
Vamos, amigo. Relájate. Este hombre no es un
enemigo.
Los ojos del soldado saltaban de
la punta de la espada al rostro de Tâleb, a Amîr y a Trifón.
-
¡Prendedlos! – ordenó el soldado – Son… son
traidores
-
Has hecho una mala elección, amigo – afirmó
Tâleb mientras desenvainaba
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